El futuro de la Nación: Una breve reflexión histórica

Mikel Gastelu-Iturri22/11/201714min4450

 

Sin llegar a irse en ningún momento, los nacionalismos parecen haber recuperado parte del terreno perdido. La emergencia de partidos de extrema derecha en varios países europeos, la elección de Donald Trump en EE.UU., o el referéndum del Brexit demuestran que los nacionalismos, lejos de ser un vestigio olvidado, constituyen una realidad plenamente vigente. Pero, ¿qué es el nacionalismo?, ¿de dónde viene y a dónde se dirige?

El origen de los nacionalismos

Originalmente, el nacionalismo surgió ligado a la construcción de los estados-nación en la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Esta nueva estructura rompía con la tradición según la cual la soberanía había residido en el monarca o el señor, por designación divina, para pasar a ser considerada una soberanía popular. Es a partir del pueblo y con el pueblo como se construyen las naciones, y de ahí que la nación pasara a ser una construcción social que aglutinase a las distintas clases, no sin que surgiesen conflictos entre las mismas, y siempre guiada por una élite intelectual y política.

No obstante, para comprender qué es el nacionalismo, primero hay que delimitar qué entendemos por nación. El concepto de nación se asocia a una serie de atributos constitutivos de una comunidad humana concreta, como son la etnia, la cultura, la lengua, la religión y el territorio. Sin embargo, el nacionalismo no recaería únicamente en los atributos que componen la nación y que miran principalmente al pasado, sino que debe aglutinar intereses y objetivos que le den un sentido de acción y una razón de ser para el presente y el futuro.

La Paz de Westfalia sienta las bases del sistema internacional de Estados-nación [Pintura de Gerard Terborch (1648) vía WikimediaCommons].

El nacimiento de los Estados-nación y los movimientos nacionalistas se asocia principalmente a la Revolución Francesa y al Imperio Napoleónico posterior que, a pesar de su brevedad, contribuyó a difundir los principios de la Ilustración y sembró las semillas de los movimientos nacionalistas en el resto del continente europeo (las reunificaciones italianas y alemanas de mediados del siglo XIX son ejemplos de ello). Además, el movimiento nacionalista fue surgiendo a la par que se industrializaba Europa, con lo que el capitalismo ha estado asociado desde sus inicios al proceso de creación de los Estados-nación europeos.

Nación vs. Clase

Durante su proceso de construcción, los Estados-nación encontraron un fuerte movimiento opositor en la clase obrera, que denunciaba cómo las sociedades industriales europeas se basaban en la desigualdad y favorecían a la burguesía. El movimiento obrero defendía que lo realmente diferenciador eran las clases y no las naciones, y que los objetivos de los obreros de las distintas naciones industrializadas convergían en el derrocamiento del capitalismo burgués.

No obstante, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) supuso la reafirmación de las naciones sobre las clases, pues los obreros hicieron prevalecer el vínculo a la comunidad, desmarcándose de las Internacionales Obreras. Posteriormente, la socialdemocracia europea pasó a estar más vinculada a los procesos políticos nacionales y a la búsqueda de representación parlamentaria en las instituciones democráticas, abandonando el marxismo más ortodoxo.

El orden internacional tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Dibujo publicado en la revista Trabajadores Industriales del Mundo, 30 de junio de 2017.

Pese a sus similitudes, los nacionalismos europeos no empezaron a compartir unos valores universales comunes hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, las ocupaciones coloniales y las disputas entre las potencias imperiales no permitieron asentar un sistema global efectivo de Estados nacionales. Fue tras la Segunda Guerra Mundial que los Estados-nación consiguieron asentarse como el eje principal a partir del cual se organizaba el sistema internacional y la Carta de Naciones Unidas de 1945 vino a corroborar las dos máximas del sistema internacional que desde entonces han estado vigentes (con notorias salvedades): la igualdad soberana entre todos los Estados y la no injerencia. Asimismo, y a pesar del escenario de Guerra Fría entre las dos superpotencias que emergieron tras la segunda Guerra Mundial, EE.UU. y la URSS, ambas contribuyeron al afianzamiento de un sistema internacional de Estados nacionales con la visión compartida (aunque basado en principios opuestos) de que la descolonización de África y Asia debía llevarse a cabo. Lo que a la larga supuso el aumento en la ONU de los 54 miembros originales a los 193 actuales.

¿El fin de la Historia?

