Qué poco nos gusta decidir y optar…

 A veces nos gustaría que otros decidieran por nosotros. Dios, mis padres, mi jefe, mi mujer… Muchas de las quejas que albergamos sobre el mundo en el que vivimos y sobre la vida que llevamos, las solucionaríamos de un plumazo… haciendo que alguien decidiera algo. Cómo nos cuesta. Maridos que engañan a sus mujeres y pretenden que sean ellas las que decidan si siguen juntos o se divorcian. Hijos que pretenden que sean sus padres los que decidan sobre las consecuencias de sus actos. Creyentes y no creyentes que buscan en Dios al gran ejecutor que decida de una vez qué hacer con el mundo. Trabajadores que quieren que su jefe salve la empresa. Curas que esperan a que el obispo hable. Docentes que no se mueven mientras el director de su centro no diga algo. Políticos que vivirían en un perpetuo referéndum con tal de no ser ellos los que se la jueguen decidiendo… Y podríamos seguir.

¿Pero somos mayores o qué nos pasa? ¿O seguimos siendo niños de teta? ¿Qué nos pasa? ¿Es que pensamos de verdad que uno puede vivir sin tomar ninguna decisión seria en su vida? Algunos parecen conseguirlo a costa, por supuesto, de su felicidad. Porque incluso la felicidad es una decisión.

Toda decisión implica opción. Como diría Chesterton, no se puede repartir la tarta y, a la vez, quedarnos con toda ella. No se puede repartir el corazón y quedarnos con él. No se puede ejercer la libertad sin gastarla. Ni se puede elegir sin dejar, ni caminar hacia un lugar dejando atrás otros. No nos gusta. Querríamos poder vivir sin tener que optar, cuando es la opción lo que nos hace verdaderamente humanos. No nos guiamos por instintos ni estamos programados por ningún ingeniero. Ese es el drama actual.

Si por algo podemos decir que nos hacemos mayores, adultos, maduros, es precisamente porque tomamos opciones que ya nadie toma por nosotros y que, además, asumimos libremente y responsablemente las consecuencias que se deriven de esa elección. Si hemos optado por permanecer en un infantil jardín de edén, que me avisen para bajarme del carro. Yo quiero crecer y seguir caminando. No es Peter Pan precisamente mi héroe de juventud… No es en ese tipo de líderes en los que creo. Pero el horizonte no es esperanzador. Cuando comparto la manera en la que intentamos funcionar en casa mi mujer y yo, con nuestros hijos, me siento cada día más solo. Estamos criando generaciones bastante incapacitadas para hacerse mayores. Decidimos todo por ellos. Por si acaso. Evitemos el error a toda costa, y el daño, y el dolor… evitando así también la resiliencia, la superación, el crecimiento emocional, el aprendizaje y la sabiduría. Sigamos resolviéndoles la vida a nuestros hijos que comprobaremos en no mucho tiempo como son incapaces de tomarla entre sus manos con todo su peso.

Yo he tomado un camino. No es el más transitado. Que no me falten las fuerzas. Hasta el final.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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