“Reconocemos el legado del Grande Oriente, sus valores democráticos y su búsqueda del perfeccionamiento del ser humano”

En este entorno estuvo en 1889 la sede de la organización masónica Gran Oriente Español, exiliada en México durante la dictadura franquista e integrada en la Gran Logia de España”. Así reza la placa conmemorativa que el Ayuntamiento de la ciudad de Madrid ha dedicado al Grande Oriente Español en la sede que ocupó en Pretil de los Consejos,

Los teniente de alcalde Marta Higueras y Mauricio Valiente, junto con el concejal presidente del distrito Centro, Jorge García, y el Gran Maestro de la Gran Logia de España – Grande Oriente Español, el Muy Respetable Hermano Óscar de Alfonso, han participado en el descubrimiento en el Madrid de los Austrias de esta distinción. Al acto acudieron personalidades de los diversos grupos políticos del Ayuntamiento de Madrid y otros municipios de la región, la Embajada de México, el Ateneo de Madrid, y la práctica totalidad de las organizaciones masónicas con presencia en España.

La Gran Logia llevaba cerca de diez años solicitando la colocación de una placa, y el Gobierno municipal ha querido reconocer el legado histórico del Grande Oriente y sus valores democráticos y de búsqueda del perfeccionamiento del ser humano“, explica el Ayuntamiento. La placa forma parte del Plan de Placas Memoria de Madrid, creado en 1990 para mostrar en las fachadas de los edificios de la ciudad la relación de los hechos acaecidos con valor histórico, las personas relevantes que vivieron en esas casas, o la importancia de inmuebles singulares.

Discurso del Gran Maestro

Gracias por devolvernos nuestra historia. Gracias por esta placa sobria y sencilla con la que, a partir de hoy, aquellos que callejeen por el Madrid de los Austrias podrán encontrarse con el Grande Oriente Español. La Masonería, sin la que difícilmente puede entenderse la historia occidental de los últimos tres siglos, constituye uno de los faros éticos y morales más importantes de los principios y valores que hoy todos compartimos en las sociedades democráticas. La Masonería, que conserva y transmite su depósito iniciático en la quietud de sus templos, es luego capaz de iluminar el mundo, de ayudar a cambiarlo, de hacerlo más justo y fraterno, a través de los actos libres de cada uno de sus miembros. Y créanme si les digo que este estrecho recodo del mundo que ahora pisamos, fue un día el corazón de uno de los faros más brillantes que ha conocido su historia. Créanme si les digo que son muy pocas las Grandes Logias o los Grandes Orientes que han transmitido la luz, la ilustración, a tantos seres humanos.Aquel Grande Oriente Español, fundado en 1889 gracias al impulso del Muy Respetable Hermano Miguel Morayta, fue muy pronto considerado una institución masónica mundial de primer orden. En 1922 contaba con casi 500 Logias de las que más de la mitad se encontraban en lejanos territorios como Estados Unidos, Filipinas, Puerto Rico, Cuba, República Dominicana, Marruecos, Argentina o Turquía. Y todas ellas tenían su centro en el número cinco de este Petril de los Consejos, que ni siquiera es calle. Es una historia olvidada que hoy, el Ayuntamiento de Madrid, desea recordar. Lo cierto es que ni siquiera nosotros, los masones, sabemos desde cuándo ni porqué nuestros Queridos Hermanos eligieron este lugar para reunirse. Si sabemos, que al menos 20 años antes de la fundación de aquel Grande Oriente Español ya lo hacían. Lo cuenta Galdós en uno de sus últimos Episodios Nacionales, ‘La Primera República’, una novela que trascurre íntegramente en 1873. En ella, el protagonista relata lo siguiente al deambular por estas calles que ahora pisamos:

“Al llegar a la iglesia del Sacramento vi que de la calle Mayor descendían sigilosos, como negros fantasmas, algunos embozados, y se precipitaban en la obscuridad del Pretil de los Consejos. «Estos son masones -me dije- que van a la Tenida de esta noche»”.

