Pyongyang, es sabido, dispone de misiles de largo alcance que pueden dotarse de cabezas nucleares y llegar no solo a Guam, sino también a la América continental. Los telediarios y los periódicos coinciden en llenarse de mapas abracadabrantes de misiles norcoreanos que llegan hasta el corazón de Estados Unidos. Y no podemos dudar de algo en lo que coinciden el presidente, todos sus hombres y todos los medios de prestigio, ¿verdad? ¿Cuándo ha pasado tal cosa?

Oh, bueno, quizá sea el momento de recordar a Condoleezza Rice hablando de un “hongo nuclear sobre Chicago”. O a Colin Powell enseñándonos dónde estaban exactamente las armas de destrucción masiva de Saddam. O tal vez fuera mejor buscar en las hemerotecas la noticia, repetida por todos los medios, de que que las tropas de Saddam estaban desconectando las incubadoras en las maternidades de Kuwait. ¿O hablamos de la muy verosímil y conmovedora tuitera siria (antiAssad, por supuesto) Bana Alabed, que se expresaba a sus 7 añitos en un perfecto inglés que apenas farfullaba cuando al fin apareció en la televisión? ¿Tenemos que referirnos al (falso) incidente del Golfo de Tonkin; al oscuro vídeo supuestamente culpable de que los libios asaltaran el consulado americano en Bengasi y mataran al cónsul?

Bueno, sí, todos conocemos la máxima de que “la primera baja de la guerra es la verdad”, pero a menudo olvidamos que antes de que empiecen los tiros normalmente también hay que mentir, y mucho, para justificar el ataque.

En principio, nada de todo esto tiene sentido alguno. ¿Para qué habría de querer Kim Jong-un, que vive como un pachá en Pyongyang, arriesgarlo todo a una derrota segura y una muerte infamante calentándole los cascos a la única hiperpotencia del planeta? Es como si el ‘cachas’ de la clase se quejase de que el más enclenque de sus condiscípulos le ha quitado el bocadillo. No cuadra en absoluto.

Y aquí entra el ‘bálsamo de Fierabrás’ de las explicaciones geopolíticas: Kim Jong-un está “loco”, como su padre antes que él, y no se puede esperar racionalidad de un loco. Ya saben, ‘loco’ como los ayatolás de Irán, ‘loco’ como Milosevic, como Saddam, como Gadaffi… No sé si empiezan a ver el patrón aquí.

Todos los líderes con poder absoluto tienen quizá algún rasgo psicopático menor, pero si algo tienden a no ser es suicidas. De hecho, para llegar a donde están suelen haber demostrado un instinto de supervivencia especialmente desarrollado.

Para Estados Unidos, Corea del Norte es caza menor, y una pieza bastante menos fácil de cobrar sin altos costes que Irak o Afganistán. Pero es que Pyongyang no es el objetivo. El objetivo es China, que está sacando pecho y desafiando a la Séptima Flota en el Mar de China y que, en general, empieza a actuar como si Estados Unidos hubiera dejado de ser el ‘gendarme planetario’. Y no responder a su desafío es, realmente, dejar de serlo.

Tener una fuerza militar en la frontera con China, ese es el objetivo, como la tiene con Rusia en los países bálticos.

Y para que todo cuadre es fundamental dar en titulares las balandronadas de Kim, como su amenaza de aplastar Guam, y pasar por alto las ofertas de negociación del mando norcoreano. Corea del Norte ha ofrecido a Estados Unidos en tres ocasiones para enfriar la crisis lo que llama “doble suspensión”: Pyongyang suspendería sus actividades nucleares y de misiles y, a cambio, Estados Unidos suspendería sus maniobras militares conjuntas a gran escala en Corea del Sur. La oferta ha sido rechazada tres veces, dos por Obama y esta última, por Trump.

Si la oferta suena o no razonable lo dejo al juicio de los expertos, pero a los que sí les parece sensato es a China, que se ha unido a la propuesta en su tercera presentación. Según el ministro chino de Exteriores, Wang Yi, en un discurso ante el Congreso del Pueblo, “su rechazo solo ha llevado a un aumento del arsenal nuclear y a más misiles con mayor alcance que con el tiempo permitirán llegar a Estados Unidos”.

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