08/05/2020

LOS EXTRAÑOS RITOS DE SANGRE

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Los masones piden en un momento determinado de la Iniciación, se  derrame la sangre del Aspirante a Masón, pero a una voz del Presidente  de la Logia se ordena detener el acto, y se nos explica que con la  intención le basta a la institución masónica, y así la Prueba de Sangre es dispensada.

Existe un paralelo sorprendente en cuanto al rito de sangre, al mismo  tiempo que totalmente inexplicable desde el punto de vista de la  lógica moderna. Se pide sellar el pacto de los votos del iniciado  masón con su misma sangre, algo que se usó en otras culturas antiquísimas durante sus iniciaciones. “La Prueba de Sangre”. La Sangre del Pacto.

Más que de un paralelo podríamos hablar de una absoluta identidad de hechos. Y antes de proseguir, quiero confesarle a usted que lo que le voy a decir es algo tan real, tan impactante y tan increíble, que en un primer momento, engendrará en la mente del que lo conoce por primera vez, un rechazo absoluto, y una duda acerca de la cordura de quien se atreve a exponer semejante cosa.

El Pacto de Sangre es común hasta en las Escrituras Bíblicas, no fue el Mismo Cristo el que sello con un pacto con su propia sangre, el Pacto de la Nueva Alianza que liberaría al Ser Humano de sus Pecados.

Lo que los invisibles seres superiores o dioses han pedido siempre desde la más antigüedad y continúan pidiendo hoy, es ni más ni menos que sangre; sangre tanto de animales como de seres humanos. ¿Por qué?

De ella extraen una potente energía eso es más que claro. ¿Extraen ellos de la sangre algún producto que les sirva para algo? Sí, eso es obvio.

La sangre es común denominador entre los dioses de la antigüedad, — incluido claro el Dios de la Bíblico.- El hecho está ahí, atestiguado no sólo por todos los libros de los historiadores antiguos, sino por «el libro» por excelencia, —la Biblia— en donde vemos al mismo Único Dios Yahvé, página tras página, explicarle a Moisés qué era lo que quería que se hiciese con la sangre y con las vísceras de los animales sacrificados.

Nos imaginamos el pasmo de Moisés cuando tras haberle preguntado a Yahvé cómo quería ser adorado, oyó que éste le contestó dándole una serie de pormenores y de órdenes minuciosas de cómo debía degollar a los diferentes animales, qué es lo que debería hacer con las diferentes vísceras, y sobre todo cómo tenía que manipular la sangre.

Moisés, que seguramente conocía muy bien cómo eran los sacrificios que los egipcios y los pueblos mesopotámicos hacían constantemente a sus respectivos dioses, debió quedarse pasmado, viendo que su «Único Dios» le pedía exactamente lo mismo que los otros «falsos» dioses pedían.

Y sólo por el hecho de que exigiese que le entregasen «cosas» (en vez de preferir el diálogo directo y unos ritos de una simbología espiritual y lógica) sino porque esas «cosas» que exigía, eran exactamente las mismas que los otros dioses pedían y con el agravante de que eran unas cosas raras y en nada relacionadas con la adoración o con el perdón de los pecados.

Porque si lo miramos con una mente sin prejuicios, ¿qué tiene que ver la muerte de un cabrito y diseccionar de sus vísceras de tal o cual modo, o el derramar su sangre en determinados lugares, con la demostración del amor a Dios y de la obediencia a sus mandatos? ¿Qué tiene que ver degollar una vaca, con el sincero arrepentimiento y con el reconocimiento de los propios defectos?

Y si seguimos usando la Lógica Moderna, tendremos derecho a pensar que es completamente natural el quemar madera para producir calor, pero es totalmente antinatural e inútil el quemar la carne. La carne cuando se quema por completo (como se hacía en los holocaustos del Antiguo Testamento), impregna el ambiente de grasa y produce un penetrante olor nada agradable.

 

Las palabras de Cristo ante el posible derramamiento de su propia Sangre pide a su Padre Dios -«si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, pero hágase tu voluntad» pero la voluntad expresa de Dios es que la Sangre de Cristo su Hijo sea derramada sobre la Tierra, así se dejan bien claro cuál es el criterio por el que llama una cosa posible o imposible. No es otro que éste: el sangriento decreto cierto e inmutable de su Padre con respecto a su muerte. Si hubiera pensado Cristo que necesariamente estaba destinado a morir, bien por el curso de los astros o por lo que llaman la fuerza del «destino», hubiera sido del todo inútil que añadiera: «pero hágase tu voluntad».

