EL MASÓN COMO CENTRO DE SU CÍRCULO

El desafío mayor que enfrenta todo Masón a lo largo de su preparación es la eliminación de su natural tendencia a vivir concentrado en su propia persona, es decir, en ser el centro de su propio círculo.  No nos referimos aquí a profanos que jamás han recibido instrucción espiritual alguna y por eso tienen un burdo egoísmo, porque se sobreentiende que quienes buscan entrar a una Orden Masónica de algún modo ya tienen una cierta preparación espiritual, o al menos un cierto interés en el autodesarrollo y la espiritualidad, y ahora aspiran a continuar progresando dentro de la Masonería, lo cual necesariamente implica que ya han dejado atrás un poco el burdo egoísmo que provoca la ignorancia.

 

Nos referimos aquí en particular al común defecto humano de vivir cada uno de nosotros de manera habitual como centro de nuestro propio círculo, o sea, concentrados casi todo el tiempo en nosotros, pensando en nuestros asuntos, en nuestros deseos, en nuestro trabajo, en nuestros intereses, en nuestros deberes, en nuestros problemas, y en nuestra sola persona como foco central de nuestra atención, y lo más lejos que llegamos es a preocuparnos por nuestros hijos y familiares cercanos, pero muy poco o nada por los demás, por la comunidad, o por el mundo de una forma concreta o activa. 

Con el común de las mentes humanas estructuradas de esa forma, lo más frecuente es que quienes se acercan a una Orden Masónica vienen pensando únicamente en cómo ésta los ayudará a mejorarse y a avanzar, pero no captan aún la esencia real de la Masonería. Eso significa que subyace aún en ellas el pensamiento humano egoísta de que las enseñanzas que recibirá lo harán mejor a él, —es decir, a su persona—, que lo prepararán mejor, lo harán más conocedor, más sabio, o que podrá destacarse más en los trabajos que realice, que hará las cosas mejor que otros hermanos, que llegará a ocupar algún puesto masónico más importante que el de otros, o que recibirá diplomas, medallas, o reconocimientos que lo distinguirán o lo engrandecerán de alguna forma ante la vista de los demás. 

El candidato entra frecuentemente con esa estructura mental a la Masonería procedente del mundo profano, es decir, entra considerando casi exclusivamente sus intereses personales porque eso es lo que la vida misma nos enseña a todos. A algunos también le agrada la idea de ser Masón porque algún pariente suyo lo fue, o lo es, o porque piensa que el entrar a una Orden Masónica le dará prestigio, o le brindará oportunidades especiales de reconocimiento o de brillar de alguna manera. Salvo en los casos de las personas que ya han recibido una previa preparación espiritual o que están formadas dentro de alguna otra orden fraternal que practica la fraternidad, la caridad y el altruismo, el interés del Aprendiz común por lo general no pasa de ser un simple deseo de auto-mejoramiento personal. 

Y si acaso la mente del profano ocasionalmente se detiene a pensar en los demás lo hace solo en relación consigo mismo, esto es, pensando en sus conveniencias o sus deseos personales. Por ejemplo, cuando alguien piensa que asociarse con una cierta persona o con una organización le será beneficioso por alguna razón, o que a través de esa persona u organización podrá lograr o conseguir algo. Esto es un pensamiento muy normal y muy común en nuestro mundo, pero quien aspira a Masón debe saber que esto es un pensamiento egoísta porque está basado en el interés y la conveniencia personal, no en una genuina preocupación por el bienestar de los demás, ni por el beneficio de esa organización. 

Pero el ser humano es así, y cambiar una cualidad tan arraigada en la naturaleza humana es cambiar por completo la raíz nuestra. Requiere un gran esfuerzo convertir a un simple profano en un verdadero Masón, en un ser completamente distinto de lo que originalmente era su naturaleza. Esa transformación ocurre en la persona gradualmente a medida que va interiorizando y practicando las enseñanzas masónicas. Los Aprendices al principio no imaginan siquiera la necesidad de cambiar radicalmente su forma de pensar, ni siquiera se les ocurre que eso sea necesario, porque no están conscientes del innato egoísmo que habita en ellos. A lo sumo se percatan del egoísmo humano en sentido general, o el de otras personas, pero rara vez contemplan el suyo propio o se detienen a analizarlo. 