La historia de la Masonería, en cada país en el que ha estado presente, es la historia de sus principios y valores, que no han cambiado en todos estos siglos. La Masonería sólo desea dos cosas: que cada ser humano se conozca a sí mismo y que se comporte fraternalmente con sus semejantes. Y sobre estas dos bellas columnas, sobre estos dos principios, ese ser humano libre para pensar y obligado por su conciencia a tolerar al que piensa diferente, se convierte en ciudadano en el sentido más noble, más griego que puede tener la palabra ciudad. La historia de la Masonería, en cada país en el que ha estado presente, es la historia de sus principios y valores, que no han cambiado en todos estos siglos. Si pensamos en todos los países que se han fundado sobre esos principios entre los siglos XVIII y XIX, si pensamos en Italia o Suiza, en Argentina o Estados Unidos, hallaremos masones entre sus padres de la patria. En otros países, como el nuestro, la Masonería fue perseguida y estigmatizada por los totalitarismos políticos o los integrismos religiosos, que deformaron con leyendas negras nuestros fines de igualdad fraterna, de tolerancia entre los seres humanos y promoción del librepensamiento.

Y lo que pasó en este estrecho recodo del mundo, en este suelo que pisamos, se olvidó hasta hoy, hasta esta placa, hasta este gesto lleno de sentido. El surgimiento del pensamiento totalitario en Europa a partir de los años 20 supuso una prueba de supervivencia para la Masonería. Miles de masones de aquel Grande Oriente Españolperdieron su vida en la represión sin leyes de la Guerra Civil. Los que sobrevivieron fueron juzgados en tribunales especialmente creados para la represión de la Masonería. Los pocos que lograron escapar preservaron la llama de nuestros valores y principios, lejos de este Petril de los Consejos. El Grande Oriente Español, que había propagado desde este lugar que hoy honramos la luz de la Masonería por todo el mundo, tuvo que enfrentarse al exilio. Amparado y protegido durante más de 40 años en México, un país con el que la Masonería Española tendrá una deuda imperecedera, sólo pudo retornar a España tras la muerte del dictador. Tuvo que esperar hasta 1979 para poder inscribirse en el registro de asociaciones. Nadie recordaba ya la verdadera historia de aquel Grande Oriente Español ni de los masones españoles que lo habían precedido. Quiero hacerlo yo a través de un fragmento de ‘Masonería Española’, uno de los últimos textos publicados antes de morir, en 1917, por el fundador del Grande Oriente, por el Querido Hermano Miguel Morayta, Catedrático de Historia en la Universidad Central. El texto, que habla de las calles de Madrid, dice así:

“Fue mucha la influencia ejercida en nuestra historia por los masones: lo demuestran las calles de Abascal, Alberto Aguilera, Alcalá Galiano, Andrés Mellado, Antillón, Cabarrús, Calvo Asensio, Carlos Rubio, Castelar, Cristino Martos, Conde de Toreno, Doctor Mata, Duque de Rivas, Empecinado, Espoz y Mina, Velasco, Ecosura, Espronceda, Evaristo San Miguel, Fernández de los Ríos, Istruiz, Joaquín María López, Lacy, Manuel Cortina, Conde de Aranda, Malcampo, Manuel Becerra, Méndez Núñez, Martín de los Heros, Martínez de la Rosa, Mendizabal, Moratín, Moret, Oraá, Muñoz Torrero, Rivero, Núñez de Arce, Orense, Prim, Príncipe de Vergara, Quintana, Sagasta, Riego, Torrijos, Tutor, Argüelles, Porlier, Pardiñas y Ricardos”.

La Masonería sólo es capaz de iluminar el mundo a través de los actos libres de cada uno de sus miembros. La venganza más terrible es hacernos olvidar que lo son. Como Gran Maestro de la Gran Logia de España, que hoy preside la Confederación Masónica Interamericana o tiene un papel permanente en la Conferencia Mundial de Grandes Logias, mis obligaciones me llevan a menudo a otros países. Puedo asegurarles que son muchos los países, los hermanos que recuerdan mejor que nosotros mismos lo que ocurrió en este Petril de los Consejos. Somos historia viva de la conquista de sus derechos y libertades como ciudadanos. Por eso, gracias de corazón, en nombre de seis millones de masones extendidos por toda la tierra, por fijar los recuerdos, por devolvernos un pedazo de nuestra historia con esta placa sobria y sencilla. En la encrucijada que afrontamos todos en el siglo XXI, que esta placa sea un recuerdo permanente de nuestra razón de ser.

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