Historia de un secuestro en Venezuela

Las autoridades dejan sólos a quienes atraviesan por este difícil momento

Historia de un secuestro en Venezuela

Caía la tarde del sábado 18 de agosto de 2018, tres personas que regresaban de la ciudad de Puerto La Cruz a Caracas, atravesaban la temida troncal 9, carretera que cruza el estado Miranda, a la altura de la población de Río Chico. Un hombre, Randy, piloto de aviación comercial, manejaba una camioneta por la mencionada vía, iba  acompañado por dos personas cuando fueron interceptados por sujetos que, después de colocar troncos en la vía, esperan que las personas reduzcan la velocidad para abordarlos y secuestrarlos.

Se venían guiando por el GPS del teléfono celular. Al llagar al cruce para tomar la autopista que los llevaría de Río Chico hasta Caracas, giraron en dirección hacia Paparo, otra zona de esos valles barloventeños, conocida en los últimos años no precisamente por sus encantos turísticos, sino, por ser zona de secuestros.

Siguieron  de manera equivocada por la vía, iban conversando tranquilamente, hasta el momento que encontraron el tronco de algún árbol en medio de la carretera, el copiloto del vehículo, Rubén, descendió del auto para mover el obstáculo. En ese momento salieron del matorral hombres armados que los apuntaron, los sometieron, los cambiaron de puesto, tomaron el control del vehículo y se los llevaron en la dirección que estos llevaban, hacia Paparo, para luego internarse en lo más oscuro de los predios. Ya era de noche, estaban secuestrados. Una mujer comunicadora social, Froyemar, formaba parte del botín por el que pedirían rescate.

Fueron trasladados a una casa, en medio de la nada. Al llegar a este primer lugar, comenzaron las amenazas proferidas por unos 15 hombres, todos con armas en sus manos. Hombres jóvenes, todos. “Si sus familiares no pagan por ustedes, los vamos es a matar, los vamos a picar”. Ante estas palabras, el miedo paralizó a las tres jóvenes víctimas del delito. Los golpearon, esa primera noche fue difícil para ellos. Mil imágenes pasaron por sus metes viendo aquel ambiente hostil.

El padre de uno de los secuestrados, al ver que su hijo no llegaba y que no se reportaba desde horas de la tarde, pensó lo peor. Tiene experiencia por su trabajo en estas situaciones. Se fue inmediatamente al Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc) en la localidad de Guarenas, en las afueras de Caracas. Sin embargo, según los procedimientos en Venezuela, las personas deben esperar 48 para hacer la denuncia de un posible secuestro, mientras tanto, son tratadas como desaparecidas.

En el lugar, y porque conoce a algunas personas que lo ayudaron, facilitó el número de teléfono de Randy con el cual se determinó que su última llamada telefónica fue en la población de Clarines (Anzoátegui). Su padre deduce que se quedó sin batería. Ofrece el número de Rubén, al que también considera su hijo, y encuentran que la última llamada realizada desde ese teléfono fue en Río Chico a las 9 de la noche. Con esto, el ya preocupado padre terminó de reafirmar el secuestro de sus parientes.

“Cuando esto ocurre ya yo sé que están secuestrados, porque esta es una zona de secuestros, el gobierno convirtió esos lugares en zonas de paz, zona de paz es que los malandros se van a portar bien y el gobierno no entra, pero tienen fusiles”, comentó.

Vale acotar que, cuando José Vicente Rangel Ávalos fungía como Viceministro de Seguridad Ciudadana llevó adelante las conversaciones con los grupos criminales en la zona de Barlovento, hechos que fueron auspiciados por el propio expresidente Hugo Chávez en su momento. Estos lugares fueron abandonados por las autoridades, dejando a los antisociales prácticamente dueños de estos territorios.

