El fin de la izquierda bolivariana

Escrito por Indicado en la materia
Miércoles, 09 de Marzo de 2016 10:47

Por Fabio Rafael Fiallo.-

En estos últimos meses, cada elección celebrada en un país de América Latina gobernado por la llamada izquierda bolivariana se ha traducido en una derrota del oficialismo y, consiguientemente, en un triunfo de las fuerzas de oposición. Las presidenciales de Argentina y las parlamentarias de Venezuela, así como el referéndum nacional convocado hace unos días por Evo Morales con el fin de poder optar por un cuarto periodo presidencial y gobernar hasta 2025, han dejado traslucir una desafección del electorado latinoamericano con esa izquierda.

Añádase a esto que, en Ecuador, gobernado por el bolivariano Rafael Correa, un sondeo realizado en diciembre pasado indica que 60% de los encuestados estima que el país «va por mal camino» y 72% sostiene que es «incorrecta» la gestión de la economía.

En Brasil (país con un gobierno de izquierda populista afín al castrochavismo), la presidenta Dilma Rousseff alcanza actualmente niveles de impopularidad sin precedentes: un sondeo reciente indica que solo 11% aprueba su gestión y el 56% reclama su renuncia.

En cuanto a Nicolás Maduro, su popularidad anda por los suelos: una encuesta realizada a fines de febrero indica que un 70% de venezolanos lo considera «incompetente para resolver la crisis» y 72% desea su salida antes de terminar su mandato presidencial.

Entre los factores que motivan tal cambio de actitud, cabe destacar en primer lugar los límites y fallas de un sistema que otorga al Estado un poder asfixiante en el manejo de la economía, en desmedro de los mecanismos del mercado.

Mientras los países del eje bolivariano y gobiernos afines pudieron beneficiarse del extraordinario boom de materias primas de inicios del presente siglo, los mismos estaban en capacidad de manejar antojadiza e ineficazmente los recursos económicos a su disposición. El monto de los ingresos daba para todo: para financiar programas sociales o clientelistas, hipertrofiar la burocracia y el gasto público y alimentar la corrupción.

Pero tan pronto como ese auge de materias primas comenzó a menguar, quedó en evidencia la insostenibilidad financiera del modelo implantado en esos países.

La Comisión de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (CEPAL) prevé que, en 2016, Venezuela y Brasil tendrán el peor desempeño económico en la región. Venezuela se encamina hacia su tercer año consecutivo en recesión, con una inflación anual que, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, llegará a 720% en 2016.

En lo que respecta a la Argentina gobernada por la bolivariana Cristina Kirchner (antes de la victoria de Mauricio Macri), el FMI indicaba que el país mostraba «tendencias insostenibles» a causa del elevado déficit fiscal y la inflación.

Al descontento producido por el deterioro de la situación económica debe sumarse la justificada repulsión popular que provoca la corrupción imperante en países del eje bolivariano y gobiernos afines.

La izquierda populista ya no puede ofertarse como un bastión contra la corrupción. Los escándalos involucrando altas personalidades de los gobiernos de la Argentina de Kirchner, Brasil y Venezuela han dado al traste con el mito de una izquierda impoluta capaz de garantizar la probidad en el manejo del erario público.

Otro factor de agravación del descontento popular reside en la tendencia de los gobiernos castrochavistas a coartar y suprimir las libertades públicas y atropellar y reprimir a quien se oponga a sus desmanes.

Hostigamiento jurídico contra órganos de prensa y caricaturistas independientes, sometimiento del poder judicial y del consejo electoral a los dictados del partido en el poder, despojo de las prerrogativas constitucionales de alcaldías, gobernaciones y parlamentos en manos de la oposición, sin olvidar las detenciones arbitrarias, las golpizas a opositores, los encarcelamientos injustificados y las torturas, forman parte del arsenal de medidas represivas empleadas por dirigentes del eje bolivariano con el fin de acallar el descontento y perpetuarse en el poder.

Los recientes reveses electorales deberían incitar a los partidos en declive a cuestionarse y reformarse, condición sine qua non para sobrevivir políticamente. Sin embargo, todo indica que tal cuestionamiento no tendrá lugar. La tendencia es más bien a favor de «radicalizar la revolución«, lo que en el lenguaje bolivariano significa arremeter más fuertemente aun contra la oposición, la prensa independiente y la clase empresarial.

Es así como en Venezuela, Nicolás Maduro se empecina en continuar por el mismo camino y anuncia que lo que viene es más socialismo y más revolución.

Por su parte, Evo Morales contempla imponer medidas coercitivas contra los medios sociales, culpables a su juicio del triunfo del no en el referéndum que convocó.

La lucha por neutralizar el descontento popular a fuerza de represión es un combate de retaguardia condenado a fracasar. Los encarcelamientos e inhabilitamientos de figuras prominentes de la oposición venezolana, así como el acoso a periódicos y medios de comunicación independientes, no lograron impedir la estrepitosa derrota que el oficialismo sufrió en las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre.

Si el presidente venezolano conservara un ápice de lucidez, comprendería que lo único que gana con mantener encarcelados a dirigentes de la oposición, y con propiciar torturas, palizas y otras agresiones contra miembros de la misma, es un desgaste acelerado de su popularidad así como del peso y la imagen internacional de su Gobierno.

La lista es larga, y no deja de crecer, de organizaciones de derechos humanos, figuras políticas, intelectuales, juristas y artistas de prestigio nacional e internacional que condenan la represión en Venezuela y abogan por la liberación de los presos políticos.

El encarcelamiento de opositores y las torturas practicadas en cárceles venezolanas, las multas astronómicas impuestas por Rafael Correa a órganos de prensa independientes, el control de los medios sociales anunciado por Evo Morales y las golpizas propinadas a figuras de la oposición en Nicaragua y Venezuela no resultarán ser más eficaces que las técnicas represivas utilizadas en el fenecido bloque soviético, las cuales, ¿es necesario recordar? no pudieron contener el derrumbe del Muro de Berlín.

El intelectual francés de fines del siglo XIX y principios del XX Charles Péguy acuñó una frase que bien podría figurar como epitafio de la izquierda bolivariana: «Todo partido vive de su mística y muere de su política».

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Domingo, 13 de Marzo de 2016 01:23

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