Sin embargo, está claro que para poder modificar cualquier aspecto de nuestra naturaleza, primero tenemos que comenzar por reconocerlo. Esto es real a todos los niveles. Por ejemplo, no existe curación posible para un alcohólico, si la persona no toma primero conciencia de su situación y de su necesidad de eliminar ese mal hábito por su salud y por su bienestar y el de su familia. Y lo mismo ocurre con los fumadores. Ningún fumador deja de hacerlo porque otra persona se lo pida, porque para eliminar un vicio la persona tiene que tomar conciencia de él y de la necesidad de erradicarlo. O sea, que todo cambio profundo en nuestra naturaleza, para que sea verdadero, duradero, y real, tiene que provenir de adentro de la persona misma para poder manifestarlo hacia afuera;  y no de afuera hacia adentro, impuesto por otras personas o por determinadas circunstancias o condiciones, porque así no funciona. 

El egoísmo es un defecto que va en detrimento del avance espiritual y moral de cada ser humano en general y de cada Aprendiz Masón en particular. Esa concentración de la atención sobre la propia persona, sobre sus intereses o asuntos personales; esos intentos de aparentar humildad o sencillez, pero buscando en realidad un reconocimiento o un elogio; esa práctica de la caridad que se anuncia por lo alto, hay que cambiarlos radicalmente porque no son otra cosa que egoísmo disfrazado o encubierto. 

Ese es un círculo vicioso cuya única salida es adoptando la grandeza, la sencillez y la humildad del Amor como premisa fundamental en Pensamientos, Palabras y Acciones. Sólo el amor nos permite ver, sentir, y obrar con claridad y exactitud, contemplando la divinidad en todos nuestros hermanos y en todos los seres, en vez de enfocarnos en nosotros. Como Masones, tenemos que refinar nuestra naturaleza hasta que aprendamos a amar con nuestras mentes y a pensar con nuestros corazones, porque una mente que no ama carece de compasión, y un corazón que no razona es incapaz de comprender al prójimo.
Así, muchos candidatos entran a la Masonería ciegos a estas verdades espirituales. Avanzan por el sendero tratando de perseverar para lograr el triunfo que buscan, y su tenacidad es ciertamente premiada al ser recibidos como Aprendices. Armado con las herramientas masónicas materiales y espirituales que se le entregan, comienza a partir de su Iniciación su verdadero trabajo masónico, que es aplicar el principio de la Voluntad para comenzar a modelar las imperfecciones de su naturaleza con su propio esfuerzo. En lo adelante, ése será su mayor deber y su más grande responsabilidad, pero también su más ardua y difícil tarea durante su largo recorrido de perfeccionamiento masónico.

 
El hombre común a medida que evoluciona va aprendiendo lenta y gradualmente a perfeccionar los aspectos egoístas de su naturaleza, pero quien se convierte en Masón ha escogido apresurar esos esfuerzos trabajando sobre sí mismo de una forma constante, deliberada y consciente, para pulir todas sus esquinas defectuosas y eliminar todas sus rudezas e imperfecciones. Y para llevar adelante este proceso tiene que comenzar por destronarse a sí mismo, dejando de ser el centro de su propio círculo para colocar allí en vez al G:.A:.D:.U:.

 
Cuando el candidato masónico era aún un profano, vivía pensando instintivamente en cómo algo le podía ayudar o afectar; qué beneficio lograría haciendo esto o aquello; o cómo podría obtener ganancia, placer, o reconocimiento con algo. Pero ahora, convertido en Aprendiz Masón, la Masonería le enseña poco a poco a ampliar el radio del trazado de su compás personal para pensar y actuar de una forma diferente, dejando a un lado todas sus conveniencias personales para tomar ahora conciencia de cuanto pueda afectar a sus Hermanos de Logia, a su Orden Masónica, y al prójimo en general. De esta forma, el Aprendiz va poco a poco “puliendo su piedra tosca” mientras expande su radio de acción, y dándose cuenta cada vez más de cuándo sus pensamientos, palabras y acciones conllevan transgresiones de la Ley Divina o Cósmica, o dicho de otro modo, cuándo están actuando en contra de la evolución y generando consecuencias adversas, y cuándo lo están haciendo a favor y colaborando con el plan evolutivo.

