09/25/2020

EL OCASO DE LOS TEMPLARIOS

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Leonardo Hernández Viamontes 33

Miembro de la Sección de Simbolismo de la Academia Cubana de Altos Estudios Masónicos

Las derrotas infringidas a los Cruzados por las tropas comandadas por una de los grandes gobernantes del mundo Islámico, el Sultán llamado en occidente como ¨Saladino¨, que gobernaba a Egipto y Siria, hizo retroceder a los cruzados, muriendo muchos Templarios y en la batalla de Los Cuernos de Hattin, donde derrotaron totalmente a los cruzados, cayendo prisionero el Gran Maestro de los Caballeros Templarios Gerard de Ridefort,  siendo ocupado de nuevo Jerusalén y  la Tierra Santa en el año 1187, retirándose la Orden, trasladando sus cuarteles generales para San Juan de Acre, hasta el 1291 fecha en que cayó este enclave, muriendo en esa batalla la mayoría de los miembros de la Orden, siendo el fin de su  presencia en Tierra Santa.

Ello, unido al esplendoroso desarrollo de la riqueza, del poder y el prestigió de la Orden, determinó el surgimiento de envidias y fuertes rencores, que se transformó en enemigos poderosos; paralelamente no pocos reyes y príncipes acudieron a la Orden en busca de préstamos, adeudados éstos se beneficiarían con desaparición de la Orden,  entre ellos se destaca  el Rey de Francia Felipe IV, quien sumido en deudas, motines e inflación creyó encontrar su solución en adquirir los bienes de la Orden y para ello contó con la colaboración del Papa Clemente V.

Ante las hecatombes militares sufridas, lo que debilitó su poder y prestigio, y la ambición del Rey de Francia Felipe IV el Hermoso por apropiarse de los bienes de la Orden, la Santa Inquisición que quería apoderarse de orden misma, el clero secular, cuyos ingresos habían sido afectados seriamente por los privilegios brindados a la Orden, todos como buitres se ensañaron en la destrucción de la orden, para repartir el botín entre ellos.

El Rey convenció al Papa Clemente V para que lo apoyara en el inicio de un proceso contra los Templarios, con una serie de fuertes acusaciones tales como herejía, sodomía, confecciones comunitarias, escupir el crucifijo, adoración al Diablo, etc., contando con la ayuda de Guillermo de Nogaret, canciller del Reino de Francia, famoso por orquestar acusaciones falsas pero muy bien argumentadas y del propio Gran Inquisidor General.

La noche del 14 de octubre del 1307 el Rey de Francia Felipe IV hizo arrestar al Gran Maestre Jaques de Molay y a 140 Caballeros Templarios del Reino, acusándolos de. Los Caballeros sufrieron crueles torturas, bajo cuyos efectos, algunos confesaron las cosas que querían oír los grandes Inquisidores.

Esta acción fue llevada a cabo sin la autorización del Papa, a quien se subordinaba directamente la Orden, lo que provoco una enérgica protesta de éste, determinando que se anulara el juicio y suspendió los poderes de los jueces y de los inquisidores que participaban en el proceso;  a pesar de ello, el Rey prosiguió sus esfuerzos por inculpar a los Templarios, presentando pruebas orquestadas que  avalaban sus acusaciones.

Ello, obligó al Papa a crear una nueva comisión, cuya misión era determinar la culpabilidad de la orden, proceso que siguió de cerca, los resultados de la investigación realizada fueron examinados en el Concilio General de Vienne el 16 de octubre del 1311, donde no se puedo probar que la orden como tal, hubiera incurrido en los hechos de los cuales se le acusaba, la mayoría de participantes consideraban justo el mantenimiento de la Orden,  pero el Papa bajo fuertes presiones del Rey, adopto una solución dubitativa: decretando la disolución de la orden y no su condenación y no por sentencia dentro de los cánones penales, sino por un decreto apostólico (bula Vox Clamantis del 22 de marzo del 1312).

El Papa reservo la decisión sobre el Gran Maestre y de sus tres primeros dignatarios, una vez que hubieran confesado su culpabilidad y haber atestiguado su arrepentimiento, lo cual debía de hacerse en la delante la Catedral de la Notre-Dame, en una tribuna que se erigiría expresamente para ello. Pero cuando se fue a materializar ese solemne acto, el Gran Maestre recuperó su dignidad y proclamo la inocencia de los Templarios y la falsedad de sus propias confecciones, que le habían sido arrancada mediante horrorosas torturas.

El Rey de Francia Felipe IV, indignado procedió a ordenar el arresto y la muerte en hoguera, lo cual se materializó frente a la Catedral de la Notre-Dame el 18 de marzo del 1314.

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