¿Los anarquistas apoyan el terrorismo?

No. Por tres razones.

El terrorismo implica apuntar a personas inocentes o matarlas sin empacho. Para que el anarquismo exista, debe ser creado a partir de las masas. Uno no convence a las personas de sus ideas arrojándoles bombas. Segundo, el anarquismo se trata de autoliberación. Uno no puede destruir una relación social. La libertad no puede ser creada a partir de las acciones de una pequeña élite dedicada a aniquilar gobernantes en nombre de una mayoría. En simples palabras, una “estructura basada en siglos de historia no puede ser destruida con unos cuantos kilos de explosivos”. (Kropotkin, citado por Martin A. Millar, Kropotkin, p. 174) Ya que en tanto las personas sientan la necesidad de autoridad, la jerarquía existirá (véase sección A.2.16). Como ya hemos remarcado, la libertad no se da, se toma. En su finalidad, el anarquismo apunta a la libertad. De aquí que Bakunin comentase que “cuando se lleva adelante una revolución por la liberación de la humanidad, se debe respetar la vida y la libertad de los hombres”. (citado por K.J. Kenafick, Michael Bakunin and Karl Marx, p. 125). Para los anarquistas, los medios determinan los fines y el terrorismo por naturaleza infringe la vida y la libertad del individuo, por lo que no puede ser utilizado para lograr una sociedad anarquista. La historia de, digamos, la Revolución Rusa, confirmó la visión de que “muy triste sería la revolución futura si sólo pudiese triunfar por la vía del terrorismo”. (citado por Millar, op. cit., p. 175)

Además, los anarquistas no están en contra de los individuos sino de las instituciones y relaciones sociales que hacen que ciertas personas detenten poder sobre otros y abusen (es decir, usen) de ese poder. Así pues, la revolución anarquista se trata de destruir estructuras, no personas. Como Bakunin señalaba, “no queremos matar gente, sino abolir los estatus y sus privilegios”, y el anarquismo “no implica la muerte de los individuos que conforman la burguesía, sino la muerte de la burguesía como entidad política y social distinta de la clase trabajadora.” (The Basic Bakunin, p. 71 y p. 70). En otras palabras, “No puedes volar una relación social” (citando el título de un panfleto anarquista que presenta el caso anarquista contra el terrorismo).

¿Cómo es, entonces, que el anarquismo se asocia con la violencia? Esto ocurre en parte porque el estado y los medios insisten en referirse a los terroristas que no son anarquistas como anarquistas. Por ejemplo, la banda Baader-Meinhoff fueron a menudo llamados “anarquistas” pese a su autoproclamado marxismo-leninismo. Las inexactitudes, desafortunadamente, funcionan. Del similar modo, como Emma Goldman señaló, “es un hecho conocido por todos aquellos cercanos al movimiento Anarquista que un gran número de actos [violentos], los cuales sufren los Anarquistas, tienen su origen en la prensa capitalista o bien son instigados, cuando no perpetrados directamente, por la policía” (Red Emma Speaks, p. 262)

Un ejemplo de este proceso en operación puede observarse en el actual movimiento anti-globalización. En Seattle, por ejemplo, los medios denunciaron “violencia” por parte de los manifestantes (en particular los anarquistas) aun cuando se trataba de unas cuantas ventanas quebradas. La violencia policial, realmente mayor, contra los manifestantes (que, por cierto, comenzó antes de que se quebrarar ninguna ventana) no fue digna de mención. La posterior cobertura mediática de las protestas anti-globalización siguió este patrón, asegurando la conexión entre violencia y anarquismo pese a que los manifestantes fueron quienes sufrieron la mayor violencia por parte del estado. Como el activista anarquista Starhawk observa, “si quebrar ventanas y responder a los ataques de la policía es ‘violencia’, entonces quiero una nueva palabra, mil veces más fuerte, para usarla cuando la policía golpea a gente en actitud pacífica hasta dejarla en coma”. (Staying on the Streets, p. 130)

