Cerebros hirviendo hasta explotar los cráneos: el horror mortal provocado por el Vesubio

Cerebros hirviendo hasta explotar los cráneos: el horror mortal provocado por el Vesubio

Todos tenemos un sitio donde viajar si un día se inventa la máquina del tiempo. Yo tengo, además, un sitio al que no volver ni loco: agosto del año 79 después de Cristo. Concretamente, en las inmediaciones del Vesubio. Y no porque no me guste el Imperio Romano. Al contrario, porque me gustaría tanto que me explotaría la cabeza. Literalmente.

En aquel verano el enorme volcán hizo una de sus peores actuaciones. El Vesubio destruyó Pompeya en medio de gigantescas oleadas piroclásticas, pero no sólo Pompeya. En Herculano, una pequeña villa junto al mar, más de 300 personas se refugiaron de la erupción. Sin demasiada suerte. Hoy sabemos cómo murieron: hirviendo en su propio jugo.

Una muerte terrible, una fracción de segundo

Mientras realizaban un análisis de 103 esqueletos recuperados en Herculano, varios arqueólogos del Hospital Universitario Federico II encontraron un extraño residuo mineral rojinegro en los huesos. Por estar, estaba incluso dentro de los cráneos y permeaba la ceniza que rodeaba los esqueletos.

Herculaneum Waterfront Chamber Skeletons

Tras análisis espectrométricos y microscópicos, descubrieron que ese era el tipo de residuo que aparecería cuando la sangre hierve y se convierte en vapor. Es decir, se trataba de “la primera evidencia experimental convincente que sugiere la rápida vaporización de los fluidos y tejidos blandos”.

Porque eso cuadraba con el hecho de que la mayoría de los huesos estuvieran fracturados y mostraran daños similares a los que se ven en los huesos incinerados. Todo indicaba una exposición extrema al calor: algo previsible. Lo que no se esperaba era lo que encontraron al examinar los cráneos.

Lo que se encontraron encajaba con “el resultado combinado de la exposición directa al calor y el aumento de la presión de vapor intracraneal inducida por la ebullición cerebral”. El resultado de todo eso se resume en cuatro palabras: “la explosión del cráneo“, explicaban los autores.

Eso dibuja un escenario terrible. Una oleada piroclástica de unos 500 grados atravesó Herculano a unos 200 kilómetros por hora y arrasó todo a su paso. Según los arqueólogos, las 300 personas que se hacinaban tratando de escapar del Apocalipsis se lo encontraron de frente calcinados (evaporados) en una fracción de segundo. Dentro de aquel infierno, no fue una mala muerte.

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