El Aprendiz contempla ahora las cosas, no desde su anterior punto de vista personal, egoísta y limitado como centro de su propio círculo, sino desde un punto de vista más amplio, capaz de considerar la utilidad y el beneficio —o el mal uso y el entorpecimiento— que sus propios pensamientos, palabras y acciones pueden traerle a sus hermanos o al medio donde él se encuentra. Al principio tendrá que hacer un esfuerzo para estar consciente y mantener deliberadamente esa conducta, pero eventualmente su naturaleza asimilará esas enseñanzas y lo hará todo de una forma inconsciente o instintiva, olvidándose completamente de sí y pensando únicamente en el bien del prójimo de una forma espontánea. Esto irá revelando su progreso porque constituye una modificación de su naturaleza, en vías de perfeccionamiento.

 

No obstante, ¡alertas!, porque incluso después que el Masón se haya destronado a sí mismo como centro de su propio círculo y haya colocado o entronizado allí al Maestro, tiene que ser muy cuidadoso en el futuro para no engañarse al realizar sus trabajos masónicos, ya sean sencillos o complejos, para que su vieja forma de conducta concentrada en su persona no vuelva a prevalecer o a irrumpir de nuevo con más fuerza, o lo que es peor aún,  a manifestarse de nuevo con alguna variación más sutil y encubierta que antes, porque la mente humana inventa muchas sutilezas para engañarnos y retomar los viejos hábitos que permitirán el retorno encubierto del ego al trono.

Muchos buenos y dedicados Masones cometen el error de identificar sus trabajos consigo mismos. El Masón que no ha pulido aún suficientemente su naturaleza, llega a pensar que si el trabajo masónico que se le asignó salió bien, eso fue debido a que él, “su persona”, fue quien lo hizo, porque vive convencido de que ningún otro hermano lo hubiese podido hacer mejor o a su altura. También se molesta si algún hermano no coincide con sus puntos de vista, porque él considera los suyos superiores; y hasta piensa que lo que él escoge o decide es la única vía correcta para hacer esto o aquello, porque cree que los demás no son capaces de pensar con su claridad mental, que están siempre equivocados o que simplemente son unos ineptos. Cuando esto ocurre, eso significa que el ego ha vuelto a treparse a la cima y a ocupar su viejo lugar en el centro del círculo del Masón, y hay que comenzar de nuevo la ardua tarea de desalojarlo otra vez de allí por completo para volver a entronizar allí al Maestro.
El Aprendiz tiene que trabajar tenazmente en el perfeccionamiento de su naturaleza con la ayuda de su Voluntad para pulir sus imperfecciones, y no tratar jamás de sobresalir ni de competir con sus hermanos en la Logia. Debe pensar siempre que no es él (su persona) quien realiza los trabajos que se le asignan, sino que él es solamente un vehículo del G:.A:.D:.U:., que es quien obra a través de él, para extender el bien a los demás y al mundo.
Claro que es posible que cuando el Aprendiz era aún el centro de su propio círculo, algunas veces  él realmente hiciera un buen trabajo en el desempeño de sus tareas, pero el error radica en que lo hacía creyendo que “su persona” era la causa de ese triunfo o logro, porque antes era incapaz de comprender que es el Maestro quien obra a través de él —y de cada uno de nosotros como Masones— para beneficiar a los demás, elevar el estado de conciencia, e impulsar la evolución de la humanidad. El Aprendiz tiene ahora que aprender a contemplar su trabajo personal como si fuese el de otro hermano, y el trabajo de sus demás hermanos como si fuese el suyo propio, porque solo de esa forma la labor de todos juntos trabajando en armonía podrá convertirse en manos que manifiesten, realicen, e impulsen la Gran Obra.
El Masón no debe felicitarse demasiado por sus logros personales, ni buscar reconocimiento por sus buenos actos, ni darlos a conocer para que otros se los elogien, ni pensar que ya ha aprendido tanto que se lo sabe todo o que nadie puede enseñarle nada más, ni creer que su piedra ya está tan pulida que ni le hará falta ni reencarnar de nuevo, ni que se ha elevado tanto en su condición espiritual que ya es un ser superior o diferente del resto de sus hermanos, porque todos los hermanos masones somos iguales y todos estamos en ese largo proceso de perfeccionamiento interno. Las enseñanzas morales y espirituales de la Masonería y el vasto simbolismo masónico conllevan una visión diferente de las cosas, conque es natural que el Aprendiz Masón se sienta al principio un poco distinto en cierto modo, pero jamás debe creerse mejor ni superior a sus hermanos, eso es un grave error.