Después de confirmar la ubicación telefónica, se fueron a sus casas. Ya era muy tarde. Al día siguiente, los familiares de los tres secuestrados fueron hasta el Comando Nacional Antiextorsión y Secuestros de la Guardia Nacional (Conas) ubicado en Caucagua, estado Miranda. Cuentan que mejor era no haber ido, el trato, o mejor dicho “el maltrato” iba a la par de la desesperación creciente por no saber de sus allegados.

Los militares para nada fueron cordiales, contaron. “Preparen 40 mil dólares porque si no, le van a matar sus hijos”, fueron las primeras palabras de los funcionarios. Les dijeron que eso no era problema de ellos, que buscaran al Cicpc. Los familiares salieron del Conas con más miedo, con más dudas, se sentían desasistidos, desamparados, según relataron.

Mientras esto ocurre en las afueras de Caracas, Randy, Rubén y Froyemar, eran movidos de la primera casa a otra por jóvenes a quienes les calcularon 15 años, armados, los cuidaban por momentos. Hubo un instante de angustia, sumado a los que ya vivían. Uno de los delincuentes manipulaba un arma, una Magnun 375, y ésta se le disparó rozando el brazo izquierdo de Rubén. El sonido del disparo, varios gritos y un silencio sepulcral, Rubén dijo que estaba bien aunque sangraba. Sólo fue un roce por suerte.

Hay que decir que Randy, tenía un vuelo programado para el día domingo caracas – Lima, que no pudo cumplir por estar privado de libertad. Es considerado un prodigio, pues tiene 27 años y vuela Boeing 737-300, el más joven del mundo en hacerlo y es venezolano.

El día lunes llegó la primera llamada. Fue Rubén quien llamó del teléfono de Randy. “Hola papá bendición”, -dios te Bendiga- le contesta el papá, Rubén prosigue diciendo, “no hable mucho, estamos secuestrados”, -cómo, no chico, Randy está volando- dijo el papá y trancó la llamada, sabiendo que sí era verdad que su hijo estaba en cautiverio. Nadie le dijo que hiciera eso. “Eso lo hice con fuerza de toro”, comentó.

El día martes 21 de agosto, el padre llamó a la aerolínea donde trabaja su hijo y le confirmaron que su hijo no fue a trabajar. A las 4 de la tarde  de ese día, recibió otra llamada en compañía de los funcionarios del Cicpc. Rubén nuevamente al teléfono, “hola, aquí está Randy conmigo”, -pónmelo- le contestó el papá. Al fondo de escuchó la voz de Randy pidiendo la bendición, “bendición, bendición”. Ahí supe que ese era mi hijo y que estaba vivo, comentó.

Rubén no es hijo biológico de quien está empezando en el proceso de negociación, Randy sí, pero desde muy joven a tratado con Rubén y lo aprecia como su hijo.

En esta segunda llamada, los secuestradores empiezan a pedir, a través de Rubén, 20 mil dólares o mataban a los tres muchachos. “Me convertí en el negociador, con valor”, comentó el papá. “Dame tiempo para buscar esa plata”, dijo a Rubén como mensaje para los secuestradores. Indicó que empezó a buscar ese dinero, a empeñar los vehículos, prendas, etc.

El miércoles 22 de agosto a las 10 de la mañana, recibió la tercera llamada desde el teléfono de Randy, pero no sería éste el que hablara, uno de los secuestradores que identificaremos como “El llamador” se hizo cargo de la negociación. “Qué pasó papá como está vaina”, dijo “El llamador”, a lo que el papá contentó -como están mis tres hijos-, “cuánto real has conseguido”, el papá respondió -600 euros-, el llamador respondió diciendo, “cómo, tienes hasta el domingo si no, los mato”.

Ese día no volvieron a llamar. Lo que si hicieron fue cambiar a los secuestrados de una casa a otra, en el monte. Quienes estuvieron bajo el “cuidado” de sus captores pudieron visualizar un cementerio de carros desvalijados y otros destruidos producto de la combustión de algún hidrocarburo, seguramente gasolina.

