¿Ha vetado el Vaticano a un embajador por su condición de masón?

El Vaticano mantiene silencio en torno a la historia difundida por el diario Il Messaggero de la que se han hecho ya eco multitud de medios internacionales: el Papa Francisco habría rechazado otorgar el plácet al diplomático Johnny Ibrahim, cónsul general de El Libano en Los Ángeles, como embajador en el Vaticano por su condición de masón. La autora de la noticia es la veterana vaticanista Franca Giansoldati. El Oriente se ha puesto directamente en contacto con la Sala Stampa, que ni confirma ni desmiente la información.

Cientos de miles de católicos, especialmente en Estados Unidos y Latinoamérica, forman parte de la Masonería, un espacio de diálogo y crecimiento en el que conviven personas de todos los credos. La Masonería, refundada en 1717 como un ámbito de tolerancia y librepensamiento tras las terribles guerras de religión entre católicos y protestantes, representaba en el siglo XIX todo aquello que condenaba una Iglesia aún defensora del Antiguo Régimen: el liberalismo, la libertad de pensamiento, la separación entre el Estado y la Iglesia, el progreso, la ciencia, la secularización de la vida política y social en Europa… En 1917, el primer Código de Derecho Canónico decretaba con claridad la excomunión para quienes se adhiriesen a la Masonería.

Cuando, en 1960, el Papa Juan XXIII promovió los primeros encuentros ecuménicos entre distintas confesiones cristianas, se encontró con que sus dos interlocutores, el Arzobispo de Canterbury, Geoffrey Fisher y el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras I, eran maestros masones. La aceptación por parte de la Iglesia, en 1965, de la libertad religiosa, que la Masonería defendía desde 1717, abrió una nueva etapa de relaciones. En 1974, el cardenal Seper, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, admitía por vez primera en un documento público la existencia de masonerías exentas de contenido contrario a la Iglesia. Coherente con esta postura, el nuevo Código de Derecho Canónico, en vigor desde 1983, eliminó toda referencia a la Masonería para condenar de forma genérica a las asociaciones que maquinen contra la Iglesia. Sin embargo, el sucesor de Seper difundió la interpretación de que esto no implicaba un cambio de criterio.

Tras la elección del nuevo Papa, la Iglesia abrió una reflexión sobre su desencuentro histórico con la Masonería. El cardenal italiano Gianfranco Ravasi, presidente del Colegio Pontificio para la Cultura, publicaba un extenso artículo en el que llamaba a un diálogo con la Masonería y basado en el reconocimiento de valores compartidos: el sentido de comunidad fraterna, la beneficencia hacia todo ser, la lucha contra el materialismo y la defensa de la dignidad humana. El cardenal ponía en valor la Masonería en su doble dimensión, humanista y espiritual. Por un lado, una visión del hombre “basada en la libertad de conciencia y el intelecto y en la igualdad de derechos” y, por otro, “un deísmo, que reconoce la existencia de Dios, pero deja abierta la definición de su identidad“.

La apelación de la Masonería a la fraternidad de todos los hombres, sin importar nuestra religión ni nuestra ideología, era inaceptable para la Iglesia de los siglos XVIII y XIX. ¿Lo sigue siendo para la del siglo XXI? Eso es algo que sólo el Vaticano está en disposición de aclararnos.

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