09/23/2020

PAPA OLVIDA

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Por: W. Livingston Larned

Escucha, hijo; voy a decir esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tú frente humedecida. He entrado solo en tú cuarto. Hace solo unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tú cama.

Esto es lo que pensaba, hijo; me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

Durante el desayuno te regañe también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando de ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y saludaste con la mano y dijiste «Adiós papito», y yo fruncí el ceño y dije » Ten erguidos los hombros».

Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.

Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido?. Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta. «Qué quieres ahora?», te dije bruscamente.

Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tú corazón y que ni aún el descuido ajeno puede agotar. Y luego te fuiste a dormir. Con breves pasitos ruidosos por la escalera.

Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. Qué estaba haciendo de mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; esta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Te medía según la vara de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno, de bello y de recto en tú carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste con tú espontáneo impulso al correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tú camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.

Es una pobre expiación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estas despierto. Pero mañana seré un verdadero papito. Seré  tú compañero, y sufriré cuando sufres, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme como si fuera un ritual: «No es más que un niño, un niño pequeñito».

Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado fatigado en tú camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tú madre, con la cabeza en su hombro, He pedido demasiado, demasiado.