Para la noche del jueves 23, la familia había conseguido 5.800 dólares y 1.000 euros, entre ayudas de amigos y venta de pertenencias. En horas de la noche “El llamador” vuelve a hacer contacto telefónico. “Voy a aceptar lo que tienes”, dijo. El padre contestó, -gracias hijo-. “El llamador” trancó y volvió a realizar otro contacto cinco minutos después, “papá como me porté bien contigo, tráeme una caja de ron”, solicitó.

Querían que bajaran esa misma noche a Río Chico. El padre se negó, -yo no puedo manejar de noche soy medio ciego-, contentó. Después de una breve negociación entre bajar y no bajar, los antisociales aceptaron que no bajara. “Está bien vale bajas mañana, cuidado con una vuelta rara”.

Viernes 24 de agosto, era el día acordado para la entrega del rescate. “Bajas hasta el puente La Lapa, me mandas un mensaje de texto y yo te llamo”, dijo “El llamador”. Así fue, cuando papá llegó a Río Chico envío el mensaje y lo llamaron. “Papá, cuando llegues a la alcabala de la guardia cruza hacia la izquierda”, indicó el secuestrador que era el segundo al mando de la banda. No le hizo caso al secuestrador y se detuvo en la redoma del cacao gigante. “El llamador” se molestó, “no, no, ese no es el acuerdo”, el papá contestó, -de aquí no me muevo-.

En medio de este relato se debe mencionar, que el Cicpc maneja un protocolo diseñado por el propio Ministro del Interior Néstor Reverol, en el cual refiere que los allegados de los secuestrados deben cancelar el dinero que exigen los delincuentes para liberar a las personas. De esta manera las autoridades pueden garantizar la vida de las víctimas.

Tanta fue la presión ese viernes, que lograron que “papá” se movilizara hasta el terminal de pasajeros. Después de dos horas parado en el lugar, lo volvieron a llamar y le pidieron que se fuera hasta la estación de bomberos. “El llamador” hizo contacto, “o vienes a donde está tu hijo o los matamos”. Papá nervioso decía que no a la petición, les decía que buscaran el dinero ahí y liberaran a sus hijos. En este punto, los secuestradores sabían que funcionarios vestidos de civil se encontraban en el lugar custodiando la entrega. Por eso la insistencia de que papá se moviera.

“Ven a buscar a tus hijos porque soy un hombre serio, señor”, dijo “el llamador”. Papá dijo que no y tomó la decisión difícil de irse a Caracas.

En horas de la noche de ese mismo día, “El llamador” hizo contacto, “qué pasó, te volviste loco, los vamos a matar”, El papá respondió, -no pana, tu no crees en mi? Triste por ti-.

Ocurrió algo inesperado. Los secuestradores liberaron esa noche a Rubén, quien llegó a la casa de Papá. Algo alterado, reclamó el por qué no se había movilizado a entregar el dinero para la liberación de los tres. “Por ti nos iban a matar”, dijo Rubén en la casa. Pasaron los minutos y Rubén se calmó. Se metió al baño, tomo una ducha y después le limpiaron la herida de bala que tenía en el brazo izquierdo.

Cuando Rubén regresó de limpiar su herida, advirtió al papá. “Ahora no vayas tu a entregar el dinero, porque te quieren matar porque creen que te burlaste de ellos”.

Al día siguiente, papá se fue al Cicpc a solicitar que lo relevaran de la entrega o negociación. “yo emocionalmente no daba para más”, dijo. El Director de la división de secuestros del Cicpc Carlos García, lo increpó. “Eso no está en el protocolo y tu tienes que ir (dando un golpe a la mesa)”, según dijeron fuentes policiales.

