Rusia: entre el autoritarismo y la ciudadanía activa

A la memoria de Arseny Roginsky, un hombre decente
Miles de rusos en las calles protestando los abusos de Vladimir Putín. Foto de archivo: laprimera.pe

HAVANA TIMES – Hace cinco años, los rusos salieron masivamente a la calle a reclamar a su gobierno el respeto al derecho a elegir libremente sus autoridades. Desde entonces, de modo accidentado, las movilizaciones sociales -por reclamos sociales, civiles y políticos diversos- han sido parte de las noticias que llegan desde el país euroasiático. Coincidentes con la atención renovada que la opinión pública internacional concede a un país cuya agenda política doméstica y exterior no hacen más que cobrar protagonismo, en los tiempos que corren. Partiendo de lo anterior y en sintonía con la serie de trabajos que estamos publicando sobre la protesta y represión a lo largo del orbe, hoy publicamos este texto en Havanatimes (1).

La Rusia postsoviética ha evolucionado, a lo largo de un cuarto de siglo, de una democracia delegativa a un autoritarismo competitivo (2). Si bien subsisten formalmente las instituciones democráticas, estas son manipuladas profunda y sistemáticamente por el oficialismo en contra de la oposición. Ello no supone la anulación de la política opositora sino más bien su acotamiento –a triunfos en gobiernos locales y diputaciones puntuales- y sobre todo, su canalización extrainstitucional a través de movilizaciones y protestas.

Así, lo que vemos en autoritarismos competitivos como el ruso es que las posibilidades de acción política pueden ubicarse en una posición intermedia: es mayor respecto a regímenes más abiertos (democracias liberales como EEUU o Chile), en las cuales es relativamente baja la necesidad de irrumpir en el espacio pùblico y existen canales alternativos de debate político; pero también respecto a otros más cerrados (autocracias de partido único como China y Cuba), en los que las opciones de movilización suelen ser exitosamente reprimidos. La experiencia rusa muestra como la reacción de este tipo de régimen frente a las protestas populares presenta variaciones y dinámicas específicas: puede caracterizarse inicialmente por la implementación de un paquete de concesiones para aliviar las tensiones; pero a esta fase sigue  el intento de reducir las fuentes de incertidumbre política a través de la represión.

Cuando el poder se endurece…

Durante la década del 2000, en paralelo con se caracterizó por una recuperación económica -fuertemente ligada a los altos precios petroleros y la exportación de armamento-, el reordenamiento estatal –en la forma de expansión de la burocracia, recentralización política y administrativa- y el crecimiento de la clase media -ligada al boom del consumo urbano-, y también comenzaron a producirse diversas formas de protesta en contra de políticas del Gobierno.

En 2004 miles de rusos se movilizaron contra  la nueva autopista Moscú-San Petersburgo, en 2006 salieron a la calle contra la subida de los precios. Aunque dichas protestas tenían dos particularidades: inadecuada coordinación a nivel nacional y apelaban a las autoridades para resolver los problemas.

De esa manera, poco a poco se fue pasando de acciones directas y puntuales a diversas marchas, asambleas y mítines. El uso estratégico de la tecnología -Internet, telefonía celular, redes sociales-se volvió importante en la movilización, así como el rol de Moscú como ubicación principal para la organización de protestas masivas.

A fines de la primera década del siglo XXI, la frustración de importantes sectores de la población -en especial de segmentos de la clase media urbana- hacia la política oficial creció considerablemente, a raíz de varios factores: los escándalos de corrupción, la ausencia de reformas sistemáticas y los rumores -luego confirmados- de una nueva candidatura de Putin.

Si bien en 2009 la población se ilusionó en torno a una posible política reformista del presidente Medvedev, para septiembre de 2011 se aprobó una reforma constitucional que extendía el mandato presidencial de 4 a 6 años. Los demócratas rusos entendieron que Medvedev había sido “usado” por Putin para ocupar por tercera vez el cargo y que la intención de este último era quedarse al poder durante mucho más tiempo.

