Gala de Clausura del XXII Festival Internacional de Ballet de Miami (por Baltasar Santiago Martín)

Notal del blog: Agradezco a Baltasar Santiago Martín que comparta con los lectores, el presente texto  incluido en el número de octubre 2017 de la revista CARITATE, dedicado al 50 aniversario del Ballet de Camagüey y al cantante y compositor Lázaro Horta. La presentación será el próximo jueves 26 de octubre de 2017 a las 8:00 p.m. en el Centro Cultural Hispano de Miami (111 SW 5th Ave. Miami, Fl 33135)
Esferas 
 Dimensions Dance Theatre of Miami (USA)
Fotos/Simon Soong
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El sábado 30 de septiembre de 2017, la Gala de Clausura del XXII Festival Internacional de Ballet de Miami, celebrada en el escenario del Miami Dade County Auditorium, comenzó con la presentación, a cargo de Cristina Castellanos, del Maestro Pedro Pablo Peña, fundador y director del festival, quien, tras unas cálidas palabras de bienvenida, hizo entrega del premio “Una vida por la danza” a Cecilia Kerche, directora artística del Ballet del Teatro Municipal de Río de Janeiro, Brasil, por su memorable carrera además como prima ballerina. 

Age of Innocence, un pas de deux coreografiado por Edward Liang, con música de Philipe Glass, e interpretado por Melissa Oliveira y Cicero Gomes, fue el ballet escogido por el Ballet del Teatro Municipal de Río de Janeiro para su participación inicial en esta Gala de Clausura. La pareja –con trajes de original diseño a su favor– ofreció un interesante adagio con cargadas novedosas, pero luego la coreografía se volvió reiterativa, sin que quedara muy claro el drama inherente al título.

Les siguió Esferas, presentado por Dimensions Dance Theatre of Miami (USA), compañía fundada y dirigida por Jennifer Kronenberg y Carlos M. Guerra; una especie de pas de trois del siglo XXI –yo diría, más bien, un logrado menage a trois balletístico–, donde tanto Josué Brito como Fabián Morales se disputaron a la expresiva y dotada Gabriela Mesa (¡esas extensiones suyas a 180 grados, sin esfuerzo aparente!), en un audaz juego coreográfico de la autoría de Ariel Rose, con la hermosa música de Aleksey Igudesman, Alexander Balanescu y Alex Barsnowski como banda sonora; música melodiosa y angustiante a la vez, como la vida misma, a la que los tres supieron sacarle todo el jugo, tanto explícito como implícito, como apoyatura del drama coreográfico.

A continuación, el Ballet del Teatro Alla Scala (Italia), dirigido por Frederic Olivieri, trajo a escena Le Papillon (La mariposa), coreografiado nada menos que por la gran Maria Taglioni, con música de Jacques Offenbach; un pas de deux en el que Virna Toppi y Massimo Garon se lucieron en el adagio, con gran acople como pareja y giros muy centrados, mientras que en sus variaciones tuvieron un desempeño bastante discreto, sin gran lucimiento, así como una coda muy breve, casi “atropellada”.

María Emilia García y Reynaldo Alexander Duval, del Ballet Nacional Dominicano –dirigido por Armando González–, salieron luego a defender Desde el silencio, un trabajo coreografiado por el propio Alexander Duval, con música de Benito Santiago, en el que ambos mostraron un gran dominio de sus bien adiestrados cuerpos, lo mismo como pareja que solos, máxime cuando la primera parte transcurrió sin música, todo bajo un haz de luz, en silencio, con un par de zapatillas como un símbolo nada claro, a pesar de que, ya con música, María Emilia se las calza para bailar en puntas, y Reynaldo Alexander se queda solo en escena al final.

Rinaldo Venuti y Vincenzo Di Primo, del Ballet Nacional Polaco –bajo la dirección de Krzysztof Pastor–, se apoderaron a continuación del escenario para bailar Abisso, una irreverente y audaz coreografía de Anna Hop, con la Sonata No.1 para piano de Stefano Barone como soporte musical, en la que los dos excelentes bailarines hicieron gala de su bravura técnica; un verdadero y muy logrado tour de force, sobre todo por el reto de interpretar a dos hombres que, en perfecto equilibrio, se enfrentan al contrapunteo del amor y el sexo homosexual.
 Para cerrar la primera parte de esta Gala de Clausura, Gretel Batista y Francois Llorente, del Ballet Clásico Cubano de Miami, dirigido por el Maestro Pedro Pablo Peña, literalmente prendieron La llama de París –coreografía del soviético Vasili Vainonen y música de Boris Asafiev–, donde Francois derrochó bravura en su variación, con grandes saltos y audaces volteretas en el aire casi horizontales, precisas caídas y vertiginosos giros, mientras que Gretel, a su vez, mostró un buen trabajo de pies y realizó una correcta media diagonal en punta, y luego una diagonal completa de piquésvertiginosos y elegantes, rematando su variación con los correspondientes fouettés, con pirouettes al final, aunque no debió haberse desplazado ligeramente de lugar como lo hizo.

