La cultura del trabajo, clave del progreso social

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Jesús Alberto Castillo

El trabajo es considerado un hecho social en la mayoría de las legislaciones  recientes. Tiene que ser así porque representa el apalancamiento productivo de un país. Allí radica la diferencia de una nación desarrollada con respecta a una en condición de pobreza. En el primer orden, los individuos están investidos de una cultura hacia el trabajo, desde muy temprana edad, reconociendo la necesidad de producir riqueza para elevar el nivel de vida de la sociedad. Max Weber, un reconocido sociólogo, pudo demostrar que aquellas sociedades que impulsaban a sus ciudadanos al trabajo experimentaban mejores niveles de desarrollo. En cambio, cuando se reproducen estereotipos a la flojera y el conformismo entre la gente, dicha nación se convierte en una sociedad enfermiza y hundida en la miseria.

Si hacemos una revisión a nuestra Constitución, podemos observar que el artículo 87 establece que “toda persona tiene el derecho y el deber de trabajar”. Por tanto, el Estado debe delinear políticas públicas orientadas a crear condiciones para que todo individuo pueda acceder a un empleo productivo en aras de proporcionarle una existencia digna y decorosa, así como garantizarle el pleno derecho de ese derecho. Más adelante, el artículo 89 reconoce al trabajo como un hecho social, por lo cual el Estado está obligado, mediante la ley, a mejorar las condiciones morales, intelectuales y materiales de los trabajadores. En fin, el trabajo debe ser asumido como una prioritaria política de Estado, articulada con un sistema educativo de calidad, con miras a fortalecer un ciudadano emprendedor y que apueste a la generación de riqueza para elevar su existencia humana y la de sus congéneres.

Esta apreciación sobre el trabajo está articulada con el artículo 18 de la vigente Ley Orgánica del Trabajo que reconoce dicha actividad como un hecho de gran trascendencia en la sociedad y debe ser protegida por el Estado, garantizando las condiciones necesarias para que la gente sea proclive al trabajo. Tal perspectiva jurídica va en consonancia con la visión antropológica de ver al trabajo como un condición indispensable del hombre para vivir. Pues, este último debe reponer sus energías  y suplir las necesidades básicas mientras dura su existencia en la tierra. Para alimentarse, vestirse, distraerse y disfrutar de otros servicios debe pagar y esto se hace con dinero que debe obtener de su trabajo diario.

No es de sorprendernos, entonces, que hasta en las sagradas escrituras se asuma el trabajo como algo obligatorio en el ser humano. Por ejemplo, en su Segunda Carta a los Tesalonicenses, Capítulo 3, versículos 6-12, el apóstol Pablo fue enfático en señalar que “el que no quiera trabajar, que tampoco coma”. El reconocido predicador fustigó a muchos cristianos que habían adoptado una conducta indecorosa, perezosa y conformista, no apta con los nobles principios de Jesucristo. En cada uno de sus discursos se ponía como modelo viviente del arduo trabajo que tenía que hacer un evangelizador. “Ustedes deben saber cómo deben vivir para seguir nuestro ejemplo: nosotros no llevamos entre ustedes una conducta indisciplinada, ni hemos comido el pan de nadie sin pagarlo. Al contrario, trabajamos día y noche para no serle carga a ninguno de ustedes”.

Para sorpresa de muchos, Pablo, era un antiguo perseguidor de los cristianos y se llamaba Saulo de Tarso. Una vez convertido al cristianismo se dedicó a llevar la palabra de Dios por toda Asia menor, Grecia, Italia y España, mientras ejercía con destreza el oficio de hacer tiendas de campaña, el cual le permitió ganarse la vida durante esos largos años de evangelización (Hechos 18:1-3). Por eso, en Carta a los Efesos 4:28, vuelve a señalar que “el que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga que dar algo a los necesitados”. Esto significa, no sólo cubrir sus necesidades básicas ni ser carga de nadie, sino de ayudar a personas en situaciones de vulnerabilidad.  Más adelante, en Carta a los Tesalonicenses 4:11, el apóstol Pablo insiste en que “procuren vivir tranquilos y ocupados en sus propios asuntos, trabajando con sus manos como lo hemos encargado para que los respeten los de fuera y ustedes no tengan que depender de nadie”.

Estas enseñanzas del Nuevo Testamento ponen de relieve la importancia del trabajo para Dios, quien condenó al hombre (Adán) a ganarse el pan diario con el sudor de su frente, por desobedecerlo y cometer el pecado original (Génesis 3:19). Esas palabras colocan al hombre en la obligación de trabajar para cubrir sus necesidades de vida hasta que vuelva a la misma tierra de la cual fue formado. Como lo sentenció el propio Creador “Pues tierra eres y en tierra te convertirás”. Desde allí fue sacado el hombre del jardín del Eden para que se dedicara a cultivar la tierra de la cual había sido formado y poder suplir sus condiciones de vida terrenal.

Estas apreciaciones han de servirnos para reflexionar sobre la cultura del trabajo en la gente. Lamentablemente, el régimen que impera en Venezuela ha sembrado el germen de la pereza y el conformismo. Sus prácticas gubernamentales entumecen la mente de las personas para hacerlas cada vez más dependiente de la clase política dominante. Ha creado una situación contraria a la cultura del trabajo, que se traduce en un proceso de alienación para que la persona sea cada vez más conformista y condenada a vivir en la miseria. Así funcionan los gobiernos totalitarios, construir laboratorios para convertir a hombres y mujeres en sujetos enajenados, incapaces de ver en el trabajo tesonero la manera de superarse en la sociedad. Ese es el debate que debemos enfrentar en la Venezuela de hoy, si deseamos asumir una nueva ruta en la calidad e vida de los venezolanos.

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