09/25/2020

«CONSCIENCIA»

Anuncios

Roberto Gómez Anza 33

Es mucho lo que perdemos por no estar conscientes de cada paso que damos en la vida,  y  la  convertimos  en  tortuosas  callejuelas  donde  finalmente  terminamos  extraviados.

Cuántas desviaciones tenemos que hacer al seguir inconscientemente el rumbo equivocado que nos marcan las pasiones, los estados emocionales, los prejuicios y el egoísmo  que  nos  limita  con  su  forma  destructiva  de  operar.

Pero, nunca es tarde para comenzar a entrever lo que es la esencia de la vida, y como ésta tiene su base en esa facultad espiritual que es la consciencia, de ella depende que podamos volver a estructurar una vida basada en la experiencia dolorosa que nos dejaron nuestros errores.  Nacer y morir son cosas de Dios, y si usted aún vive, por algo muy especial debe ser; se lo digo por experiencia. Hace muchos años consideré lo más inútil seguir viviendo, y ahora, a pesar de mi humilde condición, le aseguro que ha valido la pena; cada día tengo la oportunidad de abonar algo a la deuda que contraje en el pasado.  Mientras haya vida, todas las posibilidades del hombre están latentes; hasta el último instante de ella podemos rectificar, si comprendemos que la finalidad de la existencia es que evolucionemos. Y si logramos aceptar que la evolución es un proceso necesario, ya no desperdiciaremos el resto de nuestras vidas con inútiles reproches; por el contrario, entraremos en una actividad constructiva para acelerar ese proceso, a través del cual el hombre logra  desterrar el sufrimiento.

Al principio esquivamos la consciencia al no aceptar que tuvimos un error, y nos hacemos más daño por no consultarla.  No es conveniente rehuirla, por el contrario,  debemos considerarla guía de todo conocimiento, para que se puedan valorar las virtudes, que aplicadas a la vida diaria, evitan dolorosas equivocaciones.

Y rehuimos a nuestra consciencia, porque no hemos analizado todo lo que ella representa en nuestro ser. Son tan diversas sus manifestaciones, que las pasamos por alto sin saber a  qué  se  deben  las  distintas  formas  en  que  ella  se  expresa  en  el hombre.

Nuestro organismo es una pirámide de consciencias que operan en cada una de las células que constituyen los tejidos, los órganos y los sistemas nervioso, glandular, circulatorio, etc., de nuestro cuerpo; pero la actuación de la consciencia en ese campo, no es apreciada por nosotros; sólo por medio del tacto tenemos consciencia de lo que tocamos. Una de sus manifestaciones elementales la podemos sentir en el instinto, a través del cual ella es la guía de todas las especies de animales, incluyendo el hombre. Ahora bien, en un nivel superior nos da la oportunidad de percibir, de ser sensibles e intuitivos. Aún más, su expresión más relevante es la inspiración, que se hace presente, cuando estamos armonizados con nosotros mismos y podemos penetrar a sus ilimitados dominios en busca del conocimiento. En ocasiones, también sentimos una sensación de malestar cuando ella se agita en nuestro interior; es como un descontento  por  algo  inconveniente  que  hemos  hecho.

Por otra parte, debemos tomar en cuenta que de la consciencia también se derivan las virtudes; a éstas las podríamos considerar como si fueran sus hijas y operarán siempre que cada una de ellas se auxilie de la virtud de virtudes; la bondad. Ella es la quintaesencia de todas las que el hombre posee en su parte espiritual.

Por sí sola, la bondad aparenta ser débil, y su presencia no denota toda su valía, hasta  que  actúa  en  comunión  con  las  otras  virtudes.  Una  de  ellas  es  la consideración,  que  nace  de  la  sensibilidad  y  conlleva  un  principio  que deberíamos grabar con fuego en la memoria:  “NO  HAGAS  A  OTRO  LO QUE  NO  QUIERAS  QUE  TE  HAGAN  A  TI”.

Pero.  ¿Qué  sería  de  la  consideración  sin  la  bondad?  Solamente  una  simple  apariencia.

La tolerancia  es  otra  virtud  que  requiere de la bondad para obtener la gran dosis de  paciencia  que demanda  el poder cumplir  con su cometido;  sólo  el tolerar benevolente hace que la vida se deslice sin contratiempos, al zanjar las pugnas con equidad para que no se  conviertan  en  bombas  de  tiempo,  que  finalmente  exploten.

Si la humanidad no fuera bondadosa en las grandes necesidades, tendríamos que considerarla una jauría por la serie de intereses que la agitan, pero cuando esta virtud se acerca  humilde  y  mueve  los  corazones,  nos  convierte  en  seres  de  nobles sentimientos.

La bondad es la base de la belleza interior del ser humano y cuando se siente, no queda oculta, trasciende hasta hacerse ostensible en el rostro, en la voz, hasta parece que sale por los poros de la piel, e inexplicablemente la sentimos. La bondad es el bálsamo de las inquietudes del hombre; aquieta su ánimo, lo llena de ilusiones y tiene la sutileza exquisita  de  calmar  las  crisis  de  dolor  y  de  tristeza.

La bondad nunca se cansa, fortalece y comparte su esencia con todas las virtudes con que el Creador adornó a sus criaturas, ella es la reina, y su trono está en los corazones.  La armonía se hermana con su esencia, y es la intermediaria entre el hombre y la  humanidad; gracias a la bondad que nos brinda un semejante, nos identificamos con el género  humano.

Otra virtud es la prudencia; ella es ignorada por modesta y porque es difícil ejercerla sin una gran dosis de bondad para no sentirnos ofendidos o defraudados. Como es la hija menor de la consciencia, no la tenemos en cuenta como virtud, pero ella es el punto de observación y de abstención para actuar oportunamente  de  palabra  o  de  hecho.

La prudencia es determinante en las relaciones humanas, básica en la diplomacia y  factor  decisivo  para  el  éxito.

Cuando no se aplican las virtudes en el diario vivir, la vida se hace compleja, sobre todo a partir del momento en que el hombre comienza a expresar su pensamiento, y se complica  aún  más,  cuando  no  consulta  con  serenidad  a  su  consciencia.

SALUDOS  CON  AFECTO.

R.  G.  A.