LOCALES PARA EL COMERCIO  EN PÉSIMAS CONDICIONES.

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Aimée Cabrera.

Cualquier  calle o  avenida capitalina como Monte, Neptuno o Galiano exhiben ruinas de lo que fueron elegantes almacenes y tiendas hoy sucios y llenos de filtraciones, algunos con peligro de derrumbe.

Aunque en muchos se ven vendedores por cuenta propia que pagan un espacio para vender sus mercancías, estos locales tienen dueño por pertenecer a entidades estatales que a su vez no alquilan el local, por órdenes de arriba” a estos trabajadores para que, por su cuenta los arreglen.

En ciertos casos las tiendas ubicadas en la planta baja soportan el deterioro de edificios cuyos moradores de otros pisos no tienen el dinero para hacer grandes arreglos por lo que es posible  ver apuntalados los portales de estos inmuebles.

Periodistas que trabajan para órganos de prensa oficiales así como periodistas independientes se han acercado a  los trabajadores no estatales y siguen las mismas lamentaciones del 2010.

“Esto es lo de nunca acabar. No hay un mercado mayorista que nos surta lo que necesitamos, dónde conseguirlo, a mí que vendo ropa, los inspectores me caen “en pandilla” porque le hacemos competencia a la tienda, y qué culpa tengo yo de que todo lo que se vende en la tienda esté tan feo”, comenta una vendedora de una feria ubicada en la avenida Reina.

Otros colegas de esta cuentapropista se quejan de que las condiciones de trabajo no son las mejores pues el sol y la humedad afectan las mercancías y si llueve tienen que recogerla de inmediato. “Por qué no nos dan esas tiendas que están cerradas echándose a perder, por qué todo es malo para los particulares como nosotros”, opina un vendedor de bolsos y calzados.

Los que tienen “el privilegio” de trabajar en las tiendas viejas y descuidadas pero resguardadas por techo y puertas, algunas con área de almacenaje no motivan mucho a que el comprador se decida a entrar, a no ser que sepa que lo busca está en ese almacén.

Mostradores viejos, tarimas feas, mercancías que tienen  demanda o no, carecen del espacio debido para ser exhibidas; las ropas amontonadas en percheros, confecciones con roturas, faltas de broches y botones, cómo pueden estar esas mercancías en venta.

“El cliente es quien las rompe y si no estás a la viva te la roban, así rota y todo”, explica una vendedora de una tienda de la Calle Neptuno, sudada y echándose aire con un periódico doblado a modo de abanico, donde la falta de una adecuada iluminación apenas dejaba ver su rostro.

Tiendas como Le Trianón (Galiano entre San Rafael y San José) y Riviera  (Galiano entre San José y Zanja) que fueran almacenes suntuosos dejaron de serlo para siempre.

Le Trianón es un hueco donde un grupo de trabajadores guardan sus bicitaxis. Riviera está cerrada y las aguas mal olientes se desbordan por su puerta principal hacia la  acera.

Otros almacenes, diseminados por toda la capital se mantienen inutilizados hasta que desaparezcan. La atención al trabajador por cuenta propia parece no ser de vital importancia para los dirigentes sindicales que los atienden.

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