(Accidente aéreo en Cuba) Mensaje del Obispo de Holguín

Mensaje de Mons. Emilio Aranguren Echeverría a las Comunidades de la Diócesis: presbíteros, diáconos, vida religiosa y fieles laicos, con motivo del accidente aéreo del 18 de mayo en vuelo de La Habana a Holguín.

Queridos todos:
Hoy y mañana – Víspera y Solemnidad de Pentecostés- celebraremos el gozo de ser Iglesia, Pueblo Fiel de Dios que, con la fuerza del Espíritu Santo, salió a cumplir con la misión que Jesús -el Señor- le había encomendado.
Por eso, quiero motivar estas letras con el primer párrafo de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II, porque considero que se actualiza hoy entre nosotros. Dice así: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón.
Pues la comunidad que ellos forman está compuesta por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el Reino del Padre
y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo a todos.
Por ello, se siente verdadera e íntimamente solidaria del género humano y de su historia”.
Ayer, estando sentado a la mesa a la hora del almuerzo, comenzó a sonar el celular con llamadas de personas de diferentes provincias e, incluso, desde el exterior del país, “para saber de nosotros” porque habían escuchado la noticia de la caída del avión que hacía el vuelo de La Habana a Holguín. Los que estaban sentados conmigo en la mesa, son testigos que, en varias ocasiones, lloré con lágrimas de cariño, gratitud, amistad y, de manera muy especial, sentido eclesial: llamar al pastor para expresar la cercanía con sus ovejas.
Con inmediatez fui al aeropuerto porque pensaba en aquellos familiares y amigos que estarían esperando a los que -en este mundo- ya no llegarán. Caminé -bajo sombrilla, ya que llovía intensamente- desde la Carretera Central hasta el edificio de vuelos nacionales. Fue ocasión para conversar con algunas amistades que proyectaban viajar hacia La Habana en el retorno del avión accidentado. También entrecrucé breves palabras con algunas amistades de los que ya eran considerados como fallecidos.
A través de la mensajería en SMS expresé los sentimientos propios ante lo sucedido a quienes -en la provincia y en la nación- representan a la Oficina para la Atención de los Asuntos Religiosos. Regresé y fui a la capilla para rezar por las víctimas del accidente, por quienes estarían en ese momento afrontando la realidad de lo que ello supone, de los familiares que, a medida que pasara el tiempo, se irían enterando que su hija o hijo, esposo, familiar, amigo estaban viajando en el avión.
Salí a visitar a unas amistades. Una vez más tuve la ocasión de comprender lo que para nosotros, en Cuba, significa “el vecindario” y “el parentesco”. Descubría dolor sincero -no anécdota superficial o comentario estéril- sino dolor de corazón, com-pasión (del que sufre con) en quienes me decían: “el hijo del doctor Tal que viajaba con la esposa y la niña”, “la bailarina que vivía frente a mi casa y se estaba mudando para La Habana”, “el hijo de la viejita de Báguanos que cumple 107 años este fin de semana”, “la hija de la que vive frente a mi hermano que venía con el esposo”,… poco después, un mensaje de Velasco, “en el avión venía la hija de una amiga con su esposo. Rece”.
Y a lo propio de los sentimientos de vecindad, amistad y familiaridad, también se unió el sentimiento ecuménico, cuando el P. Héctor Arrúa SVD, confirma la muerte de un grupo de miembros de la Iglesia “Nazareno” ubicada en el Reparto Vista Alegre, y de uno o varios pastores que regresaban de un encuentro.
Al sintonizar el Noticiero (NTV) -además de ver en acción a los bomberos, camilleros, ambulancieros, periodistas, dirigentes y vecinos de la zona en la que cayó la nave aérea- recé por la familia de los tripulantes mexicanos, de los dos argentinos y del sobreviviente que murió al llegar al Hospital “Calixto García”. Después leí en Cubadebate que dos de las sobrevivientes son residentes en la Diócesis, por tanto, aún más cercana. Todos son ovejas.
Hoy, después de leer el texto de la Nota publicada por el Secretariado de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, y de un mensaje pastoral dirigido por el P. Pablo Emilio Presilla a la comunidad de Gibara de la cual es párroco, expresando su dolor por la muerte de cuatro hijos de la Villa Blanca, me dirigí a la parroquia de Delicias para presidir la Misa al celebrarse el Pentecostés de Adolescentes. ¡El Espíritu es quien da vida!
Para quien no tiene fe, con la muerte todo se acaba; para quienes tenemos fe en Jesús Resucitado, “la vida no se termina, sino que se transforma”, tal como rezamos en la Misa de Difuntos. Así fue lo que le preguntó Jesús a Marta, cuando llegó a Betania a causa de la muerte de su hermano Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. ¿Crees esto?”. Y ella contestó: “Sí, Señor, yo creo” (Jn.11, 14-46)
Al final de la Misa se repartieron 110 flores que se habían caído de los árboles del jardín exterior.
Cada participante recibió una flor -incluyendo las religiosas mexicanas presentes- y, poco a poco, fueron acercándose al altar para ponerlas sobre él a modo de mantel para, posteriormente, colocar la custodia con la hostia consagrada y dar la bendición con el Santísimo Sacramento.
Al regresar a Holguín, recibí el texto del mensaje enviado por el Cardenal Secretario de Estado en nombre del Papa Francisco.
De esta manera compartimos “la tristeza y angustia” de tantas familias adoloridas.
Por eso, tal como está expresado en la Nota de los Obispos de Cuba: “Animo a los sacerdotes y comunidades a ofrecer la Santa Misa por el eterno descanso de los fallecidos y por el consuelo que necesitan sus seres queridos”.
De modo particular, los invito a concelebrar o participar en la Misa que celebraremos en la S.I.
Catedral de San Isidoro, el próximo martes 22 a las 8.00 pm, en la que nos uniremos, como Santo Pueblo Fiel de Dios, a tantas personas de buen corazón y sentimientos nobles que experimentan un sincero dolor
en sus corazones por lo que ha sucedido.
A las 7.30 pm rezaremos el Santo Rosario e invocaremos la intercesión maternal de María, “la que estuvo junto a la cruz de Jesús” (cf. Jn. 19,25) para que no le haya faltado a muchos de los fallecidos su protección “a la hora de la muerte”, como rezamos en el Ave María.
Es momento de orar y hacerlo con fe. También de hablar más con gestos, que con palabras, tal como María nos enseñó en Caná (cf. Jn. 2,5) haciendo “lo que Jesús nos dice”.
Concluyo con una expresión de gratitud a cuantos han enviado su mensaje de cercanía y amistad, sintiéndose parte del Pueblo de Dios -la Iglesia- en medio del pueblo holguinero.
Que el Espíritu Santo, en esta Solemnidad de Pentecostés, nos fortalezca la fe y así poder ser sus testigos.
+ Emilio,
Obispo de Holguín
19 de mayo de 2018
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