La reforma de Lutero y la nueva Europa

F. Cabrillo (Vicepresidente Civismo)
El Espectador Incorrecto , 24 de marzo de 2017

En 2017 se cumplen los quinientos años de uno de los acontecimientos más importantes de la historia moderna, la rebelión de Martín Lutero contra la Iglesia de Roma, que sentó las bases de la reforma protestante. En octubre de 1517 Lutero, un fraile agustino profesor de la universidad de Wittenberg, con una sólida formación en teología y sagradas escrituras, expuso sus famosas 95 tesis, en las que no sólo atacó la venta de indulgencias para financiar la reforma de la basílica de San Pedro en Roma, sino que puso también en cuestión muchas de las ideas generalmente aceptadas en la época sobre la salvación del alma y el papel de la Iglesia. El objetivo principal de Lutero era demostrar que cualquier cristiano arrepentido tiene derecho a la remisión plena de su culpa y que para ello no precisa comprar cartas de indulgencia (tesis 36). En su opinión, ningún teólogo podría ensalzar al mismo tiempo la venta de indulgencias y la verdad de la contrición (tesis 39). La doctrina de que tan pronto como suena la moneda en la caja, el alma sale volando hacia el cielo era, para él, insostenible; y añadía que es vana la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencia (tesis 27, 52 y 76). No se oponía, desde luego a que los cristianos dieran dinero a la iglesia y a que adquirieran indulgencias; pero tal compra debería ser voluntaria y no constituir obligación (tesis 47). Y, tras rePOR chazar con argumentos teológicos el valor de las indulgencias para la salvación del alma, lanzaba un ataque directo al papado: ¿por qué el Papa, cuya fortuna era más abundante que la de los ricos más opulentos, no construía la basílica de San Pedro con su propio dinero, en lugar de hacerlo con el de los creyentes? (tesis 86).

Para dar mayor dramatismo a la narración, la leyenda cuenta que Lutero clavó estas tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg para que todo el mundo pudiera leerlas. Pocos historiadores piensan, sin embargo, que los hechos fueran así realmente. En primer lugar, porque no tenemos dato fiable alguno que indique que las tesis fueran clavadas en la puerta de aquella iglesia. Y, más importante aún, la idea de que fueron expuestas para que todo el mundo las leyera tiene muy poco sentido dado que la mayoría de la población no sabía leer y, además, el texto estaba escrito en latín, que no era precisamente la lengua que hablaban los habitantes de una pequeña ciudad alemana de la época. No; parece que lo que realmente sucedió fue que las tesis fueron enviadas al arzobispo de Maguncia. Y las cosas habrían podido, seguramente, arreglarse si no se hubiera dado mucha difusión posteriormente al texto y la discusión se hubiera centrado en un debate entre teólogos, que era lo que, al parecer, Lutero deseaba. Pero la situación se fue complicando cada vez más; y, tras la excomunión de Lutero y la reafirmación de éste en sus principios en la Dieta de Worms, se rompió toda posibilidad de diálogo. Cada rey y cada príncipe jugó sus cartas en un mundo que ya nadie era capaz de controlar.

La reforma protestante cambió Europa. Y no de forma pacífica. A la rivalidad de dinastías y ambiciones tradicionales se unió el conflicto religioso en una larga serie de guerras que devastaron varios países del continente. Y harían falta siglos para borrar las huellas de un enfrentamiento en el que las dos partes dieron ejemplos de intolerancia. Pero, ¿tuvo la reforma, como se ha afirmado en muchas ocasiones, efectos sobre el progreso económico de las diversas naciones europeas?

 

MAX WEBER.

No resulta fácil dar una respuesta totalmente convincente a esta pregunta. No pocos historiadores han defendido la idea de que el protestantismo ofrecía un sistema de principios y creencias que promovían el ahorro y la acumulación de capital, que serían las bases del capitalismo mercantil de la Europa de los siglos XVI al XVIII. El sociólogo y economista alemán Max Weber fue quien, hace un siglo aproximadamente, formuló de forma más precisa esta idea.

¿Sería posible, entonces, formular la hipótesis de que las tesis de Lutero de 1517 abrieron el camino hacia el capitalismo y la prosperidad de Europa? Me temo que tal idea plantea muchas dudas, al menos por dos razones. La primera, que los orígenes del capitalismo mercantil de la Europa Moderna son muy anteriores a la reforma protestante y no se encuentran en el norte, sino en el sur de Europa. En efecto, ya en las repúblicas italianas de la baja edad media y el primer renacimiento se pueden encontrar prácticamente todos los elementos que conformaron el capitalismo en sus fase comercial y financiera. Poco tendrían que aprender, en efecto, los banqueros y comerciantes florentinos y genoveses de las prácticas mercantiles que, años más tarde, se desarrollarían en el norte del continente. La segunda, que, aunque la tesis de Weber se presenta como una relación entre el protestantismo y el capitalismo -y su principal libro sobre la materia parecería confirmarlo, ya que se titula “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”- lo que en realidad relacionaba el pensador alemán con el sistema mercantil no era el protestantismo como tal, sino una de sus ramas más importantes, el calvinismo.

