07/03/2020

Los grandes problemas del anarquismo moderno (PARTE IV)

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Un idealista no debe tener miedo a la verdad y debe tener un concepto claro sobre el papel que puede y debe jugar en la vida, y también en la revolución. Porque no basta aceptar un programa de reivindicaciones sociales para ya tener derecho a llamarse socialista o anarquista, y menos todavía pretender serlo. Es necesario libertarse ante todo de los prejuicios religiosos, políticos y sociales que se inculcan al hombre por medio de la educación, el libro, la Prensa y la tribuna; es imprescindible compenetrarse una vez por todas con la idea de que un idealista no puede seguir por el mismo camino que la Iglesia, el Estado o el capitalismo en la realización de sus finalidades.

Es también imprescindible comprender que igual que las finalidades que persiguen los anarquistas difieren profundamente de las finalidades que perseguían la Iglesia y la burguesía en sus revoluciones, también deben diferenciarse los medios y los métodos de los anarquistas de los que usaban la Iglesia y la burguesía. Porque mientras éstos aspiraban al predominio de una u otra capa social sobre los demás hombres en intereses de su partido o grupo, los anarquistas aspiran a la abolición completa de todos los privilegios y de cualquier predominio o autoridad. Quieren renovar completamente toda la vida humana y social sobre bases de igualdad real, de bienestar general y de libertad para todos los hombres, y no solamente conquistar tales o cuales reformas o mejoras.

Únicamente basando su actividad sobre las bases enunciadas, los anarquistas y socialistas revolucionarios comprenderán y sabrán qué deben hacer y qué harán en el momento del despertar del espíritu revolucionario en las masas humanas, cuando todos los hombres aspiren a una renovación completa de la vida humana y social.

Tales hombres —hombres compenetrados por una base ideológica y espiritual firme y sólida— trabajarán consciente y asiduamente para amplificar, profundizar y afirmar en las masas humanas, con la palabra y la acción, de aspiraciones elevadas y nobles, de un deseo irrefrenable de conquistar libertad, bienestar e igualdad para todos los hombres sin excepción. Jamás tratarán de limitar la revolución, sino todo lo contrario, con todas sus fuerzas lucharán contra cualquier tentativa de limitarla, y especialmente contra cualquier tentativa de implantar y afianzar cualquier Gobierno revolucionario. Porque un Gobierno revolucionario siempre fue y será la muerte de la revolución.

El Gobierno revolucionario fue la causa del fin prematuro de la Revolución Francesa de 1789-93. El Gobierno revolucionario mató la revolución del año 1848. El jugar a Gobiernos revolucionarios llevó al desastre la Comuna de París de 1871. El Gobierno revolucionario de la «Dictadura del Proletariado» ha esterilizado y desnaturalizado la Revolución Rusa de 1917. Hasta tal punto que se convirtió en su propia negación. Y los anarquistas, y especialmente los trabajadores, deberían meditar bien sobre estos experimentos dolorosos y no permitir que esto se repita otra vez.

Bajo cualquier bandera que aparezca, cualquier nombre que se dé y cualquier forma que adopte, el Gobierno revolucionario siempre fue y será la limitación y mutilación de la revolución. Y hasta queriendo ser una ayuda para la obra reconstructiva en la vida social, no lo podrá ser por su carácter de autoridad. Una revolución significa derrocamiento del Poder existente y búsqueda libre de nuevas formas de convivencia, mientras que Gobierno revolucionario significa el triunfo de la autoridad, que es la negación de la libre reconstrucción social y del libre desenvolvimiento de la personalidad humana; el triunfo de la violencia organizada y de la ilegalidad legalizada, de la reacción y del autoritarismo.

En una revolución siempre sucede una de estas dos cosas: o el pueblo rompe y destruye todo el régimen viejo, y entonces no existe ninguna razón para recurrir a la creación de un Gobierno revolucionario, que solamente frenará y obstaculizará la obra revolucionaria e impedirá cualquier iniciativa libre de las masas humanas de reconstruir libre y experimentalmente las relaciones humanas y sus conveniencias sociales, como en general cualquier iniciativa espontánea en la obra revolucionaria y libertaria; o el pueblo no consigue triunfar o triunfa parcialmente, y entonces ningún Gobierno revolucionario lo podrá conseguir.

Por eso ningún revolucionario honesto o anarquista consciente debe ni puede tratar de crear un Gobierno y menos todavía una dictadura, sino todo lo contrario: tendrán que trabajar con todas sus fuerzas para impedir la creación y el afianzamiento de cualquier Gobierno y especialmente la implantación de una dictadura, incluso si es de su partido o del proletariado.

