La tradición populista en Estados Unidos y la extravagante evolución del Tea Party (PARTE I)

Joshua B. Freeman

Steve Fraser

17/05/2010

Una concentración celebrada en 1773 en el Faneuil Hall de Boston, en donde miles de personas se congregaron para protestar contra un nuevo impuesto colonial británico que gravaba el té, terminó convirtiéndose en un acontecimiento con una fuerte carga simbólica en la prehistoria de la Revolución Americana. Algunos de los manifestantes –que se llamaban a sí mismos “Hijos de la Libertad”– abandonaron el lugar de reunión, subieron a bordo del Darmouth, un barco cargado de té, y lanzaron toda su mercancía por la borda.Uno de los rasgos más chocantes de ese Tea Party [Partido del té] bostoniano, en el que se inspiran los populistas del actual Tea Party, era el de que aquellos antiguos partisanos iban vestidos con ropajes de mohicanos, descargaban su ira lanzando gritos de guerra indios y empuñaban hachas con la que abrían las sacas de té. Esta mascarada consistió en un compendio de hechos que reflejan la ambivalencia fundamental que siempre ha caracterizado el auge de los populismos. Al fin y al cabo, del mismo modo que en los Estados Unidos de finales del siglo XVIII los indios ya podían ser vistos como un símbolo de pueblo oprimido y ser instrumentalizados por otros que creían encontrarse en una situación parecida, no deja de ser cierto que los ascendientes de aquellos patriotas bostonianos habían tratado de exterminar por todos los medios una considerable proporción de la población de nativos indios americanos para su propio enriquecimiento.

El actual movimiento del Tea Party, como la mayoría de sus antecesores “populistas”, es un amasijo de contradicciones, una desconcertante red de emociones, ideas e instituciones políticas  entrecruzadas. Sin embargo, lo que conecta vigorosamente a los miembros actuales con aquéllos que se atrincheraron en el puerto de Boston es un fuerte sentido de rebeldía ante la injusticia a la que se creen sometidos: “No me pisotees”.

A pesar de que los movimientos populistas han tenido en común el tratar de resistir ante las imposiciones de poderosas fuerzas externas –el anti-elitismo había sido algo axiomático para este tipo de movimientos insurgentes–, entre ellos han diferido enormemente sobre la etiología de las fuerzas que les amenazaban y sobre qué era necesario hacer para liberar a la gente de su yugo. Aquí puede ser interesante recordar que, por ejemplo, en el año 1973 hubo una invocación al Tea Party de Boston en una concentración popular a bordo de una réplica del Darmouth; se trató de una manifestación para pedir la destitución del entonces presidente Richard Nixon.

De los Know-Nothings al People’s Party

En toda la historia de Estados Unidos el instinto populista, hoy redivivo en el movimiento del Tea Party, ha oscilado entre un deseo de transformación, y por tanto de creación de un nuevo orden de cosas, y un deseo de restauración de un viejo orden deseado (o soñado) durante largo tiempo.

Antes de la Guerra Civil, una de los movimientos que aunó ambos impulsos fue el coloquialmente apodado “Know-Nothings” (cuya apelación ignorante no tenía que ver con ningún tipo de anti-intelectualismo, sino con que sus miembros llevaban a cabo sus actividades deliberadamente en secreto; por eso, en caso de que alguien les preguntara algo, tenían instrucciones de responder: “I know nothing” [“No sé nada”]. El know-nothing-ismo reflejaba el deseo de avanzar y retroceder al mismo tiempo. Durante las décadas de 1840 y 1850 estuvo presente en gran parte del país, tanto en el norte como en el sur. Existieron los caramelos “know-nothing”, los mondadientes “know-nothing” y las diligencias “know-nothing”.

En poco tiempo, el movimiento evolucionó hasta convertirse en un partido político nacional, el American Party, que atrajo a pequeños granjeros, modestos hombres de negocios y gente trabajadora. Su atractivo era doble. El partido se oponía ferozmente a la inmigración católica irlandesa y alemana que entraba en los Estados Unidos (también a que hubiera trabajadores inmigrantes chinos y chilenos en los campos de oro de California). Sin embargo, en el norte también denunciaba la esclavitud. Como piezas integrantes de un mismo programa político, lo cierto es que nativismo y anti-esclavismo podían parecer una extraña pareja, pero para los seguidores del partido era algo perfectamente compatible. Tal como lo veían los “know-nothings”, tanto el Papado como la elite de propietarios de plantaciones esclavistas del sur conspiraban para socavar la posibilidad de que existiera una sociedad democrática de hombres sin dueño al que servir.

