08/06/2020

José Martí y Santa Teresa 

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En la tela tenebrista de José de Ribera, la monja de Ávila, recibiendo la paloma alegórica del Espíritu Santo

Es harto sabida la consanguinidad entre sus escritos y los de Santa Teresa de Jesús, la santa de Ávila, que vivió a finales del “Siglo de Oro”, entre las centurias XVI y XVII. No es, a estas alturas, un descubrimiento digno de relieve, pero sí de mención cuando ante la potencia de su caudal de ideas, de su labor política, la obra del poeta y del hombre de sensibilidad queda a la sombra.

Entre Martí y Santa Teresa hay esa misma disposición al sacrificio. Recordamos, entonces, la pobreza de Martí, una de las causas de la fuga de su esposa, que le apartó al hijo. En 1891, ante las protestas del cónsul español que lo acusa de hacer propaganda a favor del separatismo y ostentar, al mismo tiempo, una representación diplomática, Martí hace renuncia inmediata a tres consulados y se consagra a la propaganda revolucionaria. Y se nota el mismo desdén por la vanidad y el lucro en su honestidad ilimitada, que lo cuida de sacar provecho personal de los recursos económicos puestos en sus manos por la emigración cubana.

Semejante se comporta la Santa, que ha de haber resaltado por sus modestos y raídos trajes entre una sociedad eclesiástica pomposa. Cada vez que fundaba un convento para sus carmelitas descalzas, intentaba rechazar las rentas que habrían hecho la vida más holgada a sus compañeras, para depender únicamente de las limosnas y el fruto del laboreo manual. Salvo en la dirección de sus empeños, Martí y Santa Teresa tienen mucho de común en sus biografías. Santa Teresa edifica constantemente el castillo interior del alma y se aparta de los acontecimientos de su hora y todo lo externo; Martí, a quien nada humano le fue ajeno, pone atención y cronica cada hecho del día, porque sabe que viene a formar parte en la constitución del hombre moderno. Y para fines tan encontrados, el estilo, esa trabazón significante de palabras, asume la misma forma.

En ambos el idioma es un instrumento demasiado dúctil. Quienes han visto el oro al 100 % de pureza saben que es un metal que se dobla con la facilidad de un pedazo de caucho, salvo que su valor es inestimable. Así es la lengua de Martí y Santa Teresa: en ambos se descubre esa voluntad de trascendencia del mero acto retórico, que subordina los arabescos de la forma a la expresión. El misticismo español, del cual Santa Teresa, San Juan de la Cruz y Fray Luís de León son los máximos exponentes en la literatura, pone al servicio de una concepción religiosa toda una mística del amor humano para expresar el divino. Santa Teresa habla de fases del acercamiento a Dios como si hablase de un castillo con múltiples moradas en las cuales se guarda un secreto. Describe el tránsito de una morada a otra, describe el interior de cada una y describe los peligros que guarda, y uno sabe que cada metáfora y cada símil apuntan a un lugar más alto, donde vive la Idea. Se trata de apuntar con palabras una experiencia que escapa a la referencialidad de la lengua, solo cercana cuando se usa de un lenguaje figurado:

«… hay cosas tan delicadas que ver y que entender –dice la Santa–, que el entendimiento no es capaz para poder dar traza cómo se diga siquiera algo que venga tan al justo que no quede bien escuro (sic) para los que no tienen espiriencia (sic), que quien la tiene muy bien entenderá.»

San Juan de la Cruz es de la misma opinión: «ni basta ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia para lo saber decir; porque sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir.» Y ese mismo deseo de comunicar, aunque sea aproximadamente, su experiencia con la divinidad, se reproduce en Martí, aunque en este se trata de comunicar un amor y un deseo por la Patria, que por lo inconmensurable y tremendo, se vuelve una experiencia personal única.

Cuentan que a pesar de lo enrevesada y hasta que oscura que era la prosa y la oratoria martiana, cada uno de sus discursos se convertía en un acontecimiento telúrico; que los obreros, los tabaqueros, incluso cuando no podían entender de modo cabal lo dicho por el Apóstol, salían enfebrecidos después de una de sus arengas. Será que ese estilo, heredado de la prosa tersa de una Santa, unía a todos en un orbe místico y los aprestaba al sacrificio y a la consagración por la lucha y liberación de Cuba. Martí, sin dudas, es el místico de la Revolución Cubana. Solo así Fidel podía hacerlo autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada.

https://lanocheoscuradelalma.wordpress.com/2013/05/19/apuntes-para-una-mistica-de-jose-marti/