Las “circulares” de Isla de Pinos.

 

Prisión Modelo. (Las circulares). Isla de Pinos

Fue un viaje interminable, primero en la guagua que me llevaba a Batabanó  y luego en el barquito que me cruzó a Isla de Pinos, ahora convertida en una prisión de alta seguridad. Un viaje en el que tuve al temor y la ansiedad como continua compañía. Realmente el temor y la ansiedad se habían convertido en una constante  en mi vida desde aquel nefasto 30 de noviembre de 1960.

Al llegar, la pavorosa imagen de las circulares que conformaban La Prisión Modelo, parecía ocupar toda la extensión de la isla y el aire se hizo más espeso y acre, como si las penas y suspiros de los hombres allí hacinados lo hubiesen contaminado. Me puse en cola, junto con decenas de otros rostros angustiados, todos guardando un silencio casi religioso mientras nos acercábamos al primer control. Allí me cachearon, revisaron mi bolso y me pasaron a una habitación donde una miliciana hacía una exploración vaginal y anal a las mujeres. Intenté abstraerme de vejación que me esperaba fijando mi atención en un calendario que colgaba de una gris pared de cemento: 10 de diciembre de 1961.

Cuando llegó mi turno aguanté estoicamente la violación de mi cuerpo. Por fortuna mi cerebro era inviolable. Estaba blindado dentro de un solo pensamiento: él estaba allí esperándome, en el patio interior de una de las circulares. Iba a verle tras más de un año de creerle muerto. Homero, mi amor, mi maestro, él, que había sido apresado y  acusado de actividades contra revolucionarias y cuyo rastro se había esfumado  hasta que, unos días atrás, un misterioso individuo  llegara a mi casa para dejar en mis manos una aún más misteriosa misiva: “Él está en Isla de Pinos. Lo tiene todo arreglado para que el próximo sábado, día de visita, pueda usted entrar a verle. Esté en la prisión a las 10 de la mañana.” Así de escuetas fueron las letras que me sumieron en una mezcla de euforia y pavor. La euforia de pensar que mi amado estaba vivo y que tendría la posibilidad de volver a encontrarle, el pavor de que todo fuese una broma macabra o, peor aún, una especie de trampa.

Desde su detención yo vivía esperando que el temido G2, la policía militar del régimen, llegase a mi casa y efectuase conmigo uno de sus ya famosos actos mágicos de desaparición. Sentada junto a la puerta, sintiéndome  poseída por un morboso sopor, aguardé, durante meses, lo que temía y a la vez deseaba; compartir el destino de Homero. Decenas de personas de mi entorno habían sido borradas del mapa en el dramático último año. A partir de que el gobierno hiciera pública noticia de la existencia de varios grupos anti castristas, estos, sistemáticamente,  fueron eliminados como por arte de birlibirloque. Un solo infiltrado lograba desintegrar toda una célula y de ella solía salir un hilo conductor que llevaba al descubrimiento y consecuente aniquilación de otra célula. Y así fueron cayendo cientos de personas, algunos amigos y pertenecientes a la profesión como Vivian de Castro,   Albertico Insúa, Cary Roque o Griselda Noguera…

 
                       Cary Roque                      Alberto Insúa               Griselda Noguera

Ya desenmascarado el comunismo, tras las tajantes palabras de Castro durante uno de sus interminables discursos, “aquí no valen términos medios. ¡O conmigo o contra mí!”, la represión se había desatado y nada quedaba de la Cuba libérrima a la que habíamos llegado mi familia y yo tantos años atrás, ni de aquella revolución prometedora de verdores y justicia, de paz y blancas palomas. Una especie de delirio persecutorio tenía enfermos a miles y miles de cubanos que solo deseaban que se aceptara su neutralidad, poder seguir sus vidas sin que pusieran a la fuerza en sus cintos una pistola y sobre sus cuerpos el uniforme de la milicia, requisito imprescindible para ser vistos con buenos ojos por el sistema.

La instauración de los Comités de Defensa de la Revolución, sitos  en cada manzana de la Habana, acabó controlando  la vida del pueblo. Con plenos poderes de registros y vigilancia sobre su “jurisdicción” nada podía hacerse sin pasar por su control. El hecho de que un grupito de tus propios vecinos tuviera esas potestades, era cuando menos, humillante. Y así vivíamos cada día los que no nos habíamos sometido a las imposiciones militaristas  de Fidel.

La situación en mi casa, tras el encarcelamiento de Homero, se convirtió en un caos. El fin de mi carrera había sido sentenciado cuando la actriz, Violeta Jiménez, allí en la escalera de C.M.Q., me dijera a voz en cuello y de sopetón “¡tu presencia está prohibida aquí, gusana, después de que encubrieras al “vende patria” de tu amante! Recuerda que te tenemos vigilada”. Como una bola de sucia nieve, aquellas palabras fueron rodando y creciendo hasta contaminar todo el espectro artístico de mi país de adopción. Estaba vetada. A pesar de no haber tenido problema directo alguno con la policía se me había “descatalogado” y mis intentos por indagar el origen de tamaña arbitrariedad se perdían en ese laberinto sin fin de la  burocracia  y la desidia que tan bien describiera Kafka en su inacabada novela El proceso.