De modo similar, en las protestas de Génova del 2001, los principales medios presentaron a los manifestantes como violentos aunque el estado había matado a uno de ellos y hospitalizado a miles más. La presencia de agentes de policía provocando violencia fue silenciado por los medios. Como más tarde notó Starhawk, en Génova “nos encontramos con una campaña política cuidadosamente orquestada del terrorismo de estado. Esta campaña incluyó desinformación, infiltración y provocación, connivencia con grupos declarados fascistas[…], ataques dirigidos a grupos no-violentos con gas lacrimógeno y palizas, brutalidad policial endémica, tortura de prisioneros, persecución política de los organizadores […] Hicieron todo esto abiertamente, como muestra de que no tenían miedo a las repercusiones y que esperaban protección política de los altos mandos” (op. cit., pp. 128-9). Como era de esperar, esto fue callado por la prensa.

Las movilizaciones siguientes han visto cómo los medios se han empeñado en la propaganda anti-anarquista, inventando historias que presentan a los anarquistas como individuos llenos de odio que planean violencia masiva. Por ejemplo, en el año 2004 en Irlanda los medios denunciaron que los anarquistas planeaban usar gases tóxicos en las celebraciones relacionadas con la UE en Dublín. Por supuesto, las pruebas de tal plan no existieron y tal acción no sucedió. Ni siquiera el motín que los medios dijeron que los anarquistas organizaban. Un proceso similar de desinformación acompañó a las manifestaciones anticapitalistas del 1º de mayo y a las protestas contra el Congreso Nacional Republicano en Nueva York. Pese a ser constantemente desmentidos después del suceso, los medios siempre publican historias que suscitan el miedo de la violencia anarquista (incluso inventando hechos como los de Seattle para justificar sus artículos y seguir satanizando el anarquismo). Así es perpetrado el mito de que el anarquismo es violencia. Apenas vale la pena decir que los mismos periódicos que difundieron la amenaza (inexistente) de la violencia anarquista no mencionaron una palabra acerca de la verdadera violencia y represión de la policía contra los manifestantes que asistieron a dichos eventos. Ni siquiera se disculparon después de que sus historias catastróficas (y carentes de pruebas) fueran desmentidas como las tonterías que continuaron publicando.

Esto no quiere decir que ciertos anarquistas no hayan cometido actos de violencia. Sí lo han hecho (como miembros de otros movimientos políticos y religiosos). La principal causa de que se asocie terrorismo y anarquismo es el período de “propaganda por el hecho” en el movimiento anarquista.

Este período -entre 1880 y 1900- fue marcado por un grupo menor de anarquistas que asesinaban a miembros de la clase gobernante (realeza, políticos etcétera). Para colmo, en este período los teatros y tiendas se vieron frecuentados por miembros de la burguesía apuntada. Estos actos fueron denominados “propaganda por el hecho”. El apoyo anarquista de la táctica fue galvanizado con el asesinato del zar Alejandro II en 1881 por Populistas Rusos (este hecho inspiró la famosa editorial de Johann Most en Freiheit, titulada “¡Al fin!”, que celebraba el regicidio y el asesinato de tiranos). No obstante, había razones más profundas del apoyo anarquista de esta estrategia: en primer lugar, en revancha por los actos de represión contra la clase obrera; y en segundo lugar, como un medio de incitar a la gente a rebelarse mostrando que los opresores podían ser derrotados.

Considerando estas razones, no es mera coincidencia que la propaganda por el hecho haya comenzado tras la muerte de más de 20.000 con la brutal supresión de la Comuna de París por el estado francés, en la cual muchos anarquistas murieron. Es interesante notar que mientras que la violencia anarquista en venganza por la Comuna es relativamente bien conocida, el asesinato masivo de sus miembros a manos del estado es relativamente ignorado. De igual modo, son más públicos el asesinato del rey Umberto de Italia por el anarquista Gaetano Bresci en 1900, o el intento de asesinato del gerente de la Carnegie Steel Corporation Henry Clay Frick en 1892 por Alexander Berkman. Lo que usualmente se desconoce es que las tropas de Umberto habían incendiado y asesinado a campesinos en protesta o que los Pinkertons de Frick también habían arrinconado y matado a trabajadores en Homestead.