¿Acaso habría dejado la decisión en manos del Padre si hubiera estado convencido de que dependía de algún otro además del Padre, o que el Padre había de tomar una decisión necesariamente determinada, como quien quiere y no quiere?

Nos preguntamos Dios con un gesto de Mano no podría cambiar el Orden de las cosas, con su solo decreto bien no podría ahorrar el derramamiento de sangre. La Masonería en este caso simbólicamente dispensa la prueba de sangre, es más le parece no oportuno realizarla.

Y nos dice la Masonería al iniciarnos, estamos satisfechos de vuestra decisión de dar su sangre, pero nos advierte que, aunque ella ha suprimido la prueba de sangre, nos pide como obligación de profundizar en su profundo significado, tanto por la doctrina filosófica que contiene, cuando por que, siendo de uso riguroso, en razón la Masonería como Sociedad Secreta, tiene que conservar la esencia de la doctrina oculta de la Sangre en su Iniciación aunque esta haya sido suprimida y de conservar sus simbolismo de manera correcta.

Para que Usted, con un criterio masónicamente desapasionado pueda comprender por sí mismo lo que le estamos diciendo, y de paso, para recordarle textos que leyó en sus años juveniles sin caer muy bien en la cuenta de lo que leía (o que muy probablemente no ha leído en su vida), copiaremos aquí varios pasajes del Pentateuco en los que Yahvé alecciona a Moisés acerca de cómo debe ser adorado: «Quien ofrezca un sacrificio pacífico, si lo ofreciera de ganado; mayor, macho o hembra sin defecto, lo ofrecerá a Yahvé. Pondrá la mano sobre la cabeza de la víctima y la degollará a la entrada del tabernáculo; y los sacerdotes, hijos de Arón, derramarán la sangre en torno del altar. De este sacrificio se ofrecerá a Yahvé en combustión el sebo y cuanto envuelve las entrañas y cuanto hay sobre ellas, los dos riñones y los lomos y el que hay en el hígado sobre los riñones…» (Levítico. 3,

1.). Y así sigue explicando detalladamente a lo largo de los capítulos siguientes, qué es lo que los sacerdotes tienen que hacer con las vísceras en caso de que, en vez de ser vacas, toros o novillos, fuesen cabras, corderos o aves; y de acuerdo a los diversos pecados por los que se ofrecen los sacrificios: «Si es sacerdote ungido el que peca, haciendo así culpable al pueblo, ofrecerá a Yahvé por su pecado un novillo sin defecto en sacrificio expiatorio. Llevará el novillo a la entrada del Tabernáculo y después de ponerle la mano sobre la cabeza, lo degollará ante Yahvé. El sacerdote ungido tomará la sangre del novillo y la llevará ante el Tabernáculo y mojando un dedo en la sangre hará siete aspersiones ante Yahvé vuelto hacia el velo del santuario; untará con ella los cuernos del altar del timiama y derramará todo el resto de la sangre en torno del altar de los holocaustos… Cogerá luego el sebo del novillo sacrificado por el pecado y el sebo que cubre las entrañas y cuanto hay sobre ellas, los dos riñones con el sebo que los cubre y el que hay entre ellos, y los lomos y la redecilla del hígado sobre los riñones… La piel del novillo, sus carnes, la cabeza, las piernas, las entrañas y los excrementos lo llevará todo fuera del campamento… y lo quemará sobre leña…» (Levítico. 4, 1 y sig.).