El sistema político autoritario ruso empezó a perder legitimidad ante segmentos de la población más educada, activa y politicamente movilizable; suscitándose en estos un sentimiento de insatisfacción hacia el status quo. Así comenzó el ciclo de protesta conocido como Revolución Blanca -por el color de los distintivos de los participantes-, que se extendió hasta marzo de 2012, con numerosas y masivas manifestaciones a lo largo del territorio ruso (3). La insatisfacción ciudadana empezó a ser orientada hacia el estado como conjunto y no, como solía pasar en el pasado, a personas y agencias gubernamentales individuales.

….la protesta emerge

El movimiento de 2011-2012 no fue consecuencia de un repentino despertar de la sociedad civil rusa, sino el resultado de un proceso de cambios en la sociedad que se había desarrollado durante la década del 2000, en concomitancia con la primera fase de Putin en el poder. Las sospechas de fraudes en las elecciones de 2011 y la consecuente frustración de las esperanzas de los rusos, contribuyeron a fomentar las iniciativas de movilización.

Voy para la reelección.  Foto: youtube.com

Probablemente la Revolución Blanca, más allá de su importancia y de los resultados prácticos alcanzados, representó un síntoma de un conjunto de cambios sociales que se estaban dando en el país, de una amplia variedad de reivindicaciones y, en general, de la necesidad de un diálogo entre los palacios y la plaza. Desde entonces se ha registrado una particular atención sobre nuevas formas de protestas públicas y de oposición que han evidenciado los límites del régimen de Putin y han afectado la percepción del Estado como un modelo eficiente de gobernanza.

Por otro lado, el progresivo endurecimiento del régimen ha afectado la voluntad de un segmento amplio de los ciudadanos de participar en manifestaciones con el objetivo de reclamar sus derechos -especialmente civiles y políticos- y mejores condiciones. Un importante número de ellos auspician la implementación de un sistema político diferente tanto a la democracia occidental cómo al régimen soviético, mostrando el éxito parcial  de la propaganda gubernamental relativa a la necesidad de adoptar el modelo de autoritarismo competitivo codificado cómo “democracia soberana”.

Como señalan estudios recientes del Centro Levada, el rol de los medios de información (y propaganda) oficiales, el peso de las tradiciones nacionalistas, paternalistas y estatistas en la cultura política rusa así como el atraso material y cultural de amplios sectores de la población -unidos a la aspiraciones conservadoras de la clase media ligada a la burocracia estatal- configuran un tipo de actitud poco proclive a la incidencia política activa y al apoyo a las reformas estructurales dentro de la Rusia actual.

Sin embargo, los cambios en otro sector de población políticamente activo -sectores juveniles, clases medias y populares urbanas, intelectuales demócratas y activistas de izquierda, entre otros-, aun considerando las limitaciones institucionales existentes, no parecen desaparecer.

Los movimientos sociales producen transformaciones profundas en las culturas políticas, las subjetividades y los sujetos involucrados; algunas de esas son acumulativas, soterradas y emergen en cuanto las oportunidades les son propicias. En ese sentido, ecos de las movilizaciones de 2011-2012 pueden estarse presentando, en otro contexto y con distintos rasgos, hoy.

Las sorprendentes protestas anticorrupción de marzo de 2017, protagonizadas por jóvenes de diversa extracción social en numerosas ciudades del país, así como las concentraciones opositoras de fines de año -encabezadas por A. Navalny- lo demuestran.

Según el politólogo Andrei Kolesnikov, Jefe del Programa de Política Doméstica e Instituciones políticas del Carnegie Center (Moscú), hay conexiones entre los eventos de 2011-2012 y las marchas de este año por cuanto “el rasgo principal de aquellas protestas -como las del 26 de marzo pasado- fue una motivación más ética que política. No se orientaban a tomar el poder: denunciaban la deshonestidad del poder”.

