Características del sector sin fines de lucro en Mexico

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La creciente importancia del sector no lucrativo en México nos obliga a acotar con algunos criterios delimitadores lo que entendemos por este sector y qué tipo de organizaciones incluye. El conjunto de ellas constituye un universo heterogéneo y diverso dentro del cual se puede distinguir una tipología variada en lo político, social e ideológico. Por esta diversidad es difícil encontrar un contenido normativo común (Mochi, 2003). En realidad, la amplia heterogeneidad de los actores que participan y trabajan en este sector, así como la ausencia de normativas nacionales que uniformen, tipifiquen y regularicen esta categoría, impiden la formalización de una definición unívoca.

Una breve revisión de las ciencias sociales en general y de la economía en particular (Ackeman, 1996) pone de manifiesto la dificultad que entraña, desde el marco teórico conceptual (Donatti, 1996; Girardo, 2003, 2005, 2007; Olvera, 1999), el análisis de un sector asentado en el principio de no lucrar. Sin embargo y a pesar de estos límites, se han realizado magníficas aproximaciones teóricas (Weisbord, 1991) y empíricas (Clot-feler, 1992) a este sector institucional, que tiene una notable y creciente presencia en ciertas actividades económicas, sociales y culturales, además de efectos significativos sobre la eficiencia y la equidad.

Una característica peculiar de las OSC es su pertenencia a una dimensión institucional poco común: lo público no estatal (Bresser y Cunill, 1998). Estas organizaciones actúan como sujetos en nombre del bien público. Son expresión de la ciudadanía activa. La innovación que más destaca es que introducen, dan forma (política y organizativa) a un cambio en las estrategias de la ciudadanía. Va más allá de la tradicional dicotomía entre lo público y lo privado, supera la coincidencia entro lo público y el Estado, a la vez que redefine esas nociones. Para distinguir lo público de lo estatal y de lo corporativo, entendido como algo que es de todos y para todos, se lo opone en este sentido tanto a lo privado (volcado al lucro o al consumo) como a lo corporativo (orientado a la defensa política de intereses sectoriales: partidos políticos y sindicatos) (Girardo, 2003). Las instituciones que componen este sector son las organizaciones no gubernamentales (ONG), las asociaciones, las organizaciones de base o de apoyo, de defensa de los derechos, las organizaciones ciudadanas; instituciones de asistencia privada, asociaciones de vecinos, fundaciones; organizaciones de tipo cultural, de matriz religiosa, deportivas y de esparcimiento; urbanas territoriales, de comunidades indígenas, de estudios y análisis políticos; entre muchas más. Se las denomina tercer sector, economía solidaria, organizaciones de la sociedad civil, no gubernamentales, instituciones de asistencia privada, sin fines de lucro, de promoción social y desarrollo, organizaciones civiles… Y si bien no todas estas expresiones significan lo mismo, sí expresan la necesidad de acotar una realidad específica: representar a organizaciones que buscan el bienestar de las personas, por medio de sus acciones o de su injerencia en la construcción de la agenda pública.

Una segunda peculiaridad que las distingue respecto de los otros sectores —Estado y mercado—, es que las organizaciones empeñadas en erogar servicios a la comunidad satisfacen necesidades asociadas con valores de uso no monetario, y en general se trata de bienes relacionales intangibles (Caselli, 1998; Donatti, 1996; Fiorentini, 1997) cuyas necesidades el Estado no siempre es capaz de atender, o mejor dicho, de comprender dadas sus características novedosas, ajenas a la dinámica de las necesidades comunes (más universales) que generalmente el Estado atiende mediante las políticas del Estado de bienestar. Las OSC colocaron en la agenda –mucho antes que el Estado social– políticas públicas para combatir problemas ligados con la atención a la violencia intrafamilar, a los temas del consumo de drogas, de la discapacidad o de la migración, entre muchos otros más.

Una tercera característica distintiva son los recursos de que disponen estas organizaciones, tanto financieros como humanos. Se trata de las donaciones (provenientes de la cooperación internacional, nacional y de ciudadanos), así como de los recursos humanos voluntarios, sin paralelo en la empresa privada y en la administración pública. Esta distinción les permite, al menos en teoría, que puedan disponer de recursos ilimitados, siempre que estén en condiciones de saber y poder atraer suficientes donativos o trabajo voluntario (Fiorentini, 1997). Asimismo, a estos beneficios se suma el hecho de que últimamente en México muchas organizaciones han venido experimentando nuevas formas de autosustentabilidad, merced a la prestación de servicios (venta de productos, tiendas solidarias, comercio justo), sobre todo, muchas de ellas están recibiendo financiamiento del gobierno como una forma de corresponsabilidad para gestionar servicios. Esto aporta trabajo remunerado para la consecución de metas que nutren el bien general o el interés común.

Pero, fundamentalmente, una peculiaridad que las distingue de los demás sectores son los ideales y la motivación de las personas que integran tales organizaciones, pues constituyen prerrequisitos indispensables para ingresar al sector. Sin embargo, estos ideales ya no son suficientes para garantizar de manera eficiente el éxito y la continuidad de las OSC. La experiencia demuestra que las organizaciones necesitan contar con el valor agregado en términos de competencias concretas, transparencia y rendición de cuentas que les permitan legitimar sus acciones frente a otros ciudadanos y a las instituciones.

Las peculiaridades descritas no pretenden eximir del análisis una visión más integral de estas organizaciones, en la que es necesario señalar aspectos que contradicen la tendencia de identificar a las OSC sólo como entidades honestas, justas y transparentes. Por una parte, podemos señalar que existen organizaciones racistas, antidemocráticas o fundamentalistas, así como otras que atentan contra los derechos de los grupos sociales y políticos, lo que redunda en un capital social negativo. También las debilidades que enfrentan estas organizaciones para su funcionamiento las condicionan para alcanzar metas de eficiencia, continuidad a largo plazo, transparencia, entre otras. Entre estas debilidades se cuentan: la incertidumbre sobre la capacidad de financiamiento que condiciona la supervivencia de la organización y la realización de muchos proyectos, con una visión de más largo alcance; el protagonismo otorgado en muchas ocasiones a los líderes fundadores, a quienes se les conceden atributos que minan la democracia dentro de las mismas organizaciones; la poca o nula inversión en profesionalización de sus miembros; la incorporación de procesos de rendición de cuentas, entre muchos más. En síntesis, de este universo tan heterogéneo surge un sector que debe ser entendido en su segmentación, heterogeneidad y diversidad en múltiples aspectos.

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