Piénsese que el pensamiento conspirativo ha estado profundamente arraigado en los movimientos populistas estadounidenses (como ocurre hoy con el Tea Party). En la vida política de los Estados Unidos del siglo XIX era común la sospecha de supuestos complots urdidos por jerarcas vaticanos. En el norte, una oleada de crímenes y el aumento del “auxilio a los pobres” y de otras formas de dependencia –incluido el trabajo asalariado, que acompañó la llegada de un torrente de inmigrantes católicos empobrecidos– pareció amenazar la promesa estadounidense de una sociedad de individuos libres, iguales y seguros de sí mismos (algo supuestamente nocivo para la elite sacerdotal de la iglesia católica). En el sur esclavista, donde se consideraba que la clase dominante trabajaba a destajo para subvertir la Constitución, siempre se suponía que estaban en marcha todo tipo de maquinaciones conspirativas. Pero a mediados de la década de 1850, muchos de los “know-nothings” del norte habían transitado hacía el Partido Republicano, que combinaba su hostilidad contra la esclavitud con una forma templada de anti-catolicismo.

El populismo con “P” mayúscula, la gran insurgencia económica y política del último tercio del siglo XIX que cubrió los Estados Unidos rurales desde el sur algodonero hasta las montañas rocosas occidentales pasando por las grandes llanuras cerealistas, mostraría su característica y distintiva ambivalencia. ElPeople’s Party [Partido del Pueblo] acusó al capitalismo corporativo y financiero de estar destruyendo los medios de supervivencia y las vidas de granjeros y artesanos independientes. También combatió a las grandes empresas por subvertir los fundamentos de la democracia por haber secuestrado las tres ramas del poder público y haberlas transformado en instrumentos coercitivos al servicio de una nueva plutocracia. Algunas veces los populistas atribuyeron lo que ellos llamaban “contrarrevolución” estadounidense a las tramas conspirativas del “gran pez raya de Wall Street”, sospechoso de aliarse con la elite británica para deshacer la Revolución Americana.

Sin embargo, los remedios que proponían no eran precisamente los de los luditas. Bien al contrario, anticiparon muchas de las reformas fundamentales del siglo siguiente, incluidos los subsidios públicos a los agricultores, los impuestos progresivos sobre los ingresos, la elección directa del Senado, la jornada de ocho horas, e incluso la propiedad pública de los ferrocarriles e infraestructuras públicas. Como movimiento trágico de los desposeídos, los populistas anhelaban restaurar una sociedad de productores independientes, un mundo sin proletariado y sin trusts empresariales. También imaginaron algo nuevo y transformador, una “comunidad cooperativa” que escapara de la competitividad y la explotación brutales del capitalismo de libre mercado.

Las grandes llanuras del resentimiento

Durante las siguientes cuatro décadas, el populismo continuó poniendo énfasis en su lucha contra el capitalismo corporativo y persistió en su resentimiento contra los foráneos poderosos, así como en su afición realizar atribuciones sobre la autoría de supuestas conspiraciones. Sin embargo, durante la década de 1930 la ubicación de la Central Conspiradora empezó a desplazarse desde Wall Street y la City londinense a Moscú (e incluso al Washington del New Deal). El anticomunismo añadió un nuevo ingrediente a una política estadounidense ya enturbiada por el miedo y la paranoia, un elemento tóxico que actualmente inflama la imaginación del Tea Party dos décadas después de la caída del muro de Berlín.

Durante la campaña presidencial de 1936, en medio de la Gran Depresión, tres movimientos populistas –los clubes “Share Our Wealth” [“compartir nuestra riqueza”] del senador de Luisiana Huey Long, la Union for Social Justice [Unión por la Justicia Social], dirigida por el carismático “sacerdote radiofónico” Charles E. Coughlin, y la campaña de Francis Townsend en favor de las pensiones públicas para los ancianos– se coaligaron, aunque brevemente y no sin dificultades, para formar el Union Party. Concurrieron desde la izquierda contra el presidente Franklin Roosevelt, y designaron como candidato presidencial al congresista de Dakota del Norte William Lemke, antiguo portavoz de granjeros radicales (el candidato a vicepresidente era un abogado laboralista de Boston).