Seguidamente, papá se fue a Río Chico, el sábado 24 a las 11 de la mañana. Se fue directamente a la estación de bomberos. “El llamador” llamó y colocó a Randy en el teléfono, “papá ellos nos van a entregar, por favor tráeles el dinero”. La muchacha también habló esta vez, pidiendo que entregaran el dinero. Ante la negativa de papá de moverse, lo volvieron a amenazar con asesinarlos. –los pongo en la sangre de Cristo y a ustedes también-, dijo el papá. Estaba lloviznando y empezaba a oscurecer.

-Okey pana, me ganaste, voy a ir-, dijo el papá luego de un largo periodo sin comunicación. “Bueno tienes que creer en mi yo he sido serio”, dijo “el llamador”. Arrancó, vio la redoma del cacao gigante, vio la intercepción de la Guardia Nacional, estaba muy nervioso, sudaba copiosamente. La situación confusa, apremiante, pensando en la vida de su hijo, le hizo tomar la decisión de apagar el teléfono y dirigirse hacia Caracas nuevamente. Papá sospechaba que al entregar el dinero, iba a salir su hijo y lo dejarían a él y lo matarían.

Papá llamó al resto de sus hijo, y les dijo –nos vemos en la casa, no pude-. Al llegar a la casa, desesperado y deprimido, llamó a la mamá de la muchacha y a una tía de Rubén para que se acercaran.

Posteriormente, en una reunión con García del Cicpc y el resto de los familiares, en un clima nada agradable, no sólo por el propio hecho del secuestro, sino por reclamos entre el director y papá, y en medio de eso, el protocolo ministerial que obliga a las víctimas a buscar el dinero para pagar el secuestro y otros lineamientos extraños, se decidió que un tío de Rubén hiciera las veces de negociador.

Papá le entregó el dinero y su celular, porque era allí a donde estaban llamando los delincuentes. Éstos, hacen contacto el domingo en la noche, y hablan con el tío de Rubén. Los secuestradores insisten en que sea papá el que lleve el dinero. El tío les dice que había peleado con papá y éste se había ido y que sería él, quien entregaría el dinero.

“El llamador”, se comunicó ese domingo horas después. “Okey ya comprobamos que eres el tío de Rubén, baja con el dinero ya”. El tío contesta que no tiene carro que no puede bajar a esa hora y papá estaba en una clínica que no lo podía llevar. Quedaron en que sería el día lunes la entrega. Mientras tanto, los dos jóvenes, Randy y Froyemar, sólo comían una arepa a las seis de la tarde que le daban sus captores.

El día lunes 27, un largo día, cerca de las 3 de la tarde, después de estar desde las 9 de la mañana en el terminal de pasajeros de Río Chico, se acercó un motorizado a recoger el dinero y el tío de Rubén lo entregó. El acuerdo era que liberarían a los dos jóvenes al día siguiente. Sin embargo, el martes 28 de agosto asesinaron a un chofer de autobús en Río Chico y se complicó la liberación.

La banda de secuestradores entregó a los dos jóvenes a otra organización criminal, para que se encargaran de la liberación pero, no les pagaron su parte del rescate.  Pasó el día miércoles y el jueves y no había noticias. Pensaron mal, que los secuestradores pudieron haber tomado la peor decisión. El día viernes cerca de las 6 de la tarde, y después de caminar hora y media dentro del monte, Randy y Froyemar llegaron al pueblo, los habían liberado.

Pero el cuento no termina aquí. Caminando descalzos, con la ropa mugrienta y muy cansados, avistan el punto de control de la Guardia Nacional, pero antes, ven a un hombre en un camión lleno de plátanos, Randy como buen piloto afinó la vista y reconoció a aquel hombre de tez morena, había sido uno de sus captores.

Decidieron meterse en el matorral nuevamente, se asustaron, y entre los arbustos caminaron más de una hora para llegar a la carretera donde había empezado todo este lamentable episodio hacía dos semanas, pero esta vez tuvieron suerte, salieron al frente de otro punto de control de la Guardia Nacional, donde fueron atendidos. Están vivos y con sus familia. Al menos, hubo un final feliz.

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