ALGUNOS ASPECTOS DEL ARCO REAL

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El presente trabajo es fundamentalmente una meditación compartida que intenta alcanzar un mínimo nivel de profundización en lo que se refiere al sentido de ciertos elementos del Real Arco que despiertan una actitud cognoscitiva en quienes nos encontramos haciendo nuestros primeros pasos en este riquísimo venero de símbolos que nos rodean. Sabemos en consecuencia que lo que aquí se diga resultará tal vez muy elemental para los hermanos más experimentados de la Orden y pedimos por ello disculpas de antemano, pero nos permitimos abusar de su benevolencia en la esperanza de que estas líneas sean juzgadas más por su intención que por su sapiencia.-

El primer aspecto que hemos de abordar, es el de los colores de las túnicas usadas por los tres Principales. Dichos colores son tradicionalmente el azul, el púrpura y el escarlata, y las fuentes primigenias que los registran e inspiran son, sin lugar a dudas, Exodo,25,4 y Exodo, 26,1, del Volumen de la Ley Sagrada. No obstante ello y a fuer de rigurosos, es menester aclarar que antes de la unión de los Grandes Capítulos, los tres Principales usaban túnicas de color escarlata, azul profundo y gris claro, pero luego se establecieron definitivamente los colores mencionados en primer lugar.-

Ahora bien, sabemos que en la Masonería, como en toda institución iniciática, ningún elemento es gratuito o casual, sino que, por el contrario, hasta sus mínimos elementos evidencian una estricta funcionalidad en el ámbito de lo simbólico que apunta a iluminar distintos aspectos de una realidad superior que resultan inaccesibles para los instrumentos y modalidades de conocimiento propias del mundo profano. Correspondería entonces, en esta tesitura, repasar el sentido atribuido en la Masonería a los colores que nos ocupan.-

El azul, por ejemplo, genera en un primer nivel de lectura una inevitable asociación con la bóveda celeste y, en un segundo nivel, constituye un emblema de inmortalidad, eternidad, castidad y fidelidad en términos generales, del mismo modo que en términos específicos el azul pálido representa bondad y prudencia. También se lo relaciona estrechamente con el concepto de hermandad universal y con la clara conciencia de la perfección infinita del Verdadero y Viviente Dios Altísimo y se ha dicho que «nos instruye acerca de que en el alma de un masón tales virtudes deberían ser tan extensas como el arco azul del cielo mismo».-

Asimismo en la tradición judía, que tantos puntos de contacto tiene con la tradición masónica, el azul tenía una fuerte connotación religiosa y era el color de la túnica del Sumo Sacerdote. En el mismo sentido, existe la convicción de que en épocas muy antiguas los juramentos más solemnes se llevaban a cabo sobre altares precisamente de color azul y, por su parte, algunos estudiosos de la Kabbalah lo señalan como color relacionado con las Sephirot de la Corona, la Belleza y el Fundamento. En cuanto al púrpura, podemos decir que se refiere a la dignidad , a la majestad del mando y a la jurisdicción. En un sentido más alto, existe entre los levitas hebreos la tradición de que alude al poder de la Gran Deidad, y se ha dicho también que simboliza la alianza de Salomón, rey de Israel, y deHiram, rey de Tiro. Por último, dado que en su composición concurren por igual el rojo y el azul, se lo ha definido como un símbolo de unión por excelencia.- Seguidamente, hemos de referirnos al escarlata, que junto con el rojo se ven representados por el carmesí. La Biblia se refiere al escarlata y al carmesí como colores litúrgicos, y son innegables sus connotaciones ígneas con todo el sentido trascendente que ellas implican. Este color no evidencia en su simbolismo solamente una mera jerarquía material, sino más bien una realeza del conocimiento que se traduce en tres instancias: la inteligencia (como conocimiento directo), el rigor y la Gloria, cuyo reflejo se hace conocer al hombre a través de la investidura de la realeza sagrada.-

