“progresistas y conservadores”

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EL MARTILLO DEL DIABLO

Por Hugo J. Byrne

El mundo político se compone de “progresistas y conservadores”. La función de los “progresistas” es cometer errores continuamente. La función de los “conservadores” es impedir que los errores se corrijan.

Chesterton

Desde el 25 de noviembre muchos buenos comentaristas de la actualidad mundial han cubierto juiciosamente el tardío y bienvenido mutis de la rata de Birán cuando partiera hacia las tórridas regiones infernales. Creo haber leído todos los análisis a mi alcance, lo que abarca la mayoría de cuanto se ha publicado en inglés y en castellano. ¿Tema agotado? Por supuesto que no. La razón es que todas sus biografías se escribieron durante su execrable vida y a mi mejor saber ninguna se ha publicado todavía que incluya su agonía de casi diez años.

¿Habrá en el futuro algún testigo presencial capaz de describir en detalle sus calamidades postreras? Eso no es solamente posible, sino probable. Pero los lectores no deben esperar que salga a la luz mañana o el mes que viene. Tampoco esperen por videos de su postración final, convertido en carroña envenenada y acribillada de tubos, al estilo de la agonía de Franco.

Todos los mandones posteriores aprendieron de esa experiencia macabra y el Hermanísimo estaba muy a mano para impedir tamaño sacrilegio. Aunque nunca es posible preverlo todo, como la llegada de sus supuestas cenizas a Santa Ifigenia, propulsadas por “black power”: cuatro morenos sudorosos empujando al averiado vehículo militar que las transportaba.

La malsana personalidad de Fidel fue mejor descrita por Robert E. Quirk en su obra “Fidel Castro” (1993). “Guerrilla Prince” de Georgie Anne Geyer ni se le aproxima. La otras biografías no vale la pena mencionarlas aquí, especialmente las laudatorias. Por una noción exagerada de honestidad intelectual las leí todas. Soberana pérdida de tiempo de la que nunca me arrepentiré lo suficiente.

Sin embargo, aún ese esfuerzo biográfico de Quirk, el más fiel de todos sobre la vida del tirano, peca de ingenuo. Castro nunca pretendió mejorar la vida humana en Cuba o fuera de ella. Utilizó la violencia contra la sociedad cubana y en otros muchos lugares, no porque abrazara el totalitarismo como fin, sino como medio. No le importaba más futuro que el suyo. Nunca fue un convencido “visionario socialista”, falsedad que utilizara para avanzar sus ambiciones de poder y gloria personales.

Cuando nos lamentamos del daño irreparable que hizo en Cuba, inconscientemente describimos lo que este malvado en su fuero interno consideraba triunfos sobre la sociedad en que nació: su vendetta personal contra el justificado desprecio de sus contemporáneos.

A diferencia de sus cortesanos, obtusos y acéfalos, al segundo hijo bastardo de Ángel Castro le importaba un bledo la agenda política. Castro sólo aspiraba al poder absoluto y unipersonal, e hizo todo cuanto necesitaba para obtenerlo y mantenerlo para la absoluta gloria de su persona, hasta la muerte y después de ella. Sin duda lo logró.

No obtuvo la absolución de la posteridad, a pesar de invocarla durante su juicio en Santiago, plagiando la defensa de Hitler durante el juicio por la revuelta de Munich: Nunca le interesó. Cuando afirmó en Washington en 1959 que “no tenía nexos con los comunistas”, mentía. Cuando enfatizó lo contrario en diciembre de 1961: “soy marxista leninista desde mis tiempos de estudiante y lo seré hasta el último día de mi vida”, mentía también, por lo menos en la primera parte de esa afirmación.

De acuerdo a los jesuitas que lo educaron, cuando sus años de estudiante era rendido admirador de Primo de Rivera y Mussolini. En una ocasión le escribió una carta personal al Presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, pidiéndole que le enviara diez dólares. Malo, amoral, absolutamente vacío de principios éticos, sí era Fidel Castro. Su maldad era imposible de ignorar analizando cualquier episodio de su vida. En resumen, era lo que muy castizamente los cubanos llamábamos y todavía conocemos por “un hijo de la grandísima puta”.

El desprecio por la vida humana (ajena) y la de animales domésticos indefensos, era proverbial en Castro. Aparte de volatilizar las gallinas de su padre con una escopeta dejada irresponsablemente al alcance de sus sanguinarias manos, Fidel, según la muy divertida confesión del “hermanísimo” Raúl a oficiales norteamericanos, exhibiendo los degradados instintos que compartía con su hermano mayor, diseccionaba patitos vivos con navajas de afeitar.

El primer instinto de los niños normales hacia los animales domésticos es jugar con ellos, incluso con la fauna no doméstica que habita en muchas áreas urbanas del trópico. Recuerdo haber atacado a un compañero de juegos en mi casa al verlo cortar la cola de una lagartija.

Aunque me afirmaron que esa cola le crecería de nuevo, no veía nada edificante o divertido en hacer sufrir a un animal indefenso, por pequeño e insignificante que fuera. Aparentemente el movimiento vegetativo de la amputada cola era el motivo de la diversión. Andando el tiempo maté muchos animales, aunque el arte de perseguirlos o emboscarlos era en realidad la única experiencia que realmente buscaba. ¿Deporte o atavismo salvaje? Ya no me preocupo por eso. Un denominador común entre los depredadores es la posición de los ojos: ambos enfocan hacia el frente como en las fieras, en las aves de rapiña y… en el hombre. Sin embargo algunos como Fidel Castro demuestran especial goce en el sufrimiento ajeno y los hay quienes hacen gala de ello, como el muy felizmente occiso Ernesto Guevara.

Fidel Castro siempre pretendió ser lo que no era. Alardeaba de valor personal siendo un cobarde. Alardeaba de su filiación y fe en la “revolución socialista mundial”, sin creer ni en su madre. Alardeaba de su “populismo”, de ser otro revolucionario más y de no gozar de privilegios y ocultaciones mientras hipócritamente criaba una familia secreta en “Punto Cero”. Ese era su cubil prohibido, en donde su secreta esposa Dalia Soto del Valle dirigió por muchos años en sus ausencias su estricto protocolo y la considerable prole de sanguijuelas engendros de Fidel, a quienes parió y crio. ¿Por qué la ocultación de su familia durante años? ¿Temor insano? Esa especulación quedará en el misterio por ahora.

El poeta, conferencista, escritor, dramaturgo, humorista y teólogo católico-anglicano, G. K. Chesterton, tiene entre sus obras menores una novela titulada “El martillo de Dios”. Se trata del asesinato de un hombre peor, por otro menos malo. La víctima perece de un martillazo y el martillo le cae en la cabeza desde un andamio. Podríamos bautizar la tiranía castrista como “El martillo del diablo”. Fuimos y continuamos siendo el yunque.

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