09/25/2020

UNA DIVINIDAD POCO COMPRENDIDA

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O Y A
Luego de habernos aproximado al arquetipo de Nàná, que sin duda es uno de los más interesantes “misterios” de las religiones afrobrasileñas, hemos de intentar definir a esta importantísima divinidad llamada Oyá desde la perspectiva del culto a las ìyá mi, colectivo poderoso de la femineidad ancestral, del que también forman parte como pudimos ver al pasar, otras divinidades genitoras que tienen un relevante papel tanto ritual como teológico para los adeptos a esta tradicional religión del pueblo yoruba, reinterpretada y digámoslo así re-actualizada en el exilio americano.

Señalamos que Nàná adquiere perfiles propios no siempre positivos en su función de guardiana de espíritus en espera de volver a encarnar. Esta función la comparte con otra divinidad femenina que aparece, además, como conductora de estos espíritus y por tanto “psicopompa” en el viaje post mortem a los planos del Òrun señalados como de aprendizaje o purificación. Nos estamos refiriendo a Oyá, divinidad de múltiples atribuciones, que es conocida en muchas regiones de Brasil por su título Iyamésan que significa “madre de los nueve espacios celestes”.

Oyá es una divinidad múltiple por su vínculo con casi todos los elementos, o mejor con todos: en ella hay aspectos de Tierra, de Agua, de Aire y de Fuego. Comparte reinos y atributos con casi todos los imonle masculinos; las leyendas la vinculan a los Ode o cazadores, a Ògún el herrero agricultor, al temperamental e imprevisible Sàngó, al médico de los pobres Obaluwàiyé, y además se vincula negativamente a Òsònyin el dueño de los vegetales y a Òsànlá -que definitivamente es una epifanía localizada de Obàtàlá en determinados aspectos relacionados con el colectivo masculino como síntesis del poder de creación-.

Oyá es entonces una divinidad cuya complejidad abarca no sólo sus aspectos de socialización con sus determinados compañeros míticos- quienes a su vez la definen – sino también sus aspectos de discordia con sus compañeros imposibles, los que completan por contraste o por defecto sus singulares características.

Aparece como una amazona guerrera con atributos de búfalo en su relación con Ode. De este aspecto conserva en sus paramentos dos oges o cuernos rellenos de medicinas que lleva cruzados, uno hacia la derecha y otro hacia la izquierda y un irukere, haz de pelos de rabo de caballo engastados en un mango de cobre. Estos instrumentos sagrados que forman parte de su vestimenta cuando se apodera del elegun que le fuera consagrado transparentan su relación con la sociedad de cazadores por un lado y con los espíritus, ya animales, ya humanos, que pueblan la floresta, lugar donde el yoruba supone que vagan los espíritus desencarnados a partir de un encuentro entre el hombre y las bestias. Para este ciclo de mitos, Oyá misma es mitad mujer y mitad bestia. Es una ajé o hechicera que se recubre con una piel de búfalo y por lo tanto es un búfalo. El Ode que descubre su secreto se enamora de la parte disciplinada, esto es, de su aspecto femenino-positivo; y le esconde la piel animal en un lugar inaccesible pues sabe que si esta piel está a mano, la tentación de volver a la vida salvaje ha de ser muy fuerte, tanto como para huir de él y de sus hijos e internarse en la selva. La historia termina con el hallazgo de la piel guardada gracias a la información de las otras esposas del cazador celosas del interés despertado por la extranjera en el marido común.

Resaltamos que en todos los mitos del ciclo de Oyá sea con el compañero que sea, siempre aparece como una extranjera, una desconocida de los lugareños. Esto puede inferirse como que su extranjería deviene de la pertenencia al mundo de los espíritus, que es un mundo ajeno y extraño.

En otro mito, es Ògún el herrero que se apasiona por una extranjera que vende en el mercado local nueces de obi. La sigue y observa que retira un envoltorio de pieles oculto bajo unos matorrales, y al ponérselo se transforma en un búfalo. Semejante a la historia anterior, Ògún sustrae la piel mientras ella actúa de mercader y la chantajea con el conocimiento de su verdadera naturaleza.

