Los secretos de la Escuela Cubana de Ballet

octubre 26, 2017 | Imprimir Imprimir

Por Fernando Ravsberg

Foto: Raquel Pérez Díaz

HAVANA TIMES – Carlos Acosta fue la estrella del Royal Ballet y el primer negro que obtuvo el papel de “Príncipe” en la Compañía Británica. Era hijo de un camionero y vivía en un barrio muy humilde, pero aun así se convirtió en alumno de Ramona de Saa, la actual directora de la Escuela Cubana de Ballet.

Hoy más de 900 niños estudian en las academias de Cuba, constituyen una gigantesca cantera para la danza nacional y también para algunas de las más destacadas compañías del mundo, en las que han brillado cubanos y cubanas, considerados por los críticos como los rusos del “siglo XXI”.

La cuna humilde de Carlos Acosta no es nada excepcional en esta escuela. Una de las chicas que escogimos al azar para entrevistar fue Ofelia Rodríguez, una espigada mulata de 14 años, hija de un trabajador de la Construcción, cuyo sueño desde niña es convertirse “en una gran bailarina”.

Dentro de la Escuela de Ballet, los niños y adolescentes reciben, además de las clases de danza, las que corresponden con su nivel de escolaridad. Foto: Raquel Pérez Díaz

Ramona de Saa explica que se mantienen del presupuesto del Estado. Los costos son tan altos que resulta imposible autofinanciarse, sobre todo, porque en el centro no se paga matrícula y se entrega de forma gratuita el material didáctico, las zapatillas, las mallas y hasta los alimentos.

De todas formas, la dirección se ha propuesto buscar recursos por su cuenta. Unos 40 estudiantes de EE.UU., Argentina, México, Uruguay e Italia, pagan por pasar cursos y talleres en una escuela que, además de ser prestigiosa, resulta muy barata, apenas unos US $250 al mes.

También hay intercambios con otros países; recientemente un periódico de Costa Rica afirmaba que “resulta difícil hacer un análisis de la recién puesta en escena de El Lago de los cisnes sin caer en la comparación del nivel superior que demuestran los estudiantes preuniversitarios cubanos con el resto del elenco costarricense”(1).

Ramona de Saa, conocida por sus alumnos como ‘Sherry’, antes de ser directora de la Escuela de Ballet, fue la maestra de figuras tan importantes como Carlos Acosta. Foto: Raquel Pérez Díaz

Explica el periodista que “En Cuba la profesión del bailarín es reconocida y respetada: ningún padre o madre se opone a que sus hijos estudien ballet”, mientras que en Costa Rica “casi ningún padre de familia espera que su hijo sea bailarín, sobre todo, porque no tendrá un puesto de trabajo en ninguna institución pública”.

Parte del éxito de la escuela ha sido ser capaz de saltar por encima del racismo de quienes creían que los negros no pueden bailarlo, de los machistas que temían ver a sus hijos convertirse en homosexuales o de los elitistas que lo consideran un espacio exclusivo de la alta sociedad.

Es cierto que el ballet contó desde 1959 con todo el apoyo del Gobierno, pero no se hubiera materializado semejante proyecto sin la presencia de voluntades tan fuertes como las de Alicia y Fernando Alonso o sin el amor inconmensurable de Ramona por sus estudiantes.

La cantera de la institución no margina a ningún niño por su clase social; Ofelia Talía Rodríguez es la hija de un trabajador de la Construcción. Foto: Raquel Pérez Díaz

Cuando converso con esta maestra recuerdo la biografía de Carlos Acosta, donde la describe como una madre que le perdonaba siempre sus diabluras infantiles, le enseñó todo lo que sabía, lo acompañó en sus primeros vuelos y después lo dejó libre para que se elevara hasta la altura de su talento.

El Ballet Nacional de Cuba es mucho más que esos bailarines que vemos flotar sobre el escenario o esas flores que giran interminablemente hasta caer en brazos de un príncipe. El ballet es un sistema de engranajes perfectamente estructurado por gente que vive para la magia de la danza.

Lo que vemos es el resultado de tener una cantera de millones de niños seleccionados sin otra medida que el talento. Una carrera que abarca 8 años de enseñanza artística junto a la escolaridad. Y unos maestros que llegan con la experiencia de haber bailado por todo el mundo.

Los éxitos de la Escuela Cubana de Ballet no podrían alcanzarse sin la dedicación de generaciones de profesores. Foto: Raquel Pérez Díaz

Había que estar loco para pensar, en 1960, que se podía crear una compañía de ballet de primer nivel en una pequeña isla, de economía subdesarrollada y con apenas 6 millones de habitantes. Y mucho más loco era soñar que, en el país del son y de la salsa, el público llenaría los teatros para disfrutar de Giselle o de Carmen.

La utopía se hizo realidad y además sobrevivió a la peor crisis económica. La receta cubana tiene 3 ingredientes, el talento natural de los jóvenes, la voluntad del Gobierno y la terquedad de quienes nunca se cansaron, una tenacidad que se refleja en los ojos azules de la maestra Ramona de Saa.

 

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