EL MAYOR RETO DE DONALD TRUMP

EL MAYOR RETO DE DONALD TRUMP

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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El mayor reto de Donald Trump es el de ser aceptado por los miembros del propio partido por el cual fue postulado y gano la presidencia.

Si le preguntamos a cualquier ciudadano promedio de los Estados Unidos sobre cuál es el mayor reto de Donald Trump nos encontraríamos con una diversidad de respuestas. Unos responderían que lograr la cooperación de sus enemigos jurados en el Partido Demócrata. Otros que ser tratado con objetividad por una prensa que no oculta su desdén hacia sus políticas y hasta su persona. Otros que mantener seguros a los Estados Unidos frente a las amenazas del terrorismo islámico. Otros que ser aceptado por una izquierda delirante y fanática que se ha adueñado de las universidades y de las calles. Y otros que consolidar una alianza internacional que pare en seco las aspiraciones hegemónicas y las amenazas a la paz mundial que representan Rusia, Irán y Corea del Norte. Todas serían respuestas correctas pero yo discrepo de ellas. El mayor reto de Donald Trump es el de ser aceptado por los miembros del propio partido por el cual fue postulado y gano la presidencia.

Cualquiera diría que después de su exitoso viaje por un mundo muchas veces hostil a los Estados Unidos el Presidente sería recibido como un héroe por sus colegas del partido. En poco más de una semana, visitó los lugares más emblemáticos y sagrados del Islam, del Cristianismo y del Judaísmo, dio testimonio de su fe en Dios, se declaró solidario de la lucha por la libertad en el mundo, expresó su decisión de combatir a los malvados y desplegó para que todos lo escucharan su inmenso orgullo de ser americano.

Sin embargo, una proporción considerable del Partido Republicano todavía no lo acepta. Para ellos, Trump es una amenaza a sus principios tradicionales y a su estabilidad institucional. Porque, aunque la mayoría coincide con él en asuntos como la reforma tributaria y la oposición al Obamacare, muchos discrepan de sus puntos de vista sobre comercio, programas de asistencia social, inversiones en infraestructura y gastos gubernamentales. Líderes de la Cámara y del Senado como Paul Ryan y Mitch McConnell no han ocultado sus discrepancias con el Presidente. Y en casos extremos, algunos republicanos consideran hasta una vergüenza que un hombre que consideran tan procaz, tan arrogante y tan polémico se haya alzado con la presidencia.

Pero la realidad es que Donald Trump fue electo presidente con todas las de la ley, pésele a quien le pese. Trump gano solo con la fuerza de su carisma y la claridad de su mensaje. Es simple y directo, lejos de ser un orador, y se dirige a los ciudadanos con un lenguaje popular, sin cuidar ninguna forma de lo “políticamente correcto”. Es el discurso de lo que, en la jerga americana, se denomina la de un obrero “blue color”, pero, en este caso, el de un “blue color” billonario. En un despliegue de su capacidad para combatir, ganó contra la candidata demócrata, contra la prensa parcializada y hasta contra las elites del partido republicano.

De hecho, la candidatura de Donald Trump fue repudiada entre los republicanos por dos ex presidentes, docenas de gobernadores estatales, 53 miembros de la Cámara y el Senado, centenares de funcionarios y ex funcionarios de administraciones republicanas y hasta por la totalidad de los 16 aspirantes a la presidencia en las primarias republicanas del 2016. Y ni que decir del ominoso movimiento integrado por los fracasados del “Nunca Trump”.

Es más, nadie le daba posibilidad alguna de lograr los 270 votos electorales necesarios para ganar la presidencia. Contra todo pronóstico logró 306 votos electorales para alzarse con una victoria histórica en los procesos electorales norteamericanos. Ganó estados como Michigan, Wisconsin y Pennsylvania que los republicanos no habían ganado en más de un cuarto de siglo. Su victoria tiene que ser aceptada por todos los que profesen su predilección por la democracia. Esa es la razón por la cual en las democracias se celebran elecciones como el mejor antídoto a los derramamientos de sangre que caracterizan los cambios de mandamases en los sistemas totalitarios. Como cubano me considero un experto en la materia y los venezolanos la están aprendiendo en estos momentos.

