LOS ORÍGENES DEL RITUAL MASÓNICO: LA PALABRA DE MASÓN.

Los textos masónicos tradicionales han hecho siempre remontar, de manera mítica, el origen de la Masonería a la construcción del Templo del Rey Salomón. En un universo medieval, donde la transmisión de saber quedaba casi circunscrita a la tradición oral, la afirmación de que la actividad de los masones provenía de tan noble linaje otorgaba al gremio de un lustre y una honorabilidad indiscutible. Suele suponerse que el gremio procedía en realidad de las antiguas asociaciones de canteros, los collegia fabrorum. Pero los testimonios que se conservan de la Alta Edad Media más bien parecen indicar que los collegia fabrorum escaseaban en suelo británico tras el hundimiento del Imperio Romano de Occidente, pues en 675 hubieron de importarse canteros galos para levantar dos iglesias según el patrón romano en Norteumbría, territorio que se extendía desde York a Edimburgo.
Manuscrito Regius
La historia de la documentación masónica escrita comienza en Londres, donde las disensiones entre cortadores de piedra y masones operativos provoca la creación, en 1356, del Reglamento de Londres para la Actividad de los Masones. Sin embargo, el primer documento que muestra algo que se parezca lejanamente a un orden del día durante una reunión de masones operativos es el Manuscrito Regius, datado en 1390. Este manuscrito está redactado en verso, y comienza con una plegaria de índole cristiana y trinitaria, para a continuación narrar la historia de la Masonería remontándose a sus orígenes bíblicos.
Posteriormente aparecerían los Cargos o Deberes para Aprendices y Compañeros, que eran esencialmente prescripciones de carácter moral. Se trata de una colección de documentos que, estudiados en conjunto, nos permiten discernir algunos elementos rituales. A juzgar por ellos, tanto la plegaria como la lectura de la historia mítica de la Masonería se mantuvieron durante bastante tiempo. Además, el Candidato juraba fidelidad al Rey, al Gremio, y al Maestro, que durante la etapa operativa se diferenciaba del Compañero en que era quien contrataba las obras y reclutaba a los demás Compañeros (hoy diríamos el jefe de la cuadrilla).

Motivos del Siglo XX para técnicas medievales: en la restauración de la Catedral de Salamanca durante 1992 los canteros desearon firmar su trabajo introduciendo un elemento actual: un astronauta.
Prosiguiendo en el tiempo, encontramos documentación referida a las condiciones laborales de los Aprendices, así como a aspectos administrativos de las Logias. En 1598 aparecen actas de sendas Logias escocesas que ya muestran que existen de manera ritual dos Grados diferenciados. También aparece el Manuscrito Harleian, que aunque datado hacia 1650, se considera copia de otro anterior de finales del Siglo XVI, el cual introduce un juramento distinto, estableciendo como Pena en caso de revelar los Secretos el tener que dar cuentas ante el Todopoderoso en el Día del Juicio Final.
Pero conforme nos vamos adentrando en el Siglo XVII vamos percibiendo que en el centro de toda la documentación de que se dispone aparece un elemento de gran importancia ritual al que todos se refieren como la Palabra de Masón (the Mason Word).

LA PALABRA DE MASÓN (THE MASON WORD)

