La vulnerabilidad de los regímenes democráticos ante sus propias reglas (I)

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Moisés Tiktin

Hace unas semanas el referéndum de Cataluña fue calificado por el Rey Felipe de España como “un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas”, afirmando que “sin respeto no hay convivencia democrática posible en paz y libertad”. El referéndum y el plebiscito son herramientas políticas que pueden atraer un voto masivo sin pensar en las consecuencias económicas de largo plazo y en la viabilidad de la propia democracia. Hannah Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo hace notar que el plebiscito es una herramienta antigua utilizada por líderes políticos que buscan atraer a las masas que se sienten excluidas por la sociedad y no representadas por ningún partido.

No es la primera vez que la familia real española establece los contrapesos necesarios para defender la democracia. En 1981, cuatro años después de la muerte de Franco, ante la incertidumbre causada por una huelga general en las provincias vascas, el coronel Antonio Tejero, miembro de la Guardia Civil, tomó las cortes en Madrid, mientras el general Jaime Milans declaraba una emergencia nacional y exigía al Rey Juan Carlos la disolución de las cortes y la instalación de un gobierno militar. El Rey Juan Carlos rechazó las demandas de los conspiradores y defendió la Constitución, lo que sin duda fue un gran acierto, que permitió la supervivencia de la democraci

Las democracias no siempre cuentan con contrapesos. En octubre de 1911, Pu Yi, el último emperador de China, fue derrocado. El imperio manchú que había gobernado por 260 años llegó a su fin. La Asamblea Revolucionaria proclamó la República China con Sun Yat Sen como presidente. Este líder había iniciado desde 1905 la Alianza Revolucionaria, cuyo objeto era derrocar la monarquía, y fundó poco tiempo después el Partido Nacionalista, el Kuomintang. Sun Yat Sen. Fue hasta principios de los 20 cuando pudo aglutinar en el Kuomitang a nacionalistas y comunistas.

Cuando Sun Yat Sen murió, en 1925, su controversial estratega militar Chiang Kai Shek tomó sorpresivamente el control del Partido y lo dividió, transformó la República en una dictadura después de traicionar en 1927 a los comunistas, a quienes se enfrentó en las siguientes décadas en una sangrienta guerra civil, que terminó 20 años después, cuando finalmente Chiang fue expulsado de China Continental por las fuerzas de Mao Tse Tung, en 1949, estableciendo la República Nacionalista China en la isla de Formosa (Taiwán). Sun Yat Sen es considerado hasta la fecha el fundador de la República China, derrocó a la monarquía corrupta e ineficiente y unió a la población china con una visión nacional (de corte socialista), pero fue imposible establecer contrapesos para evitar la dictadura de Chiang Kai Shek. Su historia muestra lo difícil que es mantener una democracia, ante líderes autoritarios y oportunistas que pueden utilizar en su favor las reglas del juego de la democracia.

Los discursos populistas, la demagogia y la “economía ficción”, que crean expectativas infundadas para resolver los problemas, son instrumentos ampliamente utilizados para ganar elecciones y transformar democracias en dictaduras. En 1998, Hugo Chávez ganó la elección en Venezuela de manera holgada, ya que la sociedad venezolana estaba harta de la corrupción y de la falta de representación en el gobierno. Los dos partidos dominantes en Venezuela, el AD y el COPEI, habían gobernado alternadamente desde 1958, sin embargo, no satisfacían las demandas de la población, que no se sentía representada por ninguno de los dos partidos. Un importante segmento del pueblo venezolano decidió creer en un exgolpista que había intentado derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez en 1992, confiando ciegamente en el socialismo bolivariano, cuyo discurso populista y demagógico prometía eliminar la pobreza, la desigualdad, la inseguridad y la corrupción, sin explicar claramente cómo se lograrían estos objetivos. Tras tomarlo, en 1998, Chávez consolidó el poder, transformando la democracia venezolana en una dictadura populista, donde el derecho de propiedad fue violado de manera cotidiana y la Constitución se fue transformando para asegurar la reelección. La “economía ficción” del chavismo se evidenció a partir de la caída en el precio del petróleo, cuando se hizo imposible seguir subsidiando a los sectores que más votos le daban. La historia reciente de Venezuela muestra la vulnerabilidad de la democracia ante líderes populistas que plantean soluciones económicas irrealizables, pero también da una señal clara del impacto que el hartazgo de la sociedad ante la corrupción y la falta de representatividad tiene en el voto.

La transformación de una democracia en una dictadura no es algo exclusivo del siglo XX. En 1848, año de revoluciones en toda Europa, Francia eligió a Luis Napoleón, sobrino de Napoleón Bonaparte, como presidente de la Segunda República. Desde el principio, el nuevo gobierno, apoyado por las masas, buscó cambiar las leyes para reelegirse, pero optó por dar un golpe de Estado en diciembre de 1851. La fecha era significativa, ya que conmemoraba la victoria de Napoleón Bonaparte en Austerlitz y su proclamación como emperador. El 31 de diciembre se anunciaron los resultados de un plebiscito que permitía al presidente gobernar por 10 años. Tan sólo un año después, un nuevo plebiscito transformó la Segunda República en el Segundo Imperio y Luis Napoleón asumía el título de Napoleón III. El rasgo distintivo del régimen bonapartista, que fue modelo para los movimientos populistas de derecha, fue la habilidad para apelar a las “masas” y al “pueblo” que fácilmente se deja llevar por posturas nacionalistas.