Una vez que se han analizado estos tres colores y se ha recordado, como es lógico, que son los propios de las vestiduras de los tres Principales, surge otro interrogante: ¿cuál es la explicación profunda de su asignación a dichas vestiduras? El primer indicio para una probable respuesta se relaciona con el mandato de Dios a Moisés en el sentido de emplazar velos azules, púrpura y escarlata para separar el Lugar Santo del lugar accesible a los fieles; pero el indicio se transforma en algo más cercano a la certeza, si se recuerda que en los antiguos rituales de la Orden del Real Arco existía una parte de la ceremonia de exaltación que se conocía como «Pasaje de los Velos», en cuyo transcurso el candidato debía atravesar tres velos (azul, púrpura y escarlata), pronunciando en cada caso una palabra de pase ante un guardián que, en el caso de una articulación correcta del vocablo, le daría la posibilidad de acceso. Por último, el candidato accedía al Sancta Sanctorum, sede del Arca de la Alianza. La explicación que acompañaba a este momento, hacía referencia al hecho de que los velos representaban los peligros y obstáculos que Zorobabel y Josué se vieron obligados a sortear en su camino de regreso desde Babilonia a Jerusalem.- Tal explicación es perfecta en la medida en que el pasaje se inscribe en el marco de la leyenda de la construcción del segundo Templo, y éste sería el sentido literal del símbolo, así como la idea extensiva a la superación de obstáculos e imperfecciones de distinto orden correspondería a su sentidos moral y alegórico. Sin embargo, ¿cuál es el sentido anagógico, que es el supremo en el orden de significación de los símbolos? En este aspecto la referencia mayor sigue siendo la tradición relacionada con Moisés, que apunta a la posibilidad de encontrarse cara a cara con el Misterio Supremo. Y no debemos olvidar que la vivencia del Real Arco implica una reconstrucción de un templo interior, que culmina en la identificación del Compañero del Arco Real con la piedra que corona el arco y le da sentido al edificio completo. Pero ese itinerario de reconstrucción no estaría completo si no se recorrieran los últimos tramos decisivos hacia la Gnosis de la Verdadera Palabra, del último de los misterios tras superar las pruebas finales. En otras tradiciones de origen no bíblico, el camino hacia la esencia conlleva la obligación de atravesar una serie de puertas custodiadas por entidades terribles conocidas como «guardianes del umbral», que exigen la pronunciación de una palabra de pase para permitir el paso a la instancia siguiente. En este sentido, podemos concluir que los tres Principales y sus vestiduras (sin perjuicio de otros simbolismos que sus funciones traigan aparejados), son en sí mismos y al mismo tiempo tres velos y tres portales que encierran tres peldaños de conocimiento cuya meta es la identificación con el Nombre, que constituye la posibilidad de superar la reinstauración del hombre adámico primordial o consumación de los Pequeños Misterios, propia del tercer grado según se confiere en el simbolismo, para llegar a la Identificación Suprema con el Principio o consumación de los Grandes Misterios, propia del Arco Real.

El segundo aspecto que intentaremos abordar, es el del simbolismo de la joya del Arco Real .

Lo primero que llama nuestra atención es un doble círculo con un sello de Salomón o hexalfa inscripto en su interior. El triángulo con un vértice hacia arriba que descansa sobre su base simboliza el macrocosmos, mientras que el triángulo invertido representa al microcosmos que es reflejo de aquél. Por otra parte, el primer triángulo mencionado es el emblema del fuego, mientras que el segundo lo es del agua; asimismo, el triángulo con un vértice hacia arriba atravesado por una línea que constituye la base del triángulo invertido, es emblema del aire, así como el triángulo invertido con una línea que atraviesa el vértice inferior lo es de la tierra.- Sin embargo, esta explicación no agota el simbolismo del hexalfa. Es necesario recordar que en la joya del Arco Real , el triángulo invertido se descompone en tres triángulos en virtud de la presencia de un cuarto triángulo con un sol inscripto. El conjunto así formado, si tomamos en cuenta que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos ángulos rectos, genera ocho ángulos rectos , número igual al que presenta el tetraedro, cuerpo formado por cuatro triángulos iguales y equiláteros. La forma aguda y piramidal de este cuerpo es relacionada por el pensamiento platónico con el fuego, imagen del principio creador y principio en sí mismo de la luz material. No debemos olvidar que la misma palabra «pirámide» (pyramis, en griego), deriva de la palabra «pyr», que en griego significa precisamente «fuego». Por otro lado, ocho es el número de ángulos rectos que presenta el símbolo de la triple Tau, que, más allá de su alusión al Templum Hyerosolimae y a la marca que llevaban los justos libres de toda iniquidad, tiene una importancia capital en la comprensión de los misterios del Real Arco.-