Ocasionalmente, hay Aprendices que llegan a la Masonería sin una previa preparación esotérica, mientras que otros han estado con anterioridad en otras tradiciones que los han ayudado también en su camino de progreso. Un ser humano perfeccionado tiene que desarrollarse en todos los aspectos, conque debemos estar preparados para aceptar que en nuestro sendero de perfeccionamiento moral y espiritual algunas veces tenemos que enseñar a otros hermanos, mientras que otras veces tenemos que aprender de ellos. No olvidemos jamás que como mismo una gota de agua solo adquiere poder cuando se une a otras gotas de agua y se convierte en mar, nosotros todos somos pequeños focos de luz que unidos conformamos y nos integramos a una Luz Mayor. 

Por otro lado, cuando un hombre es el centro de su propio y pequeño círculo, está cometiendo el error de creer que él es igualmente el centro que ilumina todos los demás círculos ajenos. La persona que se equivoca de esta forma con frecuencia se incomoda o se ofende con los demás porque es incapaz de comprender que, por regla general, las demás personas viven demasiado ocupadas consigo mismas y con su propio círculo también donde él no constituye prioridad alguna. El hombre que olvida eso se busca una enorme e innecesaria cantidad de disgustos y problemas que bien pudiera haberse evitado si tan solo supiese contemplar las cosas bajo una perspectiva más amplia y menos personal.
Por eso cuando colocamos al Creador como punto central dentro de nuestro círculo, poco a poco vemos que todos los trabajos masónicos que emprendemos los hacemos no para nuestra propia conveniencia, complacencia, ni beneficio personal, sino con un propósito más noble, altruista y amplio, que es el de ayudar al prójimo y servir mejor a nuestros hermanos, a nuestra Logia, y a la Orden Masónica a la cual pertenecemos. Con la continuación de esta práctica iremos perfeccionando nuestra naturaleza para permitir que afloren, una a una, todas las virtudes que coronan a una gran alma. A medida que el Masón aprende las enseñanzas de los distintos grados, se aplica en su estudio y las pone en práctica, el trazado de su círculo personal se va ampliando cada vez más, hasta que llega un día en que su círculo “se hace infinito en extensión” cuando alcanza la verdadera Maestría, que es la de identificarse para siempre con el Creador. La Maestría Masónica, desde el primer grado hasta el último, no es sino la gradual ampliación de nuestro estado de conciencia con el consecuente desarrollo de las virtudes: Fe, Esperanza, Caridad, Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza.


El Masón necesita de la Fe, 
porque sin ella no podría comprender el mundo invisible ni adentrarse en el conocimiento de los mundos sutiles. Necesita de la Esperanza, porque en ella se encuentra la Fuerza que sostiene su vida. Necesita de la Caridad, que es el Amor, porque sin esa virtud sería cruel e inmisericorde, y jamás podría soportar la pesada carga de la vida ni preservar la nobleza en su corazón. Necesita de la Justicia, porque sin ella sería ofensivo, impío e injurioso, y terminaría destruyéndose a sí mismo y a los demás. Necesita de la Prudencia, porque sin ella carecería de discernimiento, sus juicios serían descabellados y terminaría haciéndose daño a sí mismo y a los demás. Necesita de la Fortaleza, porque sin ella caería en la soberbia, la ira, la codicia, la gula, la envidia, la lujuria, y la falta de humildad, porque todos esos defectos los engendran las flaquezas del corazón que nos impiden ser seres dignos. Y necesita de la Templanza, porque sin ella no tendría valor para hacer los cambios necesarios en su vida, ni medida alguna en sus actos, ni siquiera en el comer, beber, hablar, vestir, o actuar, y acabaría trayendo deshonra sobre sí mismo y sobre la Logia y la Orden a la cual pertenece. Educir estas virtudes por medio de la Voluntad nos llevará a la Victoria.

 
Que la Voluntad nos permita entonces perseverar en nuestros esfuerzos para alcanzar esas Virtudes dentro de la Masonería, hasta que llegue ese glorioso día en que podamos alcanzar la verdadera Maestría, que no es la anunciada ni la conferida por grados, diplomas, ni galardones externos, sino la Maestría espiritual interna, la que poseen los verdaderos Maestros y los Grandes Seres. Y que la Fuerza, la Belleza y la Sabiduría, que son las tres Grandes Luces de la Masonería, coronen siempre todos nuestros trabajos dentro de la Gran Obra, elevando todos y cada uno de nuestros Pensamientos, Palabras y Acciones, hechas con verdadero amor, a la honra y gloria del G:.A:.D:.U:.

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