CUBA

Una historia con más de 50 años relacionada con los “Peter Pan”

Jorge Hernández Fonseca

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4 de Junio de 2017Corrían los primeros y muy difíciles años de la era castrista, en la primera mitad temprana de los años sesenta del siglo pasado, cuando Carlos Estrada –un hermano querido del grupo de la juventud estudiantil católica manzanillera– y yo, visitábamos la ciudad de Manzanillo por unos días y estábamos de regreso a la Habana, donde vivíamos en una Casa de Huésped para estudiantes en cruce de H y 19. Por aquella época, el modesto aeropuerto de Manzanillo estaba situado bien a los inicios de la carretera llamada “de la costa”, que une la ciudad con una hilera de ciudades costeras a los largo del Golfo de Guacanayabo, casi frente al entonces “Motel Strómboli”. Al lado derecho de la carretera que va a la costa, el aeropuerto tenía una caseta muy pequeña para recibir los pasajeros, pesar las maletas y hacer los trámites de embarque.

Por entonces, el representante de la compañía “Cubana de Aviación” en Manzanillo –dueña del aeropuerto– era José “Totico” Molé, conocido personaje de la sociedad manzanillera de entonces que atendía todo, en aquel reducido espacio. Aguardando la llegada del avión, que entonces venía procedente de Santiago de Cuba y lo tomaríamos con destino a la Habana, haciendo escala en Camagüey, Totico se nos acerca a Carlitos y a mí con el siguiente diálogo: “Hay una familia que necesita embarcar en el vuelo a un niño pequeño, porque precisa estar en la Habana hoy mismo, ya que mañana temprano sale rumbo a Miami. En la Habana lo espera una tía y como no hay asientos disponibles en el avión, yo y la familia queremos saber su Uds. podrían hacerle el favor a esas personas, llevándole el muchacho hasta la Habana”.

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Corrían los tiempos en que se había deflagrado la operación “Peter Pan”, mediante la cual miles de familias cubanas enviaban a sus hijos a Miami, con vistas a protegerlos de la pronta llegada de los métodos comunistas a la isla, por los cuales los padres perderían los derechos de mando sobre sus hijos. En aquella época corría de mano en mano un proyecto del ley “revolucionaria” mediante la cual los padres perderían la llamada “patria potestad” sobre sus hijos y las familias se adelantaban a la promulgación de la ley enviando sus hijos a instituciones norteamericanas que en Miami se encargarían de darle refugio, alimentación y educación a los pequeños.

A pesar de la enorme responsabilidad para Carlos y para mí, al hacernos cargo de un niño que no conocíamos, ni siquiera a su familia, aceptamos el reto y enseguida Totico nos llevó ante la familia necesitada. Varios familiares acompañaban un niño de unos 3 años de edad a los que fuimos presentados y comenzamos a familiarizarnos con el niño en el poco tiempo de que disponíamos. Muy rápidamente llegó el momento del embarque en el avión y cargué por primera vez aquel niño que me desconocía, por lo que de inmediato comenzó a llorar copiosamente y a moverse con fuerzas para huir de mis brazos; los familiares lo consolaban al yo salir a la pista del aeropuerto y caminar hasta el avión con el niño en brazos.

Aquel niño lloraba desconsoladamente cuando entramos a la nave, un DC-3 sobrante de la Segunda Guerra Mundial, que tuve que abordar asegurando fuertemente un niño que hacía todo lo posible por escapar a los brazos de sus padres. Carlos y yo fuimos colocados en los primeros asientos, al frente del avión, donde había un cierto espacio, pero de ninguna manera yo podía dejar de asegurar sobre mi pecho aquella criatura desconsolada, que a grande gritos y movimientos bruscos pedía para que lo soltara, en medio del calor del interior del aparato que todavía no se había puesto en movimiento.

Los pasajeros de aquel vuelo fueron víctimas del llanto descarnado del infante, mientas el avión daba sus primeros movimientos de taxeo sobre la pequeña pista manzanillera, hasta que despegó. Al ruido de los motores, los tirones del despegue y al llanto del niño, se siguió el aire frío saliendo por la toberitas superiores de la cabina de pasajeros, que no solamente refrescaban el ambiente, como que hacía más llevadero para todos, aquel llanto desconsolado.

A los pocos minutos del despegue, los sollozos se fueron apagando, hasta el silencio total. Yo sostenía el niño sobre mi pecho y de la fuerza con que trataba de soltarse de mi abrazo, se siguió una entrega total al sueño, normal después de haber escenificado una verdadera batalla física contra su “captor”. Al tiempo de dormirse, el calor típico de “una buena orinada” comenzó a correr sobre todo mi pecho, bajando hasta la cintura, pero yo sostenía de igual manera aquel niño para que volara hacia su libertad.

Una media hora de vuelo nos separó del aeropuerto de la ciudad de Camagüey. El niño despertó en el momento de bajarnos del avión. Yo lo coloqué a caminar, ya tranquilo, tomándolo por su manita y descendimos a la pista del aeropuerto, por la cual caminamos hasta entrar en la sala de espera del vuelo hacia la Habana. Carlos yo hablábamos con el niño, que entonces actuaba como si nos conociera de toda la vida. En la sala compramos refrescos y dulces que el niño acertó de muy buena gana y el resto de los pasajeros que habían sufrido su llanto se relacionaban también con el niño como si fueran su familia, un poco comprendiendo el drama que aquel muchacho estaba sufriendo.

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El embarque de Camagüey hacia la Habana fue normal, a Carlos, a mí y al niño nos colocaron de nuevo en los asientos preferenciales delanteros y fuera del despegue, durante el cual cargué de nuevo al niño, el resto del viaje se hizo en la más absoluta normalidad, Carlos y yo haciéndole historias al niño, dibujándole muñequitos en una hoja de papel, para lo cual Carlos era insuperable, y así transcurrimos la hora y poco de vuelo hasta la Habana. Había una preocupación enorme por un probable desencuentro, en el sentido de que la tía del niño, de la cual ya teníamos una descripción total, su físico, ropa etc., no fuera a estar en el aeropuerto de la Habana. Gracias a Dios al llegar y salir al área de desembarque, allí estaba la persona que lo recogería, la cual fue identificada inmediatamente por el niño, que hasta ese momento había sido un “hijo adoptivo” que sabíamos conducíamos hacia su libertad.

Escribo esta crónica porque hasta hoy no he vuelto a saber nada más de este niño, ni de su familia manzanillera. Imaginando que actualmente sea uno los muchos “Peter Pan” que escaparon a tiempo de la isla, me gustaría saber su identidad, por lo que pido, si alguien que lee esta crónica conoce a algún Peter Pan manzanillero que escapó de esta manera, comparta esta crónica para ver si llega a la persona cierta y poder conocer de adulto a ese “niño” para poder darle otro abrazo, ésta vez en libertad.

Jorge Hernández Fonseca

cubalibredigital@gmail.com

Artículos de este autor pueden ser encontrados en http://www.cubalibredigital.com

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