Porque un Gobierno siempre es un Gobierno y siempre hará todo lo posible para estrangular la revolución y eternizarse. Cualquier Gobierno que sea, siempre será autoritario, antilibertario y antipopular, y para sostenerse se verá obligado a apoyarse sobre fuerzas militares y policiales, y jamás sobre las fuerzas revolucionarias del pueblo en sublevación, estando siempre listo y preparado para salir al paso de las exigencias «exageradas» de las masas humanas. Y si un Gobierno revolucionario persigue a veces a los enemigos de la revolución y de la obra revolucionaria reconstructiva, lo hace para no perder el poder que ostenta (porque estos elementos se adaptan fácilmente al nuevo régimen y a menudo hasta ocupan puestos de responsabilidad en el nuevo Gobierno), mayormente y más despiadadamente persigue el Gobierno revolucionario a los defensores de la revolución social y libertaria, a los amigos de la revolución y del pueblo y que quieren llevar la obrarevolucionaria hasta su finalidad lógica y aspirada: crear una sociedad nueva sin violencia, sin imposiciones, fundamentada sobre bases libertarias, de respeto mutuo, ayuda recíproca, solidaridad, hermandad y amor.

Un Gobierno revolucionario, inevitable y fatalmente debe colocarse en la parte media entre la reacción y la revolución y convertirse en un fango en el cual encuentran lugar a su gusto toda clase de reptiles y de pillos.

La esencia básica de un Gobierno revolucionario es luchar encarnizadamente con todo lo que no se encuentra en el centro medio, con lo que está fuera de lo establecido y aceptado por los elementos mediocres que le componen. Y como esta lucha se lleva por un Gobierno que no se afianzó todavía bastante y no se siente seguro en el poder que ejerce, ella toma aspectos bestiales y salvajes y un carácter tan cobarde, enfermizo, inhumano y cruel, que lleva a la sublevación contra la revolución no solamente a los enemigos de ésta o a los elementos indiferentes y neutrales, sino hasta a los amigos más firmes de la revolución y de la obra revolucionaria y reconstructiva.

Todos los hombres amantes de la libertad y los que piensan y sienten independientemente, se ahogan bajo la presión de un Gobierno revolucionario, porque éste no permite ni hablar, ni obrar, ni pensar, ni expresarse libremente; y obliga a todos a rebajarse, mentir, ser esclavos, animales irracionales para que puedan subsistir y no perecer de hambre y de frío, o terminar sus días en las prisiones y los exilios.

De estas situaciones se aprovecha la reacción, la cual, explotando el descontento natural de las masas populares contra el Gobierno revolucionario, se arma y ataca no solamente al Gobierno revolucionario, sino también a la revolución y a la obra revolucionaria. Y cuando la reacción sale victoriosa, los mismos elementos reptiles, que se cobijan bajo el manto del Gobierno revolucionario y que resultaban los más fervientes perseguidores de los elementos revolucionarios y libertarios, resultan los más bestiales verdugos de todo pensamiento libre e independiente, de cualquier aspiración a la emancipación o reconstrucción social. Los mismos reptiles que defienden al Gobierno revolucionario y la dictadura del proletariado resultan los que apoyan una reacción y dictadura fascista no menos abyecta y bestial.

Tales son las verdaderas enseñanzas de la Historia.

Agregando a lo dicho anteriormente la aspiración de cualquier Gobierno o dictadura a eternizarse, a concentrar todas las fuerzas de su país en un centro único, alrededor del cual siempre pululan, como lobos hambrientos, aventureros y charlatanes políticos de diferentes clases, cuya única aspiración es apoderarse del Gobierno y poder reinar sobre todo el país, se puede comprender qué arma terrible y mortífera es un Gobierno revolucionario para una revolución y para las aspiraciones populares al bienestar, a la libertad, a la igualdad y al amor mutuo entre todos los hombres.

Las últimas revoluciones, y especialmente la Revolución Rusa de 1917, lo han demostrado sin dejar lugar a dudas. Jamás en la historia de todas las revoluciones un Gobierno revolucionario resultó útil para la reorganización de la vida social sobre bases más libres y mejores. Todo lo contrario: los Gobiernos revolucionarios casi siempre llevaban a la reacción o a la entronización de algún aventurero despiadado y bestial.

Porque lo que no puede realizar el pueblo en revolución, jamás lo podrá realizar ningún héroe ni Gobierno.


Un Gobierno revolucionario como organismo complementario de una revolución, es un concepto falso y está en contradicción completa con la idea anarquista.

Los socialistas y comunistas son autoritarios en sus conceptos sociales y van por el camino estatal, y es claro que no quieren otra cosa que aprovecharse de la revolución popular en los intereses de su partido o de su organización, la cual ya ordenará las cosas según lo crean más conveniente los dirigentes y los jefes de estos partidos u organizaciones.

Los anarquistas son antiautoritarios y trabajan para que la primera revolución popular se convierta en una revolución social y sirva a las masas humanas para reconstruir la vida humana y social sobre bases nuevas y más libres, de bienestar y de amor. Que la sociedad sea una convivencia de hombres libres y dichosos que trabajan para el bien de todos los hombres y de toda la humanidad.

