CUBA

La política exterior cubana y su repercusión

smel Ramírez Álvarez

MinrexHAVANA TIMES — Recientemente se concluyó en La Habana la VII cumbre de la AEC (Asociación de Estados del Caribe). Los temas neurálgicos, de interés regional, relacionados con el turismo, el medio ambiente y el enfrentamiento a desastres naturales, quedaron opacados con dos grandes derivaciones del cónclave: uno, el apoyo al proceso de diálogo en Venezuela como contrapartida a una actitud “más enérgica” de organismos internacionales que pudiesen interpretarse como “injerencistas”; y otro, las palabras de Raúl Castro aclarando que “Cuba jamás volverá a la OEA”.

No cabe duda de que el gobierno cubano tiene gran influencia en la arena internacional, por diversas razones. No importa si todos piensan que aquí hay grandes problemas con los derechos humanos más elementales y básicos; no importa si discrepan de nuestro modelo político monopartidista, estatista y antidemocrático; no importa si ven que los cubanos emigran en masa atravesando selvas, océanos y casquetes polares.

Lo que importan son los intereses. Unos por servirse del capital humano formado por la revolución y subutilizado en Cuba; y otros por velar oportunidades de pingues ganancias en la anunciada apertura económica al capital internacional, ahora palanqueada por las expectativas del fin del bloqueo.

Muy diestra y efectiva es la política exterior cubana. Funcionarios bien preparados, manejando un discurso lineal, siempre firme; usando temas muy sensibles y solidarizándose con las causas más nobles; siempre al lado de los más débiles. Es como si fuésemos un pequeño Robin Hood aquí en este Caribe que siempre fue escenario de disputas entre las grandes potencias. Por supuesto que semejante estrategia da sus frutos.

Por Caridad

Por Caridad

Es hermoso ver a los diversos países de Nuestra América reunirse en foros que anuncian uniones más reales para algún momento en el futuro. Es un gran sueño y una gran necesidad. Se disfruta ver al país propio tener protagonismo en estos foros, igual que cuando Sotomayor saltó su récord mundial aun imbatible. Pero cabe preguntarse si es correcto que al transcurrir los ciclos de esas reuniones se observen nuevas caras y nuevos liderazgos en las otras naciones presentes y Cuba siga presentando las mismas, solo un poquito más envejecidas.

El gobierno cubano se sostiene más del apoyo internacional que tiene gracias a su efectivísima política exterior, que del apoyo real del pueblo, diezmado por su precaria política interior. Si ahora mismo Raúl se somete a elecciones pierde por un margen amplísimo, sea cual sea su contrincante. El mismo Pánfilo le podría ganar si promete mejorar el pan y bajar el azúcar a cuatro pesos. Son tan grandes los problemas de supervivencia que tenemos los cubanos, que ni siquiera se piensa en derechos políticos o en democracia. Solo cuando nos irritamos de tanto sufrir por el sistema, reaccionamos en ese sentido.

Pero donde mismo radica la fortaleza de un régimen está también su vulnerabilidad. Quien diezme ese apoyo internacional hipócrita; quien los deje sin discurso; quien demuestre que no tiene base firme: los desarmará. Creer que el pueblo los puede derrotar con semejante control social, con tamaño ejército y Minint bajo control, sin necesidad de votos directos para elegirse, es una quimera. Necesitan al pueblo igual que necesitan al Parlamento: como auditorio, como una mera formalidad. Su fuerza y su legitimidad están en su política exterior y en el reconocimiento internacional. No importa que sea a regañadientes, no importa que los mastiquen pero no los traguen. Funciona y los mantiene en el poder.

La fuerza de la revolución ya no está en el pueblo. Eso es cosa del pasado utópico, lleno de esperanzas, cuando se pensaba que estábamos construyendo un futuro mejor. La gente no descansaba trabajando voluntario en la caña y haciendo trincheras. Hoy no consiguen a nadie si no le prometen ventajas económicas y “voluntario” se murió hace rato. Nadie cree en promesas, ni acepta diplomitas emulativos. Desde que pusieron las shopping y el azúcar a 8 pesos se les cayó el disfraz.

La revolución “evolucionó” hacia un espacio supranacional. En este mundo globalizado no se puede sobrevivir sin nexos, sin apoyo, sin reconocimiento internacional. Corea del Norte ni siquiera es la excepción de la regla porque Rusia y China son medio mundo y sin su apoyo ya no existiera ese aberrante país con su feudo-comunismo hereditario por mandato divino. Pero la revolución cubana es otra cosa: se imbricó con sus fortalezas (capital humano + control social) entre las necesidades del tercer mundo, haciendo de esto no solo una industria próspera, sino también un medio de para ganar amigos sensibles. La colaboración contra el ébola fue el colofón de esta estrategia y dio mucho trigo. Seguro pesó en la decisión de Obama y en los argumentos del Vaticano cuando intermedió.

Foto: Caridad

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No merita duda alguna, Cuba está en la palestra y el gobierno tiene prestigio y reconocimiento internacional. Pero ¿se puede ser justo en el plano internacional y ser injusto hacia el interior con su propio pueblo?; ¿en verdad es legítimo ese protagonismo si no parte del aval que da la elección popular mediante el voto directo entre opciones diversas? Seguro que no.

Pero el mundo es así y la política tiene su hipocresía. Los cubanos que deseamos una Cuba mejor, más justa y más democrática, no disentimos de jugar un papel activo en la arena internacional a favor de las causas verdaderamente justas; no disentimos de la unión con nuestros hermanos del Caribe y de toda Nuestra América; no nos oponemos a la colaboración humanitaria o a la prestación de servicios especializados a bajos costos para los países más necesitados. Sería ilegítima nuestra lucha si no incluyera estas aristas. Solo disentimos de no poder elegir, de no ser tomados en cuenta, de ser tratados como un “pueblo bebé”, cuyos padres adoptivos y con papeles viejos y falsos toman por nosotros y en nuestro nombre todas las determinaciones.

Es por eso que, mientras por un lado una parte del sentimiento patriótico se alegra de ver el protagonismo del país en la escena internacional, la otra sufre porque ese mismo éxito perpetúa nuestra agonía y evita que logremos edificar una Cuba mejor.

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