Otro factor a considerar entre los retos que confronta Donald Trump para unir a su partido es la diferencia drástica entre demócratas y republicanos a la hora de confrontar a sus adversarios. Mientras los demócratas cierran filas los republicanos se dividen. Cuando Bill Clinton estuvo a punto de ser sacado de la Casa Blanca por el escándalo de Mónica Lewinsky, su Fiscal General, Janet Reno, prevaricó de sus funciones jurídicas y constitucionales para proteger al descocado sexual.

Cuando Barack Obama estuvo a punto de ser sometido a juicio político por la entrega de armas a los carteles mexicanos de la droga en la operación “Rápido y Furioso”, el sicario legal Eric Holder puso al Departamento de Justicia fuera de la ley para proteger a su hermano ideológico. Otro tanto hizo en el escándalo de la persecución por el Departamento de Rentas Internas de organizaciones ligadas al movimiento conservador del Tea Party. Su deplorable ejecutoria le ganó el desmérito de convertirse en el Primer Fiscal General en la historia del país en ser declarado en “rebeldía ante el Congreso”.

En marcado contraste, los republicanos se dividen ante los retos y terminan haciéndole el juego a sus adversarios. Una conducta, por otra parte, encomiable pero suicida a la hora de librar batallas políticas en un ambiente tan envenenado por el fanatismo como el que ha predominado en los Estados Unidos en el último medio siglo. Y prueba al canto. Durante la pesadilla del Watergate, siete congresistas republicanos se unieron a 21 demócratas en el Comité Judicial de la Cámara de Representantes para recomendar que Richard Nixon fuera sometido a juicio político. Cuando en 1985 el Presidente Ronald Reagan confrontó el escándalo conocido como Irán-Contra, su Fiscal General, Edwin Meese, no anduvo con encubrimientos sino designó Procurador Especial a Lawrence E. Walsh para que investigara los hechos. Eso sería inconcebible en una administración demócrata.

Pero quizás la mayor razón para el rechazo literalmente generalizado contra Donald Trump haya sido su promesa de “drenar el pantano”. Muchos pensamos en un principio que se limitaba al pantano poblado por los demócratas de la administración Obama. Ahora sabemos que el pantano en cuestión era mucho más amplio. Un pantano donde operan y prosperan miembros de ambos partidos en ese centro de hipocresía y de corrupción que es el mundo político de Washington. Donde demócratas y republicanos se turnan para “ordeñar la vaca” y vivir a cuenta de los contribuyentes. El drenaje comprendía a todos y no hay nadie más peligroso que un político aferrado a sus privilegios.

Los republicanos del Congreso tienen, por otra parte, que calcular los riesgos que implica combatir a Donald Trump como lo han hecho hasta ahora. Si no se ponen de acuerdo con el presidente para hacer realidad una justa reforma de salud, aprobar una genuina reforma tributaria y promover mejores y mayores empleos podrían pagar un alto precio en las parciales del 2018.

Es cierto que, en la Cámara de Representantes, los republicanos disfrutan de una ventaja de 45 escaños, pero tradicionalmente los partidos en el poder siempre pierden escaños en las parciales siguientes a las elecciones presidenciales. La situación en el Senado es todavía más ominosa. La ventaja republicana es sólo de dos senadores. Y si tomamos en cuenta que diez de los miembros del senado no pierden oportunidad de retar al presidente los demócratas tienen altas probabilidades de recuperar el control de ese cuerpo en las parciales del 2018.

De ahí que para los republicanos la opción es obvia. Trabajar con Donald Trump en la limpieza del pantano o seguir compartiéndolo con sus cómplices de fechorías del Partido Demócrata. En este momento, yo no me arriesgo a apostar por ninguna de las opciones.

6-1-17

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