Ignacio Echeverría: Un español valiente para un gobierno cobarde

El valiente, como recordaba William Shakespeare, muere una vez, pero el cobarde lo hace muchas veces. El día de los atentados la vergonzosa policía británica distribuyó un cartel con tres consejos: “Escóndete. Huye. Llama”. Echeverría decidió hacer lo contrario. Y Europa debería tomar ejemplo con urgencia.

Carlos Esteban
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Europa hoy, apenas hace falta recordarlo, no abunda en héroes. Hoy las Navas de Tolosa se censuraría como un deplorable atentado a la multiculturalidad, y Empel se condenaría como un crimen de lesa Europa.

Si acaso, nuestro continente, ahíto de hazañas en el pasado, asombra hoy por una mansedumbre ovina que estimula a sus enemigos a ataques cada vez más audaces y nos gana su desprecio. Los ciudadanos europeos recuerdan a esos Eloi que describía H.G. Wells en La máquina del tiempo, entregados al ocio y a juegos banales e incapaces de defenderse de las depredaciones de los Morlocks.

Y nunca había necesitado tanto Occidente ejemplos de valentía personal que den, al menos, a quienes buscan destruir nuestra civilización la advertencia de que no lo van a tener tan fácil.

Por eso resulta especialmente escandaloso y triste que el Gobierno británico haya mostrado tan criminal desinterés por el destino de nuestro compatriota, Ignacio Echeverría, que se enfrentó a los terroristas por defender a una mujer y cayó apuñalado por los cómplices del atacante la noche del pasado viernes. Estamos a jueves, y sólo el miércoles hemos sabido por la página de Facebook de su hermana que el destino de Ignacio ha sido el que tanto temíamos, el de tantos, héroes, la muerte.

Pero si vil e impropia de un país amigo y aliado ha sido la actitud del Gobierno británico, es, al fin, asunto ajeno, pese a ese ‘patriotismo europeo’ que solo existe en las proclamas huecas de nuestros políticos y en el interés crematístico de los grupos financieros. Lo realmente vergonzoso, lo patético, ha sido el caso de nuestro propio Gobierno, que parece haber compartido la cruel indiferencia de su homólogo británico hacia el destino de nuestro heroico compatriota, mientras su familia esperaba angustiada alguna noticia de su paradero.

Ignacio Echeverría debería tener una o varias calles en España, como Cascorro, mucho antes que tanto fantoche como resucitan en nuestras ciudades esos ‘gobiernos del cambio’ con aversión casi física a las glorias de nuestra historia. Y lo que ha tenido, en cambio, ha sido desprecio institucional y cobardía.

Cuesta, en cualquier caso, entender como mera incompetencia la pereza de un Ministerio que carece de ella cuando se trata de lo que se ha convertido en su misión principal, quizá única, de correveidile de multinacionales que en ocasiones solo tienen de español el registro. Por eso es tentador concluir que nuestros líderes políticos no solo no aplauden el valor de Echeverría -mayor por arriesgar la vida no por un ser querido, sino por una completa extraña-, sino que, de hecho, le irrita secretamente, porque es un mudo reproche a su propia cobardía.

El gesto de Echeverría no puede dejar de avergonzar a una cúpula política que ha hecho de la cesión su rasgo más destacado, y de la cobardía casi una forma de virtud. El Gobierno de Mariano Rajoy cede ante las bravatas de los separatistas, se inhibe ante los desmanes de alcaldes que entienden su puesto como el de tiranuelos de ciudades-Estado donde hacer y deshacer a su antojo, baja manso la cerviz ante una oposición de la que ha conservado amorosa y servilmente todos los disparates a los que en su día se opuso el PP y que aborrecen sus votantes.

Sobre todo, la hazaña de Echeverría viene a decirle a Europa entera que ante la arrogancia yijadista hay otro camino que no es el constante apaciguamiento y la reacción refleja de, tras cada matanza implacable, desvivirse por complacer a un colectivo que, no solo no lo agradece, sino que ve en esta actitud un acicate para seguir atacando.

Porque el valiente, como recordaba William Shakespeare, muere una vez, pero el cobarde lo hace muchas veces. La cesión, de la que es ejemplo incluso la actitud incentivada de tanto ciudadano común, no apacigua al ofensor, sino que, como en el caso del chantajista que cobra, le anima porque le indica que ha encontrado una víctima propicia.

El mismo día de los atentados, la vergonzosa policía británica, la misma que no quiso investigar las violaciones de miles de niñas en Rotherham durante décadas por miedo a parecer ‘xenófoba’, distribuyó un cartel con tres consejos a la ciudadanía en caso de ataque: “Escóndete. Huye. Llama”. Echeverría decidió hacer lo contrario. Y Europa debería tomar ejemplo con urgencia.

http://gaceta.es/

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