En efecto, en la base de la joya, la triple Tau está circundada por la leyenda «nil nisi clavis deest», que significa «nada falta salvo la clave», sentencia que constituye un verdadero llamado de atención sobre el símbolo. Los antiguos rituales de la Orden enseñan en sus instrucciones anexas que si se siguen descomponiendo los conjuntos formados por las intersecciones de los triángulos, se obtienen sumas de dieciséis, veinticuatro y cuarenta ángulos rectos , equivalentes a dos veces, tres veces y cinco veces la triple Tau, igualando el número de ángulos rectos contenidos respectivamente en el octaedro, que por su similaridad en ligereza con el tetraedro era considerado símbolo del aire, en el cubo, que por estar formado por cuadrados era considerado emblema de solidez, y por tanto de la tierra, y en el icosaedro, que representaba al agua. Finalmente, y siguiendo el mismo método, se logra formar el dodecaedro, que es el sólido que más se aproxima a la forma de la esfera, que representa al universo.-

 

Otra relación posible fundada sobre la triple Tau, puede plantearse si multiplicamos el número ocho (cantidad de ángulos rectos de dicho símbolo) por noventa, que son los grados de cada ángulo recto; el resultado de la operación es el número setecientos veinte, que equivale al doble de los grados de una circunferencia, y esto nos lleva a establecer una relación con las dos circunferencias que rodean al hexalfa, y cuyo simbolismo se relaciona con la Divinidad y su omnipresencia, en el caso de la interior, y con la eternidad en el de la exterior. Por otro lado, la cifra mencionada se obtiene de la multiplicación del setenta y dos, número de los mayores, por diez, número perfecto de los pitagóricos. En este sentido, cabe agregar que el número setenta y dos no correspondería en realidad al número de miembros del Sanhedrín, que sería de setenta miembros más el Sumo Sacerdote, sino más bien al de los setenta y dos nombres de Dios, que nos evocan al Intimo Nombre, temible e inefable. La joya por tanto, lejos de ser un ornamento, es más bien un soporte de contemplación y un instrumento de trabajo iniciático.-

Finalmente, podemos animarnos a decir que la posibilidad de que la vivencia del símbolo sea la correcta, se expresa en la divisa que campea en la parte superior de la joya: «si talia jungere possis, sit tibi scire» (si puedes unir tales cosas, sea para ti el saber»); y eso es lo que hace un símbolo: unir, unir lo que se ha dispersado. Si esto se cumple efectivamente, el iniciado puede hacer suya la gozosa exclamación de los brazos del hexalfa: eurékhamen, invenimus, we have found, es decir «hemos encontrado», y transformarse en lo que la joya misma define como «cultor dei» y «civis mundi», uno que rinde culto a Dios más allá de los nombres y atributos que le reconocen las religiones positivas (aunque insoslayablemente deba tomarlas como punto de partida), en su verdadera esencia de Altísimo, como era conocido por Melchisedec, rey de justicia y representante de la Tradición Primordial y ciudadano del mundo, no según el sentido del cosmopolitismo frívolo y condescendiente de la cultura profana, sino según el que le hacía decir a Ibn Arabí que estaba tan cómodo en la mezquita como en la sinagoga o en el templo cristiano, entre los gentiles y aún entre las gacelas, esto es, en el sentido del verdadero iniciado que, por haberse situado en el centro, se ha transformado en un adepto.-

Plancha aportada por Raúl A. Viglizzo

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