Tras un adecuado intermedio, Mary Carmen Catoya y Kazuya Arima asumieron el gran desafío de convertirse en “Madeleine” (realmente, Judy Barton, su suplantadora) y John Ferguson –Scottie– para bailar el adagio del segundo acto de Vértigo, un ballet en proceso, con coreografía del Maestro Vladimir Issaev (también director de la compañía) y música compuesta por Bernard Herrman (New York, 1911-1975) en 1958, por encargo de Alfred Hitchcock, especialmente para su película homónima, cuyo argumento ha sido llevado a libreto para ballet por este servidor.

(…) Pocas veces el arte de un director de cine ha sido tan bien servido por su músico como en Vértigo, una película que se puede oír transcurrir con los ojos cerrados mientras la música suena sugerente.
(…) Esa música no viene de ninguna parte, viene de todas partes, es la música ubicua, la música total, la música del cine, en que las imágenes son otra forma de música, pero donde la música es la forma final de las imágenes.
Guillermo Cabrera Infante
Es muy difícil y riesgoso ser juez y a la vez parte de un hecho artístico, pero no puedo pasar de largo ante este adagio, solo porque la idea de verlo en escena haya sido un sueño mío desde hace ya casi más de diez años. Creo, por tanto, que el primer mérito que tiene el mismo es haber mostrado con creces que “esa música” puede ser bailada, que su drama ha podido encontrar a un talentoso coreógrafo y a una dotada pareja de bailarines de ballet que lo asuman, como ha sido el caso del Maestro Issaev y de Catoya y Arima.

Y aquí aprovecho para dar mi opinión sobre los ballets con argumento –que son mis preferidos, aunque contradiga a Balanchine.

La historia, y el modo de contarla en un ballet con argumento, es esencial –y algo que a mi juicio ha fallado en varios de los ballets presentados en esta gala (Age of Innocence, Le Papillon, Desde el silencio). En este adagio de Vértigo, Judy llega con todos los cambios de vestuario, color de cabello y peinado que John le ha obligado a hacer, con tal de complacerlo en su obsesión enfermiza por “recuperar” a “Madeleine”, y como después de la asombrosa transformación, Judy es exactamente igual a “Madeleine”, tal parece que ya podrán disfrutar juntos de su amor, pero Judy sabe que jugó con fuego, y su semblante lo denota.

Visto así, Mary Carmen es una “Judy” perfecta; su rostro es un poema de angustia y temor, y su impecable técnica, su exquisito arsenal para que su cuerpo lo exprese, mientras que Arima, si bien la secunda técnicamente sin objeción, estuvo ausente del complejo personaje que interpreta.

Para próximas reposiciones, me gustaría que, al inicio, se encontraran más de lejos, porque Judy llega hasta Scottie, quien la ha estado aguardando con impaciencia en la habitación de su hotel, y sé que, en vez del vestido de fiesta empleado, el traje de ella será sustituido por un diseño que evoque una chaqueta gris estilo sastre, con un leotardo blanco de cuello alto debajo, lo cual se hará cuando se cuente con los recursos necesarios. No hablo de la poca iluminación que hubo en esta puesta, porque no es culpa de la compañía, sino del personal del teatro encargado de la misma.

 Después del adagio de Vértigo, Tjasa Kmetec y Petar Dorcevski, del Ballet de la Ópera Nacional de Ljubljana, Eslovenia –cuyo director artístico es Sanja Neskovic Persin–, vinieron a escena para defender Doctor Zhivago, una coreografía de Jiri Bubenicek, con música de Dmitri Shostakovich, en la que tanto Tjasa como Petar demostraron con creces su condición de verdaderos artistas, algo que va mucho más allá de ser capaces solo de hilvanar pasos de ballet con elemental oficio.

Ambos, con rigor operístico, actuaron la innovadora coreografía, arropados por una escenografía realista y un vestuario muy teatral, que me recordó Baile de máscaras, de Verdi, por el drama, la intensidad, el beso en la escena, la compenetración, las hermosas composiciones, a veces como en cámara lenta. Me gustó que él la levantara por los tobillos, y que, tras parecer ser el dominador, al final, cuando ella termina su copa y pretende irse, él, acostado a sus pies, agarrado a sus piernas, termina siendo el dominado, en apasionado equilibrio sentimental.