El juego sucio de la violencia estatista y capitalista no nos sorprende. “El comportamiento del Estado es la violencia”, dice Max Stirner, “y a su violencia la llama ‘ley’; a la del individuo, ‘crimen'” (The Ego and Its Own, p. 197). Ya no impresiona, entonces, que la violencia anarquista sea condenada mientras la represión (y a menudo peor violencia) que la provoca sea ignorada y olvidada. Los anarquistas apuntan a la hipocresía de la acusación de que los anarquistas son “violentos” dado que esas reclamaciones provienen de los partidarios de gobierno o de los propios gobiernos, “que ascendieron al poder por medio de la violencia, que los mantiene en el poder por medio de la violencia, y que usan constantemente la violencia para reprimir la rebelión e intimidar a otras naciones”. (Howard Zinn, The Zinn Reader, p. 652)

Podemos tener una idea de la hipocresía que rodea la condena a la violencia anarquista por parte de no-anarquistas por considerar su respuesta a la violencia estatal. Por ejemplo, en los años 20 y 30, muchas publicaciones e individuos capitalistas celebraban el fascismo, a Mussolini y a Hitler. Por el contrario, los anarquistas lucharon a muerte contra el fascismo e intentaron asesinar a Mussolini y a Hitler. ¡Por supuesto, el apoyo de dictaduras asesinas no es “violencia” ni “terrorismo”, pero la resistencia a dichos regímenes sí que lo es! De modo similar, los no-anarquistas pueden apoyar a estados represivos y autoritarios, las guerras y la supresión de huelgas y disturbios (“restauración de la ley el orden”) y no ser considerados “violentos”. ¡Los anarquistas, en contraste, son condenados como “violentos” y “terroristas” toda vez que unos pocos de ellos intentan vengar las acciones de opresión y violencia estatal/capitalista! Del mismo modo, parece el colmo de la hipocresía para algunos el denunciar la “violencia” anarquista que rompe unos cuantos vidrios en, digamos, Seattle mientras se apoya la verdadera violencia policial al imponer la ley del estado o, aun peor, mientras se apoya la invasión estadounidense en Irak en el 2003. Si a alguien debiésemos llamar violento tendría que ser al partidario del estado y sus acciones aunque la gente no vea lo evidente y “deplore el tipo de violencia que el estado deplora, y aplauda la violencia que el estado practica” (Christie y Meltzer, The Floodgates of Anarchy, p. 132)

Se debe recalcar que la mayoría de los anarquistas no apoyan esta táctica. De aquellos que han practicado la “propaganda por el hecho” (a veces llamados “atentados”), como señalaMurray Bookchin, sólo unos “pocos […] son miembros de grupos anarquistas. La mayoría […] actuaba por cuenta propia.” (The Spanish Anarchists, p. 102) Apenas cabe decir que el estado y los medios pintaban a todos los anarquistas del mismo color. Aún lo hacen, a menudo de forma imprecisa (¡como al culpar a Bakunin de ciertos actos aunque él hubiese muerto años antes de que la táctica fuese discutida en los círculos anarquistas, o al tildar de anarquistas a grupos no-anarquistas!).

Con todo, la etapa de la “propaganda por el hecho” terminó por fracasar, como pronto se dieron cuenta la mayoría de los anarquistas. Kropotkin puede ser considerado típico. A él “nunca le agradó el discurso de propaganda por el hecho, y nunca lo utilizó para describir sus ideas de acción revolucionaria.” Sin embargo, en 1879 mientras aún “urgía la importancia de la acción colectiva”, comenzó a “expresar una considerable simpatía e interés en los atentados (dichas “formas colectivas de acción” fueron vistas como el actuar “a nivel sindical y comunal”). En 1880, “se vio menos preocupado por la acción colectiva y el entusiasmo por los actos de revuelta de individuos y grupos reducidos creció.” Esto no duró mucho y Kropotkin pronto le dio “progresivamente menor importancia a los actos de rebelión aislados”, particularmente una vez que “notó mayores oportunidades para el desarrollo de la acción colectiva en el incipiente sindicalismo militante” [Caroline Cahm, Kropotkin and the Rise of Revolutionary Anarchism, p. 92, p. 115, p. 129, pp. 129-30, p. 205] Entre finales de la década de 1880 y comienzos de 1890 llegó a desaprobar tales actos de violencia. Esto, debido tanto al simple rechazo de las peores actuaciones (como el bombardeo del Teatro de Barcelona en respuesta a la matanza de anarquistas involucrados en el levantamiento de Jerez en 1892, y el bombardeo de un café por Emile Henry en respuesta a la represión estatal) como a la conciencia de que la táctica entorpecía la causa anarquista.