Las manifestaciones de la primavera pasada en toda Rusia, muestran aún una sociedad activa, que emplaza a las autoridades, si bien con motivaciones más “socioeconómicas” -la corrupción y sus efectos en la gente – que “cívico políticas”. Si en 2011-2012 las protestas fueron a la postre neutralizadas, con una mezcla de represión, propaganda y concesiones, ahora la existencia de protestas distribuidas y agendas conectadas con agravios locales, dificultaron la criminalización. Y pueden servir para que los líderes de la vapuleada oposición reconecten con las bases y preparen fuerzas de cara a las disputas derivadas de las elecciones de 2018.

Para un Kremlin acostumbrado a altísimos niveles de consenso y apoyo social -resultantes del patriotismo post-Crimea y la disputa con Occidente- la movilización de rusos de distintos estratos sociales en grandes metrópolis y ciudades del interior, puede ser una señal de que sus canales de retroalimentación con la población necesitan ser revisados (4).

La actual situación podría saldarse con una estrategia de atención a los reclamos ciudadanos (lucha contra la corrupción, mejoras en política social, diálogo con la sociedad civil) o por el contrario, con un escape hacia delante, con un mayor control social y una reforzada presencia de los elementos militares y de seguridad en el entorno y prioridades políticos de Putin. Como indica la politóloga Tatiana Stanovaya, jefa de Departamento del Centro de Tecnologías Políticas (Moscú), la coyuntura de relanzamiento de la candidatura del mandatario a otro mandato (de 2018 a 2024) supone un momento de alta sensibilidad política.

Así que, independientemente de las medidas que el Gobierno ruso tome, parece que en los años por venir el Kremlin no podrá confiar en la complacencia absoluta de sus ciudadanos. En Rusia la política sigue, pese a todo, viva.
—–
Notas:

1- Este texto resume algunos resultados de un trabajo mayor sobre política y protesta en Rusia -realizado con la colaboración del colega James DÁngelo- de próxima publicación. Agradezco las opiniones compartidas por Andrei Kolesnikov, Tatiana Stanovaya y Alexey Kovalev.  Para profundizar en el tema recomiendo los textos de A. Baunov, A. Kolesnikov, A. Cheskin, T. Lankina, S Greene y D White, aparecidos en revistas como Communist and Post-Communist Studies,  Post-Soviet Affairs, Communist Studies and Transition Politics, Communisme y Demokratizatsiya: The Journal of Post-Soviet Democratization, así como los libros de Samuel A Greene “Moscow in Movement: Power and Opposition in Putin´s Russia” (Stanford University Press, 2014) y de G.B Robertson “The Politics of Protest in Hybrid Regimes: Managing Dissent in Post-Communist Russia” (Cambridge University Press, 2010).

2- Democracia delegativa según la definió Guillermo O`Donnell; autoritarismo competitivo como lo conceptualizan Steve Levitsky y Lucan Way.

3- Algunas fuentes extienden los ecos del ciclo de movilizaciones hasta 2013, pero los principales acontecimientos tuvieron lugar de 2011 a 2012, enmarcados en las elecciones legislativa y presidencial. Para un buen resumen –con vínculos a biografías, testimonios audiovisuales y notas de prensa- de los acontecimientos ver https://en.wikipedia.org/wiki/2011%E2%80%9313_Russian_protests

4-Como indicó al autor el periodista A. Kovalev, experto en política rusa y colaborador de Moscow Times, OpenDemocracy y The Guardian, “state media blackout failed because there are now independent outlets and blogs rushing to fill the void. So the unforeseen consequences are a difficult media reform (state media concentrate on foreign coverage while ignoring domestic matters), maybe less pressure on civil society groups because it’s just making things worse, maybe some token compromises, because there’s a presidential election coming up in 2018 and you can’t just tighten the screws forever.”

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político…..soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana…y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.

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