Las ideas de Calvino eran mucho más radicales que las de Lutero con respecto a la reforma del cristianismo; pero, además, ofrecían una visión de la sociedad en la que se combinaban el rigor religioso y moral con la dedicación al trabajo. Creía Calvino en la predestinación, de acuerdo con la cual es Dios quien elige al hombre para la salvación; pero el éxito personal en la vida es una señal de que su alma va por el buen camino. Por ello el trabajo duro expresamente recomendado por su doctrina- se convirtió en uno de los principios básicos de las comunidades calvinistas. Y en otro aspecto sus ideas contribuyeron a sentar las bases de una sociedad capitalista. Durante siglos los teólogos habían discutido sobre la licitud del préstamo con interés. Los críticos de éste, con una visión tradicional de la actividad económica, negaban que el dinero pudiera producir dinero por sí mismo; mientras otros teólogos aceptaban la existencia de tipos de interés moderados, que consideraban algo similar a la remuneración del trabajo. En este punto Calvino fue muy claro y dio un paso decisivo hacia la aceptación plena del préstamo con interés. Y esta línea de pensamiento prevaleció en algunas de las iglesias protestantes mucho más que en la doctrina católica. Y no es casualidad que la que se considera la obra clásica en defensa del interés fuera escrita por un protestante, Salmasius, un siglo más tarde.

Diferente era, sin embargo, el pensamiento de Lutero. Era éste un hombre conservador en su visión de la sociedad, y en su obra siguen presentes muchas ideas que lo ponen en relación más con el mundo de la edad media tardía que con la Europa del renacimiento. Su modelo de sociedad tiene, en efecto, mucho más de agrario que de mercantil. Y en el debate sobre el interés se mantuvo siempre en una postura intermedia, bastante en línea con la escolástica tradicional.

Es interesante, por otra parte, su actitud hacia los judíos. Como es bien conocido, Lutero era profundamente antisemita. En su famoso libro “Sobre los judíos y sus mentiras” defendió abiertamente que habría que prender fuego no sólo a sus sinagogas, sino también a sus escuelas y a sus libros de plegarias y escritos talmúdicos. Pero hizo, además, una propuesta que refleja su forma de entender la actividad económica. Sugirió en su obra que se prohibiera a los judíos el préstamo con interés y recomendó poner una azada, una pala, una rueca o un huso en manos de los judíos y las judías jóvenes y fuertes “para que coman el pan con el sudor de su frente, como se impuso a los hijos de Adán”.

 

DESORDEN SOCIAL.

La reforma fue pronto mucho más allá de lo que Lutero había pensado inicialmente y desencadenó un desorden social que tuvo que sorprender profundamente, y de forma desagradable, al antiguo fraile agustino. No habían transcurrido siete años desde la publicación de sus tesis cuando surgieron en diversas partes de Alemania insurrecciones campesinas contra el poder temporal de los príncipes y el desigual reparto de las riquezas. Tal reacción no carecía de sentido. Si Lutero criticaba el poder del Papa y sus fórmulas para obtener dinero de los creyentes para financiar su corte de Roma, ¿no ocurría lo mismo en los principados alemanes, en los que una pequeña clase dominante vivía a costa del trabajo de los campesinos? Entre 1524 y 1525 una serie de guerras devastaron muchos territorios del viejo Sacro Imperio Romano Germánico hasta que los príncipes aplastaron definitivamente las revueltas, que -se estima dejaron más de cien mil muertos. En esta difícil situación Lutero no dudó en ponerse del lado de los poderosos y llegó a escribir un folleto titulado expresivamente “Contra las hordas asesinas y ladronas del campesinado” en el que exhortaba a los príncipes a aplastar sin contemplaciones la sublevación. Pero las cosas no terminaron con la derrota de los campesinos, ya que surgieron movimientos en favor de un comunismo primitivo, cuyos principales representantes fueron los anabaptistas; y cuyo líder más relevante fue un antiguo discípulo de Lutero, Thomas Müntzer. Se desarrolló así una curiosa doctrina, que defendía una sociedad basada, simultáneamente en la ley de Dios -en su peculiar interpretación- y en la propiedad común de los bienes, mujeres incluidas en algún caso.

Es difícil, por tanto, hacer de Lutero un factor determinante del nacimiento de la nueva economía burguesa que cobraría fuerza en los siglos siguientes y desembocaría en la revolución industrial. Pero no debería olvidarse que su obra ayudó a este desarrollo al menos en dos aspectos. El primero, como hemos visto, el nacimiento de iglesias protestantes que exaltaron el trabajo duro y la dedicación al mundo de los negocios. Sin el precedente de Lutero, en efecto, no habrían existido el calvinismo ni otras iglesias similares. El segundo se menciona con menos frecuencia, pero también fue importante. En las doctrinas protestantes se defiende abiertamente la lectura de la Biblia y su interpretación por los propios fieles. Por ello, una de las grandes obras de Lutero fue traducir la Biblia al alemán, en un trabajo considerado extraordinario, que contribuiría mucho a la unificación de los numerosos dialectos alemanes en una lengua común. Pero, para leer la Biblia, hay antes que aprender a leer; y, una vez conseguido esto, las posibilidades de adquirir nuevos conocimientos crecen de forma sustancial. Una sociedad alfabetizada no sólo es más culta; también es más productiva que otra en la que la mayor parte de sus miembros son analfabetos. Y no cabe de duda de que muchos protestantes aprendieron a leer gracias a las ideas de Lutero.

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