Kropotkin reconocía que la “oleada de actos terroristas” de la década de 1880 había movido a “las autoridades a emprender una acción represiva sobre el movimiento” y “a su parecer no era consistente con el ideario anarquista ni hacía mucho para promover la revuelta popular.” Es más, estaba “preocupado por la escisión del movimiento de las masas” que había incrementado más que disminuido como resultado de la preocupación por “la propaganda por el hecho“. Vio la mejor posibilidad de revuelta popular en el […] desarrollo de la nueva militancia en el movimiento obrero. En adelante enfocó cada vez más su atención en la importancia de las minorías revolucionarias operando entre las masas para desarrollar el espíritu revolucionario. No obstante, aun a comienzos de la década de 1880 cuando su apoyo a los actos de revuelta individuales (cuando no propaganda por el hecho) era máxima, él vio la necesidad de la lucha como clase colectiva y, por lo tanto, “Kropotkin siempre insitió en la importancia del movimiento obrero en las luchas que llevarían a la revolución”. (op. cit., pp. 205-6, p. 208 and p. 280)

Kropotkin no estaba solo. Cada vez más anarquistas pensaban que la “propaganda por el hecho” era una excusa para que el estado justificara la represión de los movimientos anarquistas y obreros. Además, daba a los medios (y detractores del anarquismo) la oportunidad de asociar el anarquismo a la violencia irracional, alejando a gran parte de la población del movimiento. Esta falsa asociación se renueva ocasionalmente, sin importar los hechos (por ejemplo, aunque los Anarquistas individualistas hayan rechazado la “propaganda por el hecho” por completo, también ellos han sido catalogados por la prensa de “violentos” y “terroristas”).

Además, como señaló Kropotkin, las premisas tras la propaganda por el hecho, o sea que todos esperaban la oportunidad para rebelarse, eran falsas. De hecho, las personas son producto del sistema en que viven; de aquí que acepten casi todos los mitos utilizados para mantener el sistema funcionando. Con el fracaso de la propaganda por el hecho, los anarquistas volvieron a lo que la mayor parte del movimiento estaba haciendo: la promoción de la lucha de clases y del proceso de autoliberación. Esta vuelta a las raíces del anarquismo puede observrse a partir del ascenso de las agrupaciones anarco-sindicalistas después de 1890 (véase la sección A.5.3). Esta posición fluye naturalmente de la teoría anarquista, no como la idea de los actos de violencia individuales:

[…]para llevar a cabo una revolución, en especial la revolución Anarquista es necesario que las personas sean conscientes de sus derechos y de su fuerza; es necesario que estén listos para luchar y prestos a llevar la conducción de sus intereses en sus propias manos. Debe ser ésta la constante preocupación de los revolucionarios, el punto hacia el cual toda su actividad debe apuntar, para lograr esta mentalidad entre las masas […] Para quienes esperan la llegada de la emancipación de la humanidad, no de la cooperación persistente y armónica de todos los hombres, sino de la concurrencia accidental o providencial de algunos actos de heroísmo, no es recomendable que la espere de la intervención de algún legislador ingenioso o un general triunfante […] nuestras ideas nos obligan a poner todas nuestras esperanzas en las masas, porque no creemos en la posibilidad de imponer el bien por la fuerza ni tampoco queremos que nos manden […] Hoy, aquello que fue el resultado lógico de nuestras ideas, la condición que nuestra concepción de la revolución y reorganización de la sociedad nos impone [… es] convivir con la gente y hacerlos partícipes de nuestras ideas haciéndonos nosotros partícipes activos de sus luchas y sufrimientos.”