Con el fin de la Guerra Fría algunos autores como Fukuyama vaticinaron el “fin de la Historia” argumentando que todos los Estados del planeta irían asumiendo paulatinamente la democracia liberal y el sistema capitalista. Si bien el segundo punto parece haber prosperado mayoritariamente y la globalización actual es un fenómeno basado principalmente en la fuerza de los mercados así como en las mejoras tecnológicas, la democratización generalizada no ha llegado a materializarse. Así pues, contrariamente a la visión de Fukuyama, la paz perpetua no llegó al sistema internacional y el final de la Guerra Fría propició la emergencia de nuevos conflictos que se habían mantenido latentes hasta entonces, muchos de los cuales tienen un componente nacionalista muy importante.

 El impacto de la globalización

El sistema internacional de finales del s.XX y principios del s.XXI se ha caracterizado por el fenómeno de la globalización. Este proceso implica principalmente la incapacidad del Estado para supervisar y controlar todas las áreas de la vida ciudadana mediante las políticas gubernamentales, en favor de los actores privados, los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales y las fuerzas de mercado. Pero, ¿qué supone esta globalización para el nacionalismo?

Para algunos autores como Jürgen Habermas, este fenómeno nos traslada a un escenario postnacional donde los Estados ven perforada su soberanía y su capacidad para llevar a cabo las políticas sobre su territorio. Este proceso estaría transformando también las identidades de los individuos, pasando a vincularse más laxamente con el sentimiento nacional clásico que ha existido durante los últimos dos siglos. Esto se debería, por un lado, a la pérdida de legitimidad del Estado frente a la sociedad, en tanto que éste es menos capaz de hacer frente a unos retos que antes eran nacionales y ahora se han trasladado al terreno de lo global y lo trasnacional y, por otro lado, por la emergencia de nuevas identidades colectivas más heterogéneas fruto de la globalización y de las oportunidades que ha supuesto para los individuos.

Una comunidad de valores

Este proceso tal vez sea más evidente en los Estados pertenecientes a la Unión Europea, donde cada vez existe más interpenetración entre lo interno y lo externo, entre lo nacional y lo comunitario. La UE, como proyecto regional, ha supuesto la creación de vínculos e interdependencias entre los Estados a partir de una base fuertemente normativa y legal que tenía como objetivo implícito atenuar el impacto pernicioso de los nacionalismos, que llevados al extremo habían supuesto las dos guerras más destructivas de la historia europea y mundial.

Mapa satírico de Europa, 1899 [Foto vía Fred W. Rose].

Por lo tanto, la UE podría constituir lo que se ha pasado a denominar una comunidad de valores, y en términos de nacionalismos, si bien no existe como tal un nacionalismo europeo, habría contribuido a generar un vínculo entre los distintos nacionales en lo que a valores tales como la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos, el respeto a las minorías y la propiedad privada se refiere. Esto lo han pasado a denominar algunos autores como “Patriotismo Constitucional”, es decir, el paso de la comunidad de origen histórico a la comunidad de valores y principios compartidos.

Un mundo a distintas velocidades

En cualquier caso, no todas las zonas del mundo se organizan tal como lo hace Europa. Robert Cooper lo clasificó como el mundo premoderno, el moderno, y el postmoderno, siendo éste último donde se situaría la UE y sus Estados miembros. La realidad mundial en las otras dos esferas, especialmente en el mundo premoderno donde los Estados son demasiado débiles para ejercer un control real sobre su territorio, parece haber sido la del incremento de la conflictividad a consecuencia de movimientos etnonacionalistas (principalmente étnicos y culturales que apelan a la historia y al pasado). Los conflictos de los ’90 en los Balcanes Occidentales, con el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, el genocidio en Rwanda, la guerra civil en el Congo, y los conflictos separatistas en Sri Lanka o Georgia son algunos de los ejemplos de conflictos intraestatales, a pesar de que la guerra tradicional entre Estados sí que se ha visto disminuida en las últimas décadas.

¿El recurso perpetuo?

El orden internacional sigue estando basado en la existencia de Estados-nación cuyo componente nacional constituye su retórica principal, imponiéndose generalmente los intereses nacionales a los valores compartidos. Por lo tanto, mientras esta sociedad internacional se fundamente en Estados nacionales, la vigencia de las naciones que los sustentan prevalecerá, y con ello el resurgir de los nacionalismos más virulentos que subyacen en ellos supondrá un problema recurrente.

Quizá  la humanidad termine desprendiéndose de las naciones no tanto por elección como por necesidad, cuando asuma que existen problemas de dimensiones globales como son la desigualdad social, las armas nucleares o el cambio climático, que no se resolverán desde una óptica intrínsecamente miope e insolidaria.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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