09/22/2020

OPCION PARA CUBA; ¿LA DICTACRACIA?

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Tomado de “INVERSIONES, ¿PARA QUÉ?” Por: Orlando Luis Pardo Lazo | Miami

Los cubanólogos, por vocación o encargo, discuten hoy sus tesis sobre la Isla. Apuestan por los cambios cuantitativos desde el poder, obviando consultar la voluntad del pueblo cubano. Para muchos la Revolución es víctima y no victimaria y, como tal, le asiste su derecho a no desaparecer.

De hecho, sobre todo en la academia norteamericana, el anticastrismo prácticamente constituye harassment intelectual.

Asimismo, a los cubanos no nos quedaría otra que colaborar con el Gobierno en la construcción de un capitalismo bajo control que ya es irreversible, sin dejar de ser «irrevocable» el carácter socialista de nuestra Constitución. En esta transición de tramoya, de memoria corta donde el horror fue a lo sumo un error, la libertad es un lastre con riesgo de terminar en debacle. Y esta astuta amenaza de muerte nos obliga a una lealtad como sustituta post-socialista de la legalidad.

«No se manda un país como si fuera un campamento», le dijo otro poeta a otro general. Pero los uniformados de verde-oliva, ahora con traje y corbata de segunda generación, convirtieron en campamento al país, para no contradecir aquella sentencia a Máximo Gómez de José Martí. El ciudadano sobra, el soldado salva: el desinterés del uno se somete a la disciplina del otro.

Al 2018 lo anuncian como el nuevo 1958. Tras 60 años de poder inconsulto, la biología por fin anuncia un calendario sin Castros. Después de esperar lo mucho, los cubanos podemos esperar lo poco, acostumbrados a una cuestión de familia entre una sexóloga parlamentaria y un coronel —como Putin— del Ministerio del Interior. Encargada de la reproducción la una y de la represión el otro; del placer ella y del poder él; la académica y el castrense, la diplomacia y el descaro; la mascarada y la maldad.

La lógica invertida de invertir en semejante Cuba es que, detrás de la plusvalía, se precipita el pluripartidismo: los vouchers propiciando las votaciones; la barbarie borrada a golpes de banco; del Ché a la chequera. «Lobos con pieles de cordero», podría llamarlos el laico Lenier González, como antes a los disidentes sin Dios, porque la nave de la nación zozobra entre un frente de acción económica afuera y otro de resistencia pacífica al interior.

Acaso para evitar tales sospechas, los empresarios extranjeros no ostentan de sus ganancias a costa del mercado cautivo insular. Invierten casi con ánimos humanitarios, aunque a la postre se le decomisen sus bienes y no pocos terminen deportados, presos, o muertos de infarto durante los interrogatorios con los órganos de Seguridad. En el caso de los exiliados cubanos, ni siquiera se les invita en plenitud de derechos para residir en su propio país. Y esa ilusión de invertir en la Isla, como nostalgia o labor-terapia, la justifican con que el dinero dinamiza a las dictaduras mucho más que la dinamita. Si no pudimos vivir en democracia, al menos tendremos una dictacracia.

Empresas de partido único y oposición de oropel. Como quien va a trazar un garabato norcoreano y le sale un exquisito caligrama chino. O como en aquellos animados de infancia, donde un Tirano es vencido por un antílope dorado, que lo ahoga lanzándole monedas, convertidas en barro cuando el rajá se sacia y grita: «¡ya basta!»