La devoción a Santa Muerte

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La muerte está definida en el diccionario como “final de la vida”, Punto. Cuando el principio vital de un cuerpo se agota, sobreviene la cesación de las actividades naturales del ser vivo y muere. Tan simple como eso, Solo las piedras no se mueren porque nunca han tenido vida. Todo ser orgánico, incluido el hombre, nace, crece, se reproduce…y muere. 

En el ser humano la muerte sucede cuando el alma inmortal, su principio vital, se desprende del cuerpo y rinde a Dios cuentas de su vida para obtener el premio por sus buenas obras, o el castigo por sus pecados. 

Dado que en la hora de la muerte nos estamos jugando la vida eterna, es imprescindible morir en Gracia de Dios, libres de pecado, sobre todo del pecado mortal que nos privarla para siempre del gozo de la presencia de Dios. O sea, debemos morir en santidad y por eso los cristianos pedimos a Dios una buena muerte, una santa muerte para ir al encuentro gozoso con Dios, Padre lleno de bondad y belleza, que saciará para siempre nuestros anhelos de felicidad completa. 

En la fe, el cristiano en santidad, como San Francisco de Asís, contempla a la muerte como la “Hermana Muerte” que nos abre las puertas del Cielo, pero también nos advierte “¡Pero ay si la muerte nos sorprende en pecado mortal!”. Esa si que seria una mala, una pésima muerte que nos llevaría al Infierno.

El hombre, sin embargo, desde la antigüedad, asombrado ante el misterio de la muerte y sobre todo del más allá, ha querido “personificar” a la muerte, representándola de muchas maneras. Clásica es la fúnebre Parca con su tenebrosa túnica negra empuñando una fatídica guadaña dispuesta a segar nuestras vidas. 

Los mexicanos, muy machos, nos burlamos de la muerte sobre todo el 2 de noviembre y nombrándola “la Calaca”, hacemos “calaveras” sarcásticas en versos y nos comemos calaveritas de azúcar. “Si me han de matar mañana, que me maten de una vez” canta el mariachi.

Pero de ese enfoque chusco de la cesación de la vida, a pensar que la muerte es una persona a la cual podemos invocar, hay un abismo de ignorancia que por desgracia existe y se ha puesto de moda como el culto a Santa Muerte, como si fuera un Santo más, como San José o Santa Lucía.

En un exceso de fanatismo se la llega a llamar “santísima” nada menos que equiparándola con la Virgen María a la cual con toda razón, por Inmaculada, la Iglesia reserva el superlativo de “Santísima”.
Un falso autonombrado “obispo” de una falsa iglesia llamada “Católica Tradicional”, organizó una solemne procesión partiendo del “Santuario Nacional de la Santa Muerte” llevando junto a imágenes de la muerte llamadas Alejandra y Caridad a estatuas de Jesucristo, de la Virgen de los Dolores y hasta de San Felipe de Jesús. ¡Qué confusiones sacrílegas!

Los devotos llenos de fervor, portaban veladoras, flores, iban rezando y haciendo penitencia. Algunos lloraban arrepentidos de sus pecados mientras otros le pedían a Santa Muerte favores especiales o le hacían promesas y mandas. 

Todo ello es una distorsión total de la realidad. No podemos invocar a la muerte como no podemos tener devoción a Santa Primavera o a Santa Puesta de Sol, porque no son personas sino procesos naturales totalmente impersonales. Todo ello es provocado y aprovechado por los negociantes del culto a la muerte y a que la venta de imágenes y sus correspondientes veladoras de diversos colores, son parte esencial del negocio. Lo malo del culto a Santa Muerte es que entre otras cosas se le invoca para obtener bienes materiales o para hacer daño al prójimo y ahí entra el astuto Satanás, el espíritu del mal, para apartar al hombre de Dios. Aprovechándose de la increíble ignorancia religiosa de nuestro pueblo y de las más bajas pasiones humanas, es capaz de hacer lo que se le pide a la muerte y entonces todo se convierte en puro satanismo. 

Ejemplo terrible de ello es la siguiente oración:

“Santísima Muerte Bendita,
yo te suplico encarecidamente
que así como Dios te formó tan inmortal,
con tu gran poder alumbra el cerebro de N.
para que se acuerde de mí y todo lo que tenga
me 1o dé impulsado por tus poderes
y sea esclavo de mi amor y lo tenga
humillado y vencido a mis pies”

¡Qué conjunto de insensateces se encuentran en esa clase de oraciones! La muerte ni es persona, ni menos santa o santísima y tampoco por supuesto es “muerte inmortal’. ¡Que grotesco absurdo! y todo ello para apoderarse de los bienes del infortunado N. y esclavizarlo “por amor”. ¡Valiente amor! El cristiano pide a Dios una buena muerte, una santa muerte, o sea en Gracia de Dios, una muerte en santidad. Por eso invocamos a San José, patrono de la santa muerte ya que murió en brazos de Jesús y de María. Para gozar de una santa muerte, vivamos siempre en Gracia de Dios, frecuentando los Sacramentos principalmente los de la Reconciliación y la Eucaristía “prendas de Vida Eterna”.

Hagamos realidad el dicho “!Qué Dios nos agarre confesados!”

“Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. “Quiso Dios ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (Si 15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue a la plena y feliz perfección” (Gs17)

“La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por si mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de si mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La Libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza”.

“Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito”.

Catecismo de la Iglesia Católica, 1730-1732http://www.laverdadcatolica.org/Esoterismo.htm

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