09/24/2020

UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE.

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 Aimée Cabrera.

Cuando fui invitada a participar de un curso intensivo de periodismo por el Instituto de Reporteros para la Guerra y la Paz sentí el temor propio de mi primer viaje al extranjero y la expectativa de cómo sería acogida y hasta qué punto sería válido el mismo.

Como todo cubano que viaja por invitación, los cuales son minoría, en un país cuyos dirigentes se resisten a esta “flexibilización” otorgada por ellos mismos, con segundas y terceras intenciones, no todo fue fácil para el pequeño grupo que se reunió por un par de semanas para capacitarse.

Compartir un aula y al terminar clases regresar a casa es normal, convivir un par de semanas no. Por eso hago un aparte para quienes nos impartieron el curso, y para Osvaldo Alfonso, quienes nos ayudaron con profesionalidad, camaradería y humildad; más el esfuerzo y empeño de cada uno de nosotros que nos unió en un país tan especial como México.

Las clases fueron de verdad intensas pero de toda experiencia sacamos la oportunidad de reírnos de todo lo que nos sucedía, compartir todo de manera equitativa y aprovechar aquellos momentos de esparcimiento que fueron los menos.

En la noche estábamos cansados pero siempre encontrábamos el momento de hacer comentarios, revisar los mensajes de internet, llamar a nuestros familiares, asustarnos con lo impredecible y a la vez soltar la carcajada como si fuéramos amigos de toda una vida.

Fue emocionante para mí lo imponente del paisaje, cientos de viviendas fuertes y modernas enclavadas en cerros rodeados de nubes, calles empinadas y arcoíris que parecía podíamos tocar desde el amplio portal donde divisábamos parte de la ciudad se mezclaban con la cortesía de los parroquianos, caracterizados por ser excelentes anfitriones y convertirse en solidarios amigos.

Oaxaca es un estado del pacífico moderno aunque orgulloso de su identidad, de sus ancestros, de los símbolos patrios. Era común llegar  a un centro de esparcimiento y verlo engalanado con adornos con los colores de la bandera nacional, hasta las chapas de los vehículos. Y el verdor de sus plantas contrastaba con el tamaño de sus flores todas, sin ignorar las de los cactus.

Es esta una locación tranquila donde   en las noches y los fines de semana se ven personas pasear o detenerse ante espectáculos públicos. Me sorprendió sobremanera ver a las familias completas disfrutando del paseo dominical, bien vestidos caminando sin prisa, a veces bajo la lluvia de las tardes. Allí hay lugares para que todos puedan pasarla bien según sus posibilidades económicas.

Fueron pocas las personas que vi pidiendo limosnas o algo de comer si se tiene en cuenta que es un país inmenso con una población de millones de habitantes, algo sorprendente para mí que vivo en una isla chica con una alta población senil y donde sus pocos habitantes jóvenes tratan de abandonarla.

En los restaurantes de todas las categorías se aprecian a los padres orgullosos de estar con sus hijos. Para los muy chicos algunos tienen sillas de bebé aunque vi un coche que a cada lado tenía a un progenitor que compartía con el resto de la familia donde había miembros de todas las generaciones degustando una cena dominical.

El buen clima fue una bendición y nos acompañó al Distrito Federal, DF donde estuvimos en una zona bella y limpia donde nunca vi signos de polución y si muchas arboledas, edificaciones patrimoniales muy bien conservadas y otras modernas que armonizaban en aquella inmensidad dinámica donde el símbolo del semáforo del peatón es un hombrecito verde que corre como para que te muevas rápido entre la masa humana que sabe cómo desplazarse con seguridad, a pesar de la cifra incontable de automóviles, motos y buses que esperaban el cambio de luz.

Allí me gustó ver como los choferes de taxis tienen dentro del mismo sus fotos con nombre y apellidos, así como el teléfono del centro o base de transporte a la cual pertenecen. El bus (o guagua) es cómodo de tomar, limpio, con espacio para ir de pie, avisa una voz por el altavoz cada parada, parece un juguete grande con sus colores brillantes.

Cuando nos decidimos a tomarlo una señora nos ayudó y conversó dándonos indicaciones para que llegáramos adonde nos dirigíamos sin equivocaciones. Presentarnos como cubanos o habaneros, aunque se aclaraba que había una matancera en el grupo era siempre recibido con muestras de cariño, anécdotas de sus viajes a la Isla o el anhelo por conocerla.

Las visitas a los diarios El Universal y El Excélsior fueron inolvidables, así como el encuentro con periodistas mexicanos y extranjeros cuando se hizo la presentación del libro “Con Voz Abierta”, compilación de artículos de periodistas independientes. La cortesía al comunicarnos parte de su  experiencia fueron una lección de sencillez, algo diferente a lo que sucede en Cuba, donde prima la represión psicológica y el hermetismo.

El instante de la partida fue por separado. Tratamos de  compartir la última conversación, risa o abrazo, con la esperanza de una próxima vez, simulando la emoción y tristeza propias de quienes logran vivir  momentos tan sinceros, donde primó todo lo positivo, en tan poco tiempo.

Queda como recuerdo inolvidable para mí, una foto grande del célebre actor y cantante mexicano Jorge Negrete que nos saludaba con su sonrisa, cada mañana en nuestra improvisada aula desde donde contemplábamos la inmensidad de una tierra esplendorosa cuyos hijos son aún más hermosos.

El músico argentino Andrés Calamaro resume en entrevista que le hiciera Gustavo Mota Leyva para el diario Milenio, el sentir de quienes conocen este país. “… México tiene algo y es que está enamorado de su propia cultura, de su propia comida, de su propia forma de hablar, de su propia música, y que nos acepten a nosotros, la verdad es un honor y un privilegio, humano y profesional”. Nuestro agradecimiento a quienes nos invitaron y atendieron, será para siempre, un grato recuerdo de nuestra inolvidable estancia allá. ¡Gracias México!

México es algo grande, maravilloso”, Gustavo Mota Leyva/Madrid, Entrevista (D), Milenio, 29 de septiembre de 2013, P. 4 y  P.5.