El libro del Levítico, continuaba Yahvé instruyendo detalladamente a Moisés; he aquí cómo la Biblia describe los primeros sacrificios ofrecidos por Ai y sus hijos después de haber terminado de recibir todas las instrucciones: …Trajeron ante el Tabernáculo todo lo que había mandado Moisés y toda la asamblea se acercó poniéndose ante Yahvé…. moisés dijo: «Esto es lo que ha mandado Yahvé; hacedlo y se mostrará la Gloria de Yahvé en la Biblia se llama la «Gloria de Yahvé» a la famosa nube en que Yahvé se manifestaba y desde la que les hablaba. Arón se acercó al altar y degollaron el novillo… sus hijos; presentaron la sangre y mojando él su dedo, untó con ella las esquinas del altar y la derramó al pie del mismo. Quemó en el altar la grasa, los riñones y la redecilla del hígado de la víctima por pecado, como Yahvé se lo había mandado a Moisés. Pero la carne y la piel las quemó fuera del campamento. Degolló el holocausto y sus hijos le presentaron la sangre, que él derramó en torno al altar. Le presentaron entonces el holocausto descuartizado, junto con la cabeza y él los quemó en el altar. Lavó las entrañas y las patas y las quemó encima de dicho holocausto. Luego presentó la ofrenda del pueblo, degollándolo según el rito… Degolló el toro y el carnero de sacrificio pacífico por el pueblo. Los hijos de Arón le presentaron la sangre que él derramó en torno al altar; y el sebo del toro y del carnero, el rabo, el sebo que recubre las entrañas, los riñones y la redecilla del hígado; las partes grasas las puso sobre los pechos. Arón quemó los sebos ante el altar; después ofreció, balanceándolos, los pechos ante Yahvé, y la pierna derecha, balanceando también al ofrecerla, tal como había mandado Moisés… Moisés y Arón entraron en el tabernáculo de la reunión y cuando salieron, bendijeron al pueblo y la «Gloria de Yahvé» se apareció a todo el pueblo, y un fuego mandado por Yahvé consumió en el altar el holocausto y las grasas».

Pero lo grave es que Baal, Moloc, Dagón, etc., les pedían exactamente lo mismo a los pueblos mesopotámicos; y Júpiter Zeus les pedía los mismos sacrificios a griegos y romanos; y si saltamos a América nos encontramos con que Huitzilopochtli les pedía lo mismo a los aztecas y con el agravante de que éste les exigía que la sangre fuese humana en ocasiones. La mayoría de las tribus negras en las que no ha penetrado el cristianismo o el islam, siguen todavía hoy día ofreciendo sacrificios de sangre a sus dioses; los ozugus del centro de África, en el día de la gran solemnidad, se tumban en el suelo, mientras el supremo brujo sacerdote los rocía abundantemente con la sangre de los animales sacrificados… ¿Qué hace el «Dios Único» exigiendo lo mismo que los demás dioses? ¿Y por qué tiene que ser precisamente sangre y vísceras, algo tan difícil de conseguir para los pueblos pobres, tan fácilmente corruptible y hasta maloliente a las pocas horas, tan falto de relación con el amor y la obediencia que es lo que fundamentalmente se quiere simbolizar en los ritos? Indudablemente uno tiene derecho a sospechar que algo extraño hay en torno a la sangre cuando tan universalmente la vemos relacionada con el fenómeno religioso. El cristianismo, a pesar de haberse liberado de este lastre de los sacrificios cruentos de animales y a pesar de mostrarse mucho más racional en sus ritos, sin embargo en cuanto uno profundiza poco en ellos, se encuentra de nuevo con la sangre, aunque en este caso sublimada: «la sangre del cordero», y el «vino convertido sangre del Hijo de Dios», son dos símbolos fundamentales en toda la ritualista cristiana. Y si profundizamos más todavía, veremos que estos símbolos no son tan símbolos, ya que la sangre de Cristo en la cruz fue una sangre real y no simbólica; ¡sangre que le fue exigida nada menos que por su Padre! Pero no tendremos que admirarnos mucho ante un hecho tan monstruoso, cuando nos enteramos que ese padre, según nos dice la teología, no era otro que Yahvé. La cuidadosa y selectiva manipulación de las vísceras que veíamos en los textos citados anteriormente, es algo que también tiene que hacernos reflexionar mucho, pues tiene grandes paralelos con otros hechos igualmente inexplicables de los que no podemos tener duda alguna ya que están sucediendo estos mismos días delante de nuestros ojos. Enseguida hablaremos de esto. No precisamente de que la sangre tuviese mucha importancia en las religiones antiguas, incluida la judeo cristiana, sino de que eso pueda ser presentado como una prueba de que a los dioses todavía les sigue interesando el obtener sangre humana o de animales en nuestros días.

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