Nuevamente aparece su ambigüedad en el mito en el que Sàngó visita a Ògún el guerrero para hacerse forjar una espada y ve a esta extraña mujer de ojos húmedos como de búfalo y se enardece con ella al punto de traicionar a su hermano y mediante una
estratagema llevarla a un descampado y violarla. Testigo de esta innoble acción es un carnero que avisa a Ògún del desmán y por ese motivo pasa a ser el animal tabú de Oyá al tiempo que es el preferido y preceptuado para Sàngó en la tradición yoruba.

El ciclo de mitos que la relacionan a Obaluwàiyé tiene como curiosidad el hecho de «hermanarlos» en su calidad de extranjeros: en efecto, ambos son extranjeros, ambos extraños, desconocidos… y por ende peligrosos. Surge entre los dos un amor apasionado y estéril, en el que Obaluwàiyé muere de celos por esta mujer que conoce también en el mercado… Notemos que el mercado tiene un carácter de lugar público como ninguno para las tribus yoruba, no sólo es el lugar de venta y compra de productos y manufacturas, sino un lugar a propósito para dar a conocer los hechos relevantes de una sociedad compleja y clánica. En el mercado Obaluwàiyé también como Ode y Ogún conoce a Oyá y se enamora de ella, viéndola coquetear con los prominentes compradores para venderles obi o telas coloridas. Incapaz de soportar esta actitud él se retira a un lado, dejándola.

Con Òsònyin la relación se da como un conflicto cuando ella se siente agraviada por la concentración de poder del médico que es «dueño del secreto de todas las hojas». Sea por la envidia de la propia Oyá deseosa de abarcas estos secretos o ya por instigación de Sàngó que deseaba esta función para sí mismo, ella efectúa una danza-torbellino en el claro del bosque donde Òsònyin ponía a secar sus remedios dispersándolos por todas las regiones de Òrun y del Àiyé. Ante la magnitud del desastre todo el elenco de divinidades se conmueve y ayuda a recoger las hojas de fundamento, acción que originó el derecho de cada uno a utilizar las que había recogido, como recompensa del hechicero.

El conflicto con Òsànlá también muestra una actitud de celos departe de Oyá que no soportaba el hecho de ser éste. por concvesión de Nàná, el responsable de la floresta de Egungun. Con ardides y subterfugios se apodera Oyá del control de este lugar cerrado, aunque sólo los hombres puedan «mostrar» Egungun por ser éste un privilegio masculino gracias a que fue Òsànlá quien perfeccionó el traje de Egún confeccionado por Nàná. Según los itón, Òsànlá dotó al traje de un agujero para ver y hablar, lo que aportó individualidad a la aparición del misterio.

De este modo vemos que a través de la relación por armonía o por conflicto, no existe prácticamente orisha o imonle que no tenga algo que ver con Oyá, mostrando alguna de sus características. Pero recordamos que una de las más sobresalientes empero, es su vinculación con los espíritus; su capacidad de conducirlos, guiarlos y controlarlos.

Este poder –que es un poder particular de la misteriosa calabaza que guarda el poder femenino- es el que entronca a Oyá con Nàná siendo ambas dos particularizaciones del colectivo iyá mi, el poder ancestral femenino parte de la naturaleza y parte del creador, que se muestra tan ambivalente y peligroso que casi ni se menciona, o se habla de él bajo eufemismos y perífrasis.

Las iyá mi, «Nuestras Venerables Madres Poseedoras de Pájaros», las grandes madres ancestrales, son por un lado las controladoras del poder genital femenino; y por ese mismo poder, conocen el misterio de la encarnación de los espíritus. Por eso son temidas y apaciguadas, por ese papel ambiguo y único de ser la representación de la tierra continente, la fecundidad y la esterilidad a un tiempo y la contraparte del colectivo masculino fecundador representado por Obàtàlá en primera instancia y por los hijos-descendientes después, llámense Ode, Ògún, Obaluwáiyé o Sàngó. Nàná y Oyá representan pues cada una a su modo particular, parte de los aspectos peligrosos o misteriosos del complejo mítico-cultural de las iyá mi.

Del autor:

Milton Acosta