Antes de pasar a reseñar lo que sigue, quiero recalcar que Doctor Zhivago fue el ballet mejor iluminado de la noche.

A seguidas del impacto visual y emocional logrado por Doctor Zhivago, regresaron Rinaldo Venuti y Vincenzo Di Primo, del Ballet Nacional Polaco, para danzar una coreografía también de su autoría, titulada Capturam, con música de Antonio Vivaldi, en la que, si bien ambos volvieron a lucir sus credenciales de expertos bailarines –con gran dinamismo y sincronía–, me pareció que estaba viendo Abisso de nuevo, solo que con diferentes trajes y algunas diferencias en sus movimientos.

Nicole Marie Graniero (Gulnara) y Jorge Oscar Sánchez (Alí), del Ballet de Washington, dirigido por Julie Kent, nos trasladaron del mundo LGTB de hoy al Medio Oriente del ayer, con el pas de deux del ballet El corsario (coreografía de Petipa y música de Drigo), donde, tras un adagio inobjetable –con una cargada “caminada” de Nicole por Jorge–, se lucieron aún más en sus variaciones, sobre todo Jorge Oscar, que ratificó su gran calibre artístico al equilibrar su asombrosa bravura técnica con una impactante apropiación del personaje, tanto por su expresión facial como por el respetuoso “cortejo” de esclavo favorito de su amo a la mujer de este (¿¡!?), que no perdió ni en los saludos al final de adagio.

En sus respectivas variaciones, Nicole, musical y precisa, alcanzó su mayor lucimiento con un óvalo de vertiginosos piqués, ya que sus fouettés fueron sencillos y desplazados un poco de lugar, mientras que Jorge Oscar, a su vez, la sobrepasó con un óvalo de saltos con extensiones a 180 grados (grand jettés) y audaces volteretas en el aire, algunas casi horizontales –acrobáticas diría yo– y muy raudos giros con la pierna a 90 grados, para terminar rendido a los pies de “Gulnara” en la efectista coda.

Del Medio Oriente de piratas y pachás, Delphine Moussin, del Ballet de la Ópera de París, presidido por Aurelie Dupont, nos trasladó a la Francia recreada por Honoré de Balzac en su novela Madame Bovary, para encarnar a su protagonista, en un solo coreografiado por Francois Maudiut, con música cantada en alemán por una soprano (sin crédito en el programa), de la autoría de Richard Strauss; ballet teatro, a mi juicio, porque Delphine es una actriz bailarina y/o viceversa, de gran plasticidad y dominio escénico.

Cesa la música, la sustituye un diálogo en francés (me imagino que un texto de la novela homónima); vuelve la soprano, y finaliza el solo con la voz en francés de nuevo, todo ello como fondo para que en el transcurso de la coreografía, dos hombres despojen a “Madame Bovary” de su traje negro de noche, ella quede en mallot blanco (sin perder el collar de perlas del inicio), se suelte el pelo (ahora sin collar), termine de rodillas, y acostada luego, se exponga al haz de luz que la examina desde arriba.

 Como para paliar el efecto angustiante de esta azarosa historia, salieron nuevamente a escena Melissa Oliveira y Cicero Gomes, del Ballet del Teatro Municipal de Río de Janeiro, ahora con el pas de deux de la boda de Kitri y Basilio del ballet Don Quijote, con coreografía de Marius Petipa y música de Ludwig Minkus.
Con un telón de fondo teñido de rojo, la pareja mostró un buen acople en el adagio, con logradas cargadas y giros muy bien partneados –totalmente centrados–, aunque Melissa solo logró breves balances cuando Cicero la soltaba, para luego sí hacer gala de sus grand jettés, mientras que Cicero la respaldó con sus saltos, y la alzó y la dejó caer sin titubeos hasta barrer casi el piso en el riesgoso final de este adagio.
Ya en su variación, Cicero se lució aún más al complicar sus jettés con volteretas en el aire, y luego con sus raudos giros, y Melissa, por su lado, ejecutó la suya con coquetería y musicalidad, manejando muy bien su abanico, pero sus fouettés fueron sencillos, desplazándose de lugar, y hasta los terminó mal, pero se reivindicó con una diagonal de raudos piqués y una vistosa coda con Cicero.

Gracias, maestros Pedro Pablo Peña y Eriberto Jiménez, por su entrega y su devoción por el ballet y el arte en general, porque la trascendencia de su misión ética y estética ha quedado más que reafirmada en esta vigésimo segunda edición del prestigioso Festival Internacional de Ballet de Miami que ambos han hecho posible año tras año.

Baltasar Santiago Martín
Hialeah, 12 de octubre de 2017
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