07/06/2020

TRAS LAS HUELLAS DE JESÚS EN EGIPTO

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Viernes 31 de Agosto, 2012

Un grupo de autores ha defendido en las últimas décadas una hipótesis tan polémica como atractiva: el cristianismo no nació en Palestina, sino en el país de los faraones. Para parte de estos estudiosos, además, el Jesús histórico, tal como lo conocemos, nunca existió, pues su figura fue el fruto de un gigantesco engaño que copió gran parte de los elementos de la religión egipcia. Para otros, por el contrario, Jesús sí existió, pero no fue el Hijo de Dios, sino un mago cuyos actos alcanzaron una gran fama y más tarde se convirtieron en nueva religión.
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La gran mayoría de los académicos y la totalidad de los creyentes no tienen dudas: el cristianismo nació en la Palestina del siglo I de nuestra era como una nueva secta judía iniciada por un hombre humilde llamado Jesús. Sin embargo, no todos los estudiosos comparten esa visión. Desde el siglo XIX, y más especialmente en las últimas décadas, varios autores han defendido una insólita y desestabilizadora hipótesis: el cristianismo y buena parte de las creencias que lo conforman tal y como lo conocemos hoy no surgió hace 2.000 años, sino mucho antes, en las arenas del desierto egipcio, con las pirámides como telón de fondo.
Según estos autores, los sucesos narrados en los Evangelios –cuya creación se ha datado en varias décadas después de la supuesta crucifixión de Jesús– serían una narración falsa, formada en buena parte por elementos tomados de la mitología y la religión egipcia.
Dentro de esta hipótesis heterodoxa existen además dos corrientes bien diferenciadas: para los defensores de una de ellas, nunca existió un Jesús histórico, sino que se trata de una figura absolutamente ficticia, creada desde cero tomando como base las creencias desarrolladas en el país de los faraones durante siglos; los seguidores de la segunda hipótesis –menos radical– aceptan la existencia histórica de Jesús, aunque difieren en su interpretación del personaje. En su opinión, el fundador del cristianismo fue sólo un mago –de los muchos que existieron en aquella época– que se formó en dicha disciplina durante una estancia en Egipto. Allí se habría empapado de las doctrinas y creencias egipcias, germen de las enseñanzas que más tarde extendería por tierras palestinas, durante su etapa de predicación.
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