El Ritual de la Palabra de Masón tenía sus orígenes en las costumbres medievales del gremio, y esencialmente giraba en torno a la transmisión de la Palabra que transformaba al Aprendiz en Compañero, convirtiéndolo en miembro de pleno derecho de la Logia. Sin embargo, los testimonios nos permiten apreciar que ya a comienzos del Siglo XVII existía la creencia de que ese ritual conllevaba un tipo de conocimiento que excedía del meramente operativo.
En 1621 el poeta escocés Henry Adamson escribió:
De este modo el Sr. Gall aseguró que así era
y mi buen genio sin duda sabe
que lo que presagiamos no es cosa banal
pues nosotros, los Hermanos de la Rosacruz,
poseemos la Palabra de Masón, y la segunda visión,
y bien podemos predecir lo que acontecerá.
John Stewart
1er Conde de Traquair
(1600 – 1659)
Sin duda a Adamson le gustaba exagerar este tipo de actitudes misteriosas, aunque ese poema nos deja entrever que existía ya cierto conocimiento popular de la Palabra de Masón. Pero desde luego no era el único que adjudicaba a la Palabra de Masón un tinte más allá del estrictamente operativo. En 1637, el Conde de Traquair estableció contactos con la oposición escocesa con el fin de calmar la agitada situación con que se encontraba Carlos I, lo que fue aprovechado por sus detractores para acusarlo de desleal, afirmando que «había traído la Palabra de Masón entre la nobleza». La turbulenta situación que atravesaba Escocia en 1649 –año de la ejecución de Carlos I- era, en opinión del gobernante partido presbiteriano, culpa de los pecados de la propia sociedad escocesa, lo que provocó que la Asamblea General de la Iglesia de Escocia de ese año se plantease, entre otras posibles culpas de la nación escocesa en su conjunto, si la existencia de la Palabra de Masón era parte causante de las desgracias infligidas a Escocia por el Todopoderoso. E igualmente, en 1652, hubo de someterse a discusión teológica por parte del consejo de presbíteros de Minto si se permitía que el candidato James Ainsly fuese elegido como pastor, dado que se hallaba en posesión de la Palabra de Masón.
LA PALABRA DE MASÓN ERA MÁS QUE UN USO OPERATIVO
Tumba del Rvdo. Robert Kirk (1600 – 1692)
En 1691 nos encontramos con el primer texto que define el contenido de la Palabra de Masón más allá de los elementos puramente operativos. El texto fue redactado por un curioso personaje escocés: el Reverendo Robert Kirk. Kirk nació en 1644 y estudió en la Universidad de Edimburgo. Su lengua materna era el gaélico escocés, de modo que en 1684 publicó la primera traducción del Libro de los Salmos al gaélico bajo el título de Psalma Dhaibhidh an Meadrachd, y en 1689 fue llamado a Londres para supervisar la impresión de la traducción gaélica íntegra de la Biblia realizada por William Bedell.
Sin embargo, aparte de su labor pastoral, Robert Kirk era uno de los principales expertos en el mundo feérico escocés, y un año antes de su muerte escribió un libro titulado La Comunidad Secreta, o un ensayo sobre la naturaleza y acciones de los pueblos subterráneos y (en su mayor parte) invisibles, denominados bajo el nombre de faunos, hadas y semejantes por los escoceses de las tierras bajas, tales y como son descritos por aquellos que tienen segunda visión. Libro que, visto desde 2014, puede parecer una excentricidad, pero que aún así sigue siendo muy respetado entre los folkloristas (ha sido editado en español recientemente por Editorial Siruela).
En este texto de 1691, Kirk afirmaba que

La Palabra de Masón se asemeja a una tradición rabínica bajo la forma de comentario en torno a Jakin y Boaz, los dos pilares erigidos en el Templo de Salomón, con el añadido de un signo secreto transmitido cara a cara, gracias al cual se reconocen mutuamente.

Y en la colección de Manuscritos Portland se encuentra una carta de 1697 que reza que

Los Señores de Roslin (…) están obligados a recibir la Palabra de Masón, que es un signo secreto que tienen los masones de todo el mundo para reconocerse entre sí. Afirman que este signo data de los tiempos de Babel, cuando no podían entenderse unos a otros y conversaban por signos; aunque otros sostienen que no es más antigua que Salomón. Sea como fuere, aquel que la posea puede darse a conocer a otro hermano masón sin llamarlo en voz alta y sin que otros perciban el signo.

EL MANUSCRITO DE LA CASA DE REGISTRO DE EDIMBURGO

El Manuscrito de la Casa de Registro de Edimburgo es un documento descubierto en 1930 en el que figura escrito “Algunas cuestiones referentes a la Palabra de Masón, 1696”. Consta de dos partes: la primera titulada Algunas preguntas que los masones acostumbran a hacer a aquellos que tienen la Palabra, antes de reconocerlos, y la segunda titulada La forma de dar la Palabra de Masón. Por su interés, vamos a incluir el texto íntegro de este documento. Este texto coincide casi en su totalidad con el ritual que aparece también en el Manuscrito Chetwood Crawley (circa 1700) y es muy parecido a la versión que aparecen en el el Manuscrito del Trinity College de Dublin (1711), pero resulta notablemente distinto al catecismo que aparece en el Manuscrito Graham (1726) o en el Manuscrito Sloane (circa 1700), documentos estos dos últimos que merecen todo un capítulo aparte.
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