El Union Party expresó una amplia insatisfacción con respecto al fracaso del New Deal de Roosevelt en punto a mitigar la angustia económica y la injusticia. El senador Long, el último de una nutrida saga de populistas demagogos sureños, había estado menospreciando el poder de los barones terratenientes y las grandes petroleras desde sus días como gobernador de Luisiana. Su plan “Share Our Wealth” reclamaba pensiones y educación públicas para todos, así como impuestos confiscatorios sobre ingresos superiores a un millón de dólares, un salario mínimo y proyectos de obra pública que dieran trabajo a los desempleados. El plan de Townsend estaba diseñado para solucionar el desempleo y las penurias de las personas mayores de 60 años mediante pensiones públicas mensuales de 200 dólares, financiadas con impuestos sobre la actividad empresarial. Coughlin, un antiguo partidario de Roosevelt, arrojó toda su artillería contra el capitalismo financiero, lanzando todo tipo de invectivas contra su “parasitismo” usurero contrario a los valores cristianos.

Pero Long, y muy particularmente Coughlin, se afanaban en distinguir su forma de radicalismo del colectivismo y ateísmo de la amenaza “roja”. El padre Coughlin expresó su apoyo a los sindicatos y a un salario justo. Sin embargo, era un implacable enemigo del sindicato izquierdista de trabajadores del sector automovilístico (United Automobile Workers), y no tuvo empacho en condenar las huelgas de brazos caídos que se propagaron como el fuego en una pradera tras la aplastante victoria de Roosevelt en la campaña presidencial de 1936, cuando trabajadores de todo el país ocuparon desde plantas de montaje de automóviles hasta supermercados reclamando el reconocimiento de los derechos sindicales.

De hecho, en sus alocuciones radiofónicas y en su periódico, Social Justice, el sacerdote despotricaba contra una incongrua conspiración de bolcheviques y banqueros para traicionar a Estados Unidos. Más adelante añadiría unas gotas de antisemitismo a sus advertencias sobre el contubernio de Wall Street. Su creciente simpatía por el nazismo no era del todo sorprendente. Al fin y al cabo, el fascismo echó raíces como una versión europea de populismo que canalizó el descontento de la etapa posterior a la Primera Guerra mundial, caracterizado por un hastío contra el egoísmo y la incompetencia de las elites cosmopolitas gobernantes, un virulento nacionalismo racial y un odio hacia los banqueros, y particularmente hacia los bolcheviques.

Los seguidores de Long y Coughlin rechazaban de plano las grandes empresas yla existencia de un sector público demasiado potente, aun cuando el voluminoso sector público era el que controlaba –respaldándolas– las grandes empresas. Para ellos, el “No me pisotees” significaba una defensa de las economías locales, de los códigos morales tradicionales y de los estilos de vida establecidos que resultaban seria y crecientemente perjudicados por las corporaciones de alcance nacional, así como por las burocracias estatales que empezaron a proliferar bajo el New Deal. La oratoria de campaña del Union Party estaba repleta de referencias al “hombre olvidado”, una imagen que anteriormente había invocado Roosevelt para referirse a los trabajadores pobres.

Al cabo de los años, resurgieron imágenes parecidas durante la confusa época de finales de la década de 1960, cuando Nixon apeló a la “mayoría silenciosa” del “estadounidense medio”; y, más recientemente, ha aparecido a través del mensaje victimista sobre los excluidos del Tea Party. El populismo del “hombre olvidado” canalizó la airada política de resentimiento de los estadounidenses que vivían en una situación de precariedad contra los bloques de poder organizados de la sociedad industrial moderna: las grandes empresas, los grandes sindicatos y un sector público fuerte.

http://www.sinpermiso.info/textos/la-tradicin-populista-en-estados-unidos-y-la-extravagante-evolucin-del-tea-part

Fuente:

TomDispatch.com, 3 de mayo de 2010

 

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