Valls navega por otros mares

Con la última eucaristía en el cuerpo se fue mientras cantaba “Pescador de Hombres”

miércoles, octubre 28, 2015 | Miguel Saludes
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Jorge Valls, a la derecha (foto tomada de Internet)

Jorge Valls, a la derecha (foto tomada de Internet)

MIAMI, Estados Unidos – Las primeras referencias de Jorge Valls me llegaron, como a tantos en Cuba, a través de las ondas de Radio Martí en aquellas primeras trasmisiones de 1985. El expreso político acababa de salir de la cárcel coincidiendo casi en el año en que se inauguraban la emisora. Entonces la voz de aquel desconocido ex preso político nos llegaba desde Europa, unas veces desde París y otras en Madrid, con el regalo de su poesía. Contrario a lo supuesto el poeta prefería lanzar sus versos antes que las esperadas anécdotas de quien acaba de dejar atrás la condición de preso plantado durante casi veinte años. Tendrían que pasar varias décadas para saber la razón de aquella incomprensible preferencia del verso sobre la narrativa del horror carcelario.

Conocí a Valls en febrero del 2006, cuando apenas llevaba seis meses en el exilio. Un día llamó al teléfono para avisarme la proximidad de su visita. A poco estaba sentado frente a mí, enfrascado en una charla amena, con el pelo canoso en desarreglada melena, vestido con extrema sencillez y portando aquella jaba (especie de bolsa de cuero) que supe después formaba parte inseparable de su cuerpo y que le acompañaba a todas partes.

Jorge nunca tuvo auto. No sé incluso si llegó a aprender a manejar. Siempre viajaba en transporte público. No extraña que fuera la primera anécdota compartida en la Iglesia de San Kevin por el sacerdote que oficiara la misa de cuerpo presente. Recordaba el religioso que precisamente fue lo que primero llamó su atención de aquel feligrés que llegaba bien temprano en bus para esperar el inicio de los oficios diarios. Y es que Valls era un católico practicante a cabalidad de comunión diaria. Para él significaba mucho más que el esfuerzo de tomar una guagua a fin de llegar al templo en cualquier parte donde lo cogiera su andar constante.

De sus frases destaca por estos días la referida por el Nuevo Herald acerca de la respuesta que solía dar a quienes le preguntaban dónde vivía: “Vivo en Cuba y pernocto en cualquier sitio donde me sorprenda la noche”. Una bella imagen donde expresaba esa vida errabunda en la que le vieron ciudades europeas y norteamericanas en las que nunca dejó de pensar y soñar en su patria. Según testimonios cercanos se resistió durante largo tiempo a acogerse a los beneficios que le facilitarían la residencia y posterior ciudadanía norteamericana. Simplemente se reconocía cubano refugiado político y no quería ser más.

Al decir de Marcelino Miyares, ex alumno de Jorge Valls en Cuba y luego compañero de partido en el exilio, este hombre es un reflejo claro de la tragedia nacional cubana. Los eventos sufridos en estas décadas en su caso significaron la pérdida de un pensador de luz larga para nuestra Isla. Luego en un largo exilio nunca concluido se diluyeron sus dones que tanto bien hubieran significado para la construcción social de la Isla.

Volvimos a encontrarnos alguna que otra vez más. Valls no tenía sitio fijo por mucho tiempo. La última vez fue en un apartamento pobremente amueblado al sur de Miami donde paraba por más tiempo en compañía de un amigo inseparable. Rodeado de libros, una mesa, un sillón y un escaparate charlamos entonces sobre las primaveras árabes. Valls criticaba fuertemente lo que consideraba entonces una movida política organizada desde occidente para introducir cambios democráticos en una cultura que no entendía esos valores en la misma manera.

Me sorprendió entonces su postura crítica que no entendía de ideologías y que haría que alguien ajeno a su personalidad lo catalogara con marcas erradas de color izquierdista.

Pero Valls rebasaba todos los límites que buscan definir al individuo para encasillarlo en posturas políticas. Era simplemente una persona libre, que pensaba con libertad en un concepto democrático de la vida basado en su credo firmemente cristiano. De su temprana lucha contra la dictadura batistiana, cofundador del Directorio Revolucionario con José Antonio Echevarría, no dudó en dejar la pluma por la acción. Julio Rodríguez lo recuerda en una foto del Diario de la Marina, donde aparece junto al presidente de los universitarios, ambos fuertemente golpeados.

De su compromiso social llueven testimonios. El de un adolescente Valls impartiendo clases de inglés a los presos de la prisión El Príncipe en pleno centro de La Habana. Lugar donde por ironías de la historia llegaría a ocupar el lugar del preso sin ningún profesor que le tendiera la mano. Proyectos en este sentido nunca le faltaron a pesar de las carencias. El último nunca realizado, una fundación para ayudar a los países de la cuenca caribeña en la labor de forjar sistemas democráticamente funcionales. Una idea pensada para Cuba y sus vecinos, en particular Haití.

Su vida ardua fue considerada para un guion fílmico de Hollywood. El pasaje biográfico recordado por un amigo y ex compañero de presidio de Jorge ante su cuerpo inerme, nos dice que Val Kilmer sería el actor que le encarnaría en la gran pantalla. Pero Valls se opuso rotundamente. Ni el millón de dólares ofrecidos por su aceptación, sumando las ganancias del filme o la visita del propio Kilmer para convencerle, lograron cambiar su decisión. Ante el cuestionamiento de quienes sabían lo que significaba el monto millonario para el empobrecido exiliado este contestó que algún día sabrían las razones. “El dinero envilece” solo dio como explicación.

Los rasgos de su personalidad apuntan muchos valores. El primero y en el que todos coinciden en señalar es su honestidad, algo que tanto se echa en falta en este mundo que nos rodea. Otros no menos llamativos su caballerosidad, el romanticismo que lo hacía un enamorado sempiterno de la belleza femenina, la bondad hasta el extremo de no guardar rencores ni odios, la entrega incondicional, el patriotismo sincero –que no patrioterismo interesado– , o el altruismo por excelencia. Todos en un aurea de plena paz y ascetismo. Cualidades tal vez en las que se basen las palabras del sacerdote que calificó a Valls de santo cubano. Una expresión que puede sonar exagerada, pero que si se conoce el verdadero sentido de la santidad cristiana, en nada se aleja de la realidad que vivió el poeta en su vida ermitaña para la que consideraba su cuerpo como un caparazón útil que le ayudaba a andar por ella. Como esos miles de santos fuera de los altares, desconocidos, con defectos y virtudes, que con su trayectoria de hechos y quehaceres de cada día depuran su existencia hasta casi tocar la perfección.

Quizás pocos sepan que uno de los pasatiempos de Valls era la cartografía. Solía acudir a la biblioteca de Miami-Dade donde pasaba horas estudiando mapas antiguos, de Cuba y de otras regiones. Una curiosa afición en la que no encontró el mapa de su último itinerario. Tampoco le haría falta consulta alguna porque el Señor, en el que siempre confió, ya tenía trazada una ruta segura. A su encuentro partió en estos días finales de octubre. Con la última eucaristía en el cuerpo se fue mientras cantaba “Pescador de Hombres”, en cuya tercera estrofa afirman cerró sus labios para siempre. Se fue como buen cubano, rodeado de amigos, cubierto por la bandera de la estrella solitaria y al acorde de las notas del Himno Nacional.

http://www.cunanet.org

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