El estado anímico de mi padre empeoraba por días, incapaz de digerir la realidad de como sus ideales se derrumbaban en medio de injusticias y desmanes. Hacía meses el famoso Teatro Shanghai había sido cerrado y como consecuencia Arsenio se había quedado sin trabajo. Pero lo más terrible para él era comprobar que sus utópicos sueños del “paraíso socialista” se iban a pique.

En cuanto a las mellizas, con sus benditas y recién descubiertas mañas de costureras, brotadas de su inacabable caudal artístico, de la imperiosa necesidad y de su desbordante amor hacia la familia, lograban mantener la casa.

Y de pronto aquel misterioso individuo llegó a mi puerta. “Está en Isla de Pinos…” ¡Un rayo de luz después de tanto tiempo de rigurosa noche!

Prisión de La Cabaña
Al comienzo de su cautiverio, durante su estancia en la prisión del Castillo de San Carlos, la Cabaña, y aún en espera de juicio, Homero  había logrado hacerme llegar subrepticiamente cartas, palabras rebosantes de pasión y esperanza, papeles que tras su lectura quedaban plagados de los manchones que mis lágrimas formaban al amalgamarse con la tinta.

 

Paredón de fusilamiento de La Cabaña

De pronto, un día, se cerró el grifo de mis alivios, cesaron sus mensajes, y del terrible agujero que aquel silencio dejó en mi vida comenzaron a brotar tigres, buitres y lobos rabiosos empeñados en destrozarme a mordiscos las entrañas. Era tal la impotencia de no saber lo que ocurría que, armándome de un valor inusitado, me dirigí un día a la cárcel de La Cabaña. Solicité hablar con el comandante y, por uno de esos misterios insondables, el hombre aceptó recibirme. “Hace un mes ese traidor fue juzgado y condenado a pasar por el paredón. La sentencia ha sido ya ejecutada”, fueron sus únicas y heladas palabras.Al comienzo de su cautiverio, durante su estancia en la prisión del Castillo de San Carlos, la Cabaña, y aún en espera de juicio, Homero  había logrado hacerme llegar subrepticiamente cartas, palabras rebosantes de pasión y esperanza, papeles que tras su lectura quedaban plagados de los manchones que mis lágrimas formaban al amalgamarse con la tinta.

Pero  de súbito, un año después de aquel día, llegaba hasta mis manos la misteriosa nota:  «está en Isla de Pinos”. No valieron dudas o miedos. La mera posibilidad de verle, de que la noticia de su fusilamiento hubiese sido  una sádica mentira  puso alas a mi corazón y motores a mis pies. Aquel sábado, de madrugada, salí furtivamente de mi hogar, sin querer someter a mi familia a los tenebrosos “acasos” que ese misterioso viaje conllevaba. En el más total de los secretos había tomado la guagua que me llevaría a Batabanó  y luego el barquito que me transportaría  a Isla de Pinos, asfixiada por los más dispares sentimientos.

Patio interior de una circular. Prisión de Isla de Pinos

Aquel año de prisión, y sabe Dios  qué clase de humillaciones y sufrimientos, habían trasformado a mi amado. Cuando le  pregunté qué iba a ser de nosotros sus palabras acabaron por desecar las pocas gotas de sangre que aún quedaban en mi cuerpo. “No quiero que vuelvas a verme. Mi vida ya es en sí demasiado dura”. Así de tajante y de sencillo. “No quiero que vuelvas a verme”. El epitafio para mi gran historia pasional. En ese momento mi corazón se fraccionó en pedazos tan pequeños que sentí que nunca podría reconstruirlo.Y ya estaba allí, dentro de una de aquellas moles de cemento y rejas, superados los registros y vejaciones, esperando encontrar su amado rostro entre los cientos de otros rostros macilentos,  empujada  por la ansiedad  de los demás visitantes, buscando su amada cabeza entre la muchedumbre. Y de pronto, Dios mío, lo vi, tan hermoso como siempre, sobresaliendo entre todos, luminoso como un olímpico dios. Sí, volví a verle. Volví a verle, pero no le vi. No al Homero que yo recordaba. No al dulce amor de mis 18 años. Vi a un hombre endurecido por la prisión.  Allí, en ese patio común, entre el montón de almas perdidas que nos rodeaba, me habló de cosas, tan ajenas a lo que había sido nuestro pequeño y particular mundo, que me parecieron dichas en un idioma  ininteligible. Con un tono de voz que no reconocía me habló de lucha, de derechos atropellados, de política, de venganza, ¡pero ni una palabra de amor! Homero al fin me hablaba. Pero no era mi Homero. Y yo le oía pero no le entendía. Al llegar el momento de la despedida me extendió su mano en un gesto que congeló mi alma: “Hay que disimular. Mi mujer viene a verme la próxima semana”.

He ahí el motivo por el cual digo que, ni aquel barco que volvía de Isla de Pinos esa mañana del mes de diciembre de 1961, ni la guagua que  regresaba a La Habana me llevaron realmente en sus destartalados vientres, no a mí, no a Yolanda. Solo trasportaron un cuerpo sin corazón, sin esperanza, sin futuro. Un desarticulado pelele de 20 años.  Ella, la verdadera, se había quedado suspendida entre el limbo y el infierno, tras los muros de aquella cárcel de alta seguridad donde entró una mañana llena del amor que había sido su única fuerza y apoyo y de la que ya nunca más salió.

Bahía de Cochinos.

Publicado por Yolanda Farr en 2:14

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