Después de la Primera Guerra Mundial varios países se constituyeron como democracias. Sólo una década después, varios de éstos se habían convertido en regímenes autoritarios, ya que sus ciudadanos eligieron libremente a líderes demagógicos que les prometían salidas fáciles ante los graves problemas económicos y sociales que enfrentaban. Muchos de estos países (entre ellos Alemania, Austria, y Hungría), tomaron como modelo el fascismo italiano, que parecía resolver los problemas económicos de una manera más efectiva que las propias democracias.

Italia había luchado del lado de los países victoriosos en la Primera Guerra Mundial, con la promesa de Gran Bretaña y Francia de que iba a poder expandir su territorio en la Costa Adriática. Sin embargo, durante las Conferencias de París de 1919, Italia no obtuvo las anexiones territoriales que quería, lo que provocó una oleada nacionalista que dañó irreversiblemente los fundamentos de su democracia liberal. La percepción interna era que “Italia había ganado la guerra, pero había perdido la paz”. Se hablaba de la “victoria mutilada”. Bajo ese entorno de inestabilidad, donde el Partido Comunista cobraba poder con los obreros y las clases medias seguían el discurso nacionalista, el gran beneficiario de las divisiones económicas y sociales fue el veterano de guerra Benito Mussolini, que venía de las filas de la izquierda, donde nunca sobresalió. Este líder inició el movimiento de las Camisas Negras y pudo atraer a través de sus discursos demagógicos y nacionalistas a las masas de inconformes y desempleados que no se sentían representados por su gobierno, ni por los demás partidos. Mussolini, que era un gran oportunista, se dio cuenta de que podía obtener más ventajas si atacaba a sus antiguos compañeros de partido, los comunistas, logrando de esa manera el apoyo de los empresarios y terratenientes, lo que le permitió crear el Partido Fascista en 1919. Este partido se consideraba superior al resto de los partidos, porque “representaba los intereses de la nación en su conjunto”, tema utilizado posteriormente por el nazismo y el estalinismo. Para lograr sus objetivos, los fascistas no dudaban en usar la violencia, destruyendo cooperativas, oficinas de sindicatos e imprentas de los partidos de izquierda, todo esto sin ninguna restricción del gobierno, que se hacía “de la vista gorda” para no enfrentarlos.

En 1922, con el apoyo de gran parte del ejército y de los conservadores, Mussolini organizó la Marcha de Roma, exigiendo el control del gobierno. El Rey Víctor Manuel III se vio obligado ante el caos existente, a otorgarle la jefatura de gobierno. Mussolini suspendió el gobierno constitucional e inició el proceso para implementar un Estado autoritario que duró 20 años. Supo crear una impresión de orden entre la sociedad italiana que decía con admiración: “Con Mussolini los trenes funcionan puntualmente”. Desarrolló un culto a su propia personalidad a través de símbolos, uniformes, estandartes y marchas que recordaban al pueblo italiano la grandeza del antiguo imperio romano. Su método propagandístico fue imitado por la mayoría de los dictadores de los años 30 y es un claro ejemplo de populismo demagógico. Durante la Gran Depresión la caída del PIB en Italia fue moderada debido a su poca dependencia del comercio internacional y a una inyección muy rápida de gasto gubernamental y militar. Esto le dio a Mussolini gran prestigio y la admiración de personajes como Franklin Roosevelt y Winston Churchill, cuyas economías estaban siendo muy afectadas por la caída de la producción y el elevado desempleo.

La realidad de la “economía ficción” del fascismo se hizo evidente hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando Italia se alió con Alemania y Japón. Años de intervención gubernamental ineficiente, cuyo último objetivo era la expansión territorial que nunca se logró, fueron reflejados en la deficiente actuación de Italia en la guerra y en la miseria que el país enfrentó después de ésta.

Tal vez el mejor antídoto contra las dictaduras es que las democracias tengan los contrapesos adecuados. Esto no es fácil de lograr para una democracia incipiente o una democracia desprestigiada por la corrupción, pero debería ser el objetivo de todo país democrático para asegurar su permanencia. No hay dictaduras en la historia que hayan demostrado consistencia con las promesas populistas que las llevaron al poder, ni que hayan mejorado de manera permanente las condiciones económicas y sociales de su población.

En la segunda parte de este artículo comentaré las dificultades que enfrentaron las principales democracias en la década de los 30, la influencia del fascismo italiano en Alemania y Austria y la repercusión de la presión estalinista sobre las democracias en los 30 y los 50 . Comentaré algunos rasgos comunes de los gobiernos totalitarios.

Para concluir, vale la pena recordar la famosa frase de Churchill: “La democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando a todas las demás”.

*El autor es director general de Banca Privada y Mercados de Banco Monex.

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Autor: gustavo1941

Ex preso politico cubano, refugiado en EE UU. Presidente de la Academioa Cubana de Altos Estudios Masonicos de la Gran Logia de Cuba de AL y AM (2005 a 2011); Gran Canciller Secretario General del Supremo Consejo del grado 33 para la Republica de Cuba del REAYA(2005-2008). Autor y conferencista.

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