09/23/2020

NUNCA MÁS, 26.

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Pedro Corzo Periodista, (305) 498-1714

Imagenes tomadas de http://www.google.com/imgres?imgurlhttp://aguadadepasajeros.bravepages.comhttps://www.google.com/

El golpe, de una manera u otra, afectó la vida de todos los ciudadanos al extremo que es posible que si Fulgencio Batista y sus acólitos no hubiesen producido el «cuartelazo», Fidel Castro no habría tenido las oportunidades que le brindó un régimen que interrumpió un proceso constitucional, en el que hubieran sido elegidos democráticamente cuatro presidentes de manera consecutiva.

Pero Fidel Castro, que desde sus tiempos de pandillero, contó con una pequeña corte de incondicionales, nunca disfrutó de la confianza popular para lograr una de las muchas posiciones electas a las que siempre aspiró, ya como presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, la presidencia de la Facultad de Leyes o Representante a la Cámara, esta última se vio truncada por la acción que protagonizó el hombre del 4 de septiembre de 1933, nunca se vio respaldado por el voto popular.

Es de suponer que Castro recibió con agrado el golpe militar.  Sus muchos fracasos en las lides electorales le convencieron que era más fácil luchar con las armas que participar en una contienda electoral en la que el perdedor desaparecía sin gloria y el ganador, tenía que someterse periódicamente a la voluntad popular.

Las nuevas condiciones políticas del país fueron el caldo de cultivo para que Castro se proyectara a dimensiones qué ni sus asociados más íntimos, eran capaces de imaginar. Su ambición desmedida, un aguzado sentido de la oportunidad, la audacia que le caracterizaba, una absoluta falta de lealtad a los compromisos contraídos, su tenacidad y talento político, maduraron y fortalecieron en la medida que demandó el liderazgo que él mismo se impuso y que logró gracias a su naturaleza cruel y despiadada.

Evaluando el ataque y la personalidad del individuo que lo gestó y condujo, se puede concluir que fue una jugada arriesgada de todo ó nada, un escalón más en procura de una imagen de héroe que todo lo podía y a todo vencía y a quien la derrota solo servía como trampolín para otro combate.

Castro, que se había fogueado entre gánster, actuaba como «guapo de pandilla», peleaba, corría riesgos pero estaba listo para salvar la vida, su audacia era complementada con un aguzado sentido para cambiar de bando en el momento oportuno, que nunca le falló en las traiciones que le infligió a grupos como el MSR o a la UIR.

Le protegió el obispo de Santiago de Cuba, Enrique Pérez Serante y más tarde el teniente del ejército, Pedro M. Sarriá Tartabull. El proceso judicial al que fue sometido le fue favorable, habló todo lo que quiso, acusó al régimen y dictó un documento de compromisos políticos que le igualaban de un golpe, con los líderes políticos de la nación.

A pesar que el ataque al Cuartel Moncada fue un rotundo fracaso por lo mal planeada y organizada que estuvo la operación por quien después se auto titularía Comandante en Jefe, y a quien sus sicarios han gustado presentar a través de los años como un excepcional estratega militar, los sobreviviente del asalto han logrado imponer un régimen que ha llevado a Cuba a la destrucción moral y material.

La crisis política que padecía la nación fue la coyuntura ideal para que en el país se estableciera una dictadura carismática-ideológica, al extremo que sería irracional negar que el primero de enero de 1959 y los meses siguientes, fueron jornadas luminosas para la mayoría de la población, mientras las minorías eran victimizadas.

Pero el terror y sus consecuencias, el miedo y la parálisis social, no tardaron en difundirse. El país se fue hundiendo económicamente. Se escindieron amistades y familias. La miseria, cárcel, exilio y la muerte,  fueron derivaciones que afectaron a toda la sociedad.

Sesenta años después del Moncada y a cincuenta y cuatro del triunfo de la revolución,  hay muy poco de lo que se pueda enorgullecer el castrismo.

En la isla se ha establecido  una nomenclatura que ha disfrutado sin interrupción del poder absoluto, que ha degradado tanto a la nación que el propio Raúl Castro, el otro arquitecto de la dictadura, no tuvo otra alternativa que criticar públicamente.

Raúl, el hermano de Fidel, el hombre que ponía más argamasa en cada ladrillo sobre el que se sostiene la estructura del totalitarismo, dijo: “Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de 20 años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”.

La realidad es que la vagancia, irresponsabilidad, la vulgarización del lenguaje, las costumbres y la masificación, exterminaron al ciudadano. La corrupción, el abuso de poder y el cisma provocado por el sectarismo moral e ideológico impulsado por el castrismo, han alcanzado niveles nunca imaginados.

El totalitarismo es el principal responsable de la casi generalizada corrosión moral de la nación, en consecuencia no se puede confiar que un proceso de Sucesión comandado por  el dictador designado pueda conducir al país a la libertad y la democracia.

No hay cambios posibles bajo la férula de Raúl Castro, porque han construido una sociedad que salvo excepciones, ha perdido las esperanzas.