09/23/2020

San Diego, La Habana y la autoestima

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Erasmo Calzadilla

HAVANA TIMES — En el post anterior conté de las lindezas que me enamoraron de la America’s Finest City.No fueron sus lucecitas de colores, sino el lugar tan importante que ocupa el ser humano.

Lo noté en la manera de tratarse la gente, pero también en el diseño de la ciudad. Creía que entre los rascacielos me iba sentir como un piojo a punto de ser aplastado; pero al contrario, me sentía rodeado de gigantes protectores.

A diferencia de La Habana, San Diego está diseñada para que la gente se sienta a gusto, cómoda y relajada. Abundantes señalizaciones, carriles de bicicletas, sitios públicos gratis para descansar, asearse, ir al baño y beber agua, eficiente sistema de transporte público, impresionante respeto a los peatones por parte de los conductores, magnífico trato en las oficinas y establecimientos… Son cuestiones que no dependen tanto de la economía, como de la cultura y la política; la ciudad no estará al servicio de sus residentes sino son ellos quienes deciden su destino.

Para los extranjeros resulta una experiencia exótica, pero el paseo de un cubano por el “Downtown” de su capital es un trago amargo.

Apenas quedan baños públicos (los pocos que hay brindan un pésimo servicio y no son gratis), ni sueñes con un bebedero; demasiada gente queriendo estafarte, robarte, venderte productos de dudosa procedencia o siendo descorteses; el aire súper contaminado por los viejos carros que tanto admiran los enajenados turistas; poquísimas calles para peatones y no existen líneas dedicadas a los ciclistas; ninguna cortesía por parte de los conductores a quienes cruzan las calles; mal olor, ruidos desagradables, huecos en las aceras, basura, escombros y animales sacrificados por las esquinas, espacios públicos colonizados por fumadores, infinidad de barreras para los discapacitados; homofobia y machanguería abiertamente manifiestos, y la policía siempre por ahí, amenazando con salarte el día. ¿A alguien le resulta extraño que en la no-gentrificada Habana me sienta como un piojo a punto de ser aplastado?

Para profundizar en la comparación quiero contarles sobre mi primera incursión en una gran tienda de San Diego, una de la cadena Target.

Ante de salir del país muchos me decían: “Si pones un pie en un mercado no vas a querer regresar”. Y sí, son sitios acogedores, luminosos, ordenados, pulcros y repleto de seductoras mercancías… pero lo que me conmovió fue otra cosa.

En Cuba, los dependientes de las tiendas te tratan como a ladrones en potencia o como a una molesta interrupción en su rutina diaria.

En Target anduve todo el tiempo con la mochila encima y nadie presupuso que yo era un ratero. Manoseaba las mercancías con la indecisión de la Cucarachita Martina y volví locos a los dependientes, pero nunca perdieron la paciencia o fueron descorteses.

La experiencia me hizo recordar la de mis padres en el campo socialista. Los tenderos de los hermanos países solían ignorarlos o maltratarlos cuando se percataban de que eran extranjeros pobres.

¿Será que el falso socialismo generó los mismos patrones do quiera que floreció o será un fenómeno típico de países no desarrollados?

A la tienda Target, en San Diego, fuimos un grupo de latinoamericanos; había guatemaltecos, hondureños, bolivianos, costarricenses y hasta un beliceño. Solo los cubanos salimos encantados con el trato, porque solo nosotros notamos alguna diferencia.

Para explicar la caída del socialismo y la persistencia del capitalismo se han elaborado sofisticadas teorías, pero hay un principio elemental de la psicología humana que suele ser ignorado: toleramos mejor el azote de poderes “impersonales” (como la economía, típico del capitalismo) que ser humillados por nuestros semejantes (algo tan común de este lado del muro).

Por ahora termino. Prometí mostrar la cara fea de San Diego, pero es evidente que todavía estoy encandilado. Será en el próximo.