Errico Malatesta “The Duties of the Present Hour”, pp. 181-3, Anarchism, Robert Graham (ed.), pp. 180-1

A pesar de la disensión mayoritaria de los anarquistas respecto de la propaganda por el hecho, pocos la considerarían terrorismo o harían ilegal el asesinato bajo toda circunstancia. Bombardear en la guerra un poblado por una sospecha de presencia enemiga es terrorismo, mientras que matar a un dictador asesino o a la cabeza de un estado represivo es defensa, o venganza, a lo sumo. Como los anarquistas han señalado, si por terrorismo entendemos “matar a gente inocente” entonces los estados son los mayores terroristas de todos (así como también disponen de las bombas y otras armas de destrucción más grandes del mundo). Si la gente que comete “actos terroristas” realmente son anarquistas, harían todo lo posible para evitar el daño a gente inocente y nunca seguir el discurso estatista de que el “daño colateral” es lamentable pero inevitable. Es por esto que la gran mayoría de los actos de “propaganda por el hecho” eran dirigidos hacia individuos de las clases dominantes, como presidentes y miembros de la realeza, y eran producto de previos actos de violencia capitalista y de estado.

Los actos “terroristas” los cometen anarquistas. Es un hecho. Sin embargo, nada que ver tiene con el anarquismo como teoría sociopolítica. Como Emma Goldman argüía, “no fue el Anarquismo como tal, sino la matanza brutal de once trabajadores del acero el impulso para la acción de Alexander Berkman.” (op. cit., p. 268) Igualmente, miembros de otros grupos políticos y religiosos han cometido también estos actos. Como el Grupo Libertad de Londres afirmaba:

Hay una perogrullada que el hombre de la calle parece siempre olvidar, cuando está abusando de los Anarquistas, o un partido cualquiera pasa a ser su bête noire por el momento, como la causa de algún ultraje recién perpetrado. Este hecho indiscutible es que los ultrajes homicidas han sido, desde tiempos inmemoriales, la réplica de clases irritadas y desesperadas, y de individuos irritados y desesperados, a las injusticias de sus semejantes, que consideraron intolerables. Tales actos son la respuesta violenta a la violencia, sea ésta agresiva o represiva […] su causa no radica en ninguna convicción específica sino en los abismos de […] la propia naturaleza humana. El curso entero de la historia, política y social, está repleta de evidencias de esto.

citado por Emma Goldman op. cit., p. 259

El terrorismo ha sido usado por muchos otros partidos y grupos políticos, sociales y religiosos. Por ejemplo, cristianos, marxistas, hindúes, nacionalistas, republicanos, musulmanes, sikhs, fascistas, judíos y patriotas han cometido actos de terrorismo. Pocos de estos movimientos han sido etiquetados como “terroristas por esencia” o continuamente asociados con la violencia -lo cual prueba la amenaza del anarquismo contra el status quo. No hay una manera más probable de que se desacredite y margine una idea que la intervención de personas maliciosas o malinformadas que retratan a quienes creen en ella y la practican como “bombarderos locos” sin opinión y sin ideales, sólo un impulso enfermizo de destrucción.

Por supuesto, la gran mayoría de los cristianos y otros se han opuesto al terrorismo por ser moralmente repulsivo y contraproducente. Lo mismo han hecho los anarquistas de todos los tiempos, en todas partes. No obstante, pareciera que en nuestro caso es preciso declarar nuestra oposición al terrorismo una y otra vez.

Entonces, para resumir, sólo una ínfima parte de los terroristas han sido alguna vez anarquistas, y sólo una ínfima parte de los anarquistas han sido alguna vez terroristas. El movimiento anarquista en su totalidad siempre ha reconocido que las relaciones sociales no pueden ser aniquiladas o bombardeadas de nuestra existencia. En comparación a la violencia de estado y del capitalismo, la violencia anarquista es una gota en el océano. Infelizmente, la mayoría de la gente recuerda los actos de unos pocos anarquistas que han caído en la violencia, antes que los actos de violencia y represión cometidos por el estado y promovidos por el capital.

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