Los socialistas y los comunistas se sirven del pueblo, pero desconfían de él, le tienen miedo y le quieren dirigir desde sus centros políticos. Por eso quieren afirmarse en el Gobierno revolucionario para poder así llevar la obra revolucionaria según sus planes políticos elaborados y preparados de antemano, imponiéndoles por la fuerza a los que no concuerdan con ellos y no quieren aceptar voluntariamente sus imposiciones. La autoridad es la ley suprema para ellos, y el que posee la fuerza está en el derecho de resolver todos los problemas a su voluntad y antojo e imponerlos a todos a quienes pueda alcanzar.

Los anarquistas, al contrario: no desconfían del pueblo y de las masas humanas, sino que creen que justamente son ellas las únicas indicadas para reorganizar la vida social sobre bases nuevas. Por eso ponen todo su empeño en hacer conscientes a estas masas de su valor y de su rol en la vida social, y junto con estas masas están siempre, negándose en cualquier circunstancia a convertirse en sus mentores, en sus gobernantes, sabiendo que este poder les va a envenenar y desmoralizar, y en lugar de ayudar a las masas en su obra renovadora, se convertirán en sus verdugos y expoliadores. Porque no hay veneno más peligroso que el poder del hombre sobre el hombre.

Los anarquistas no creen en la posibilidad de imponer una vida mejor a un pueblo. Porque un paraíso impuesto siempre será una esclavitud para los hombres y será aborrecido por ellos. Solamente lo que se consigue por voluntad y esfuerzos propios es estimado y defendido por el hombre. Por eso los anarquistas quieren que los hombres mismos conquisten su emancipación y liberación de los prejuicios y del poder de los demás. Para eso están siempre con las masas humanas en todas sus luchas más insignificantes, tratando de que aprendan que la reconstrucción de toda la vida social debe ser obra de ellos mismos y que nadie —ni héroe ni Gobierno— les podrá crear una vida mejor si no lo hacen ellos mismos. Lo único que los anarquistas quieren es estar siempre con el pueblo como iguales y junto con él trabajar en la reconstrucción humana y social desde sus cimientos; luchar con las masas humanas hombro a hombro contra cualquier tentativa de los políticos de convertirse en salvadores del pueblo; contra todos los que tratarán de erigirse en mandatarios, gobernantes o dictadores. Ayudarles con sus conocimientos, su experiencia, su saber y su práctica en todo lo posible y no permitir la creación de ningún Gobierno revolucionario, de ninguna fuerza autoritaria que se ponga en el camino de las masas en revolución y detengan su obra revolucionaria y constructiva.

Los anarquistas, siempre y con todas sus fuerzas, luchan contra toda tentativa de limitar la iniciativa popular en la revolución, y además hacen todo lo posible para ensanchar y profundizar el movimiento social revolucionario hasta que se convierta y tome las formas de una revolución social. Toda su propaganda, toda su actividad social, cultural y espiritual son dirigidas indefectiblemente a la consecución de este fin. Los anarquistas están convencidos de que mientras exista la explotación y el poder del hombre por el hombre, la vida humana y social no podrá cambiar fundamentalmente. Y si una revolución se detiene con la creación de un Gobierno revolucionario, lo más avanzado e izquierdista que sea, será inevitablemente necesario empezar de nuevo toda la obra revolucionaria destructiva, y toda la obra reconstructiva quedará por hacer.

Por eso justamente los anarquistas dirigen sus mayores esfuerzos y actividad a la creación de una conciencia humana antiautoritaria y libertaria y a preparar y capacitar las masas humanas para que puedan, en cualquier momento, ejercer iniciativa propia, activar sus ideas y estar dispuestos a construir voluntaria y libremente una sociedad nueva libre y mejor y a formar una personalidad humana más moral y elevada, integralmente desarrollada, más justa y más humana.


Los anarquistas quieren con todo su ser la reconstrucción de la sociedad anormal existente, dedican a esta obra todas sus fuerzas y toda su voluntad, pero saben bien que ningún hombre, que ningún héroe, que ninguna fuerza divina, ni ningún Gobierno, por más revolucionario que sea, podrán hacerlo, ni convertir una revolución popular en una revolución social.

Lo podrán hacer y realizar únicamente las masas humanas mismas, instruidas y preparadas debidamente por las minorías revolucionarias en los momentos de reacción y ayudados por ellos en los momentos de la revolución.

De los hombres mismos depende la reconstrucción social y solamente las masas humanas podrán realizar una obra tan grande y extensa. Solamente ellas podrán reconstruir la vida social sobre bases libres y de bienestar para todos los hombres. Cualquier Gobierno y dirección autoritarios llevarán a un fracaso, a la desilusión y a la reacción. Por eso los anarquistas no ven ninguna otra posibilidad: o las masas mismas realizan la obra reconstructiva de la revolución social, o no habrá revolución social.

 Anatol Gorelik

http://www.portaloaca.com/pensamiento-libertario/textos-sobre-anarquismo/12186-los-grandes-problemas-del-anarquismo-moderno-anatol-gorelik.html

Fuente: https://es.theanarchistlibrary.org/library/anatol-gorelik-los-grandes-problemas-del-anarquismo-moderno

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