EL DIABLO Y SUS SÍMBOLOS

EL DIABLO Y SUS SÍMBOLOS

«Entretanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento.»

JOHN MILTONEl paraíso perdido.

EL ORIGEN DEL DIABLO.

Especialistas, teólogos y demonólogos discuten el origen del diablo: unos dicen que se remonta a las religiones animistas del siglo X a.C. en Medio Oriente; otros creen que en el siglo VI a.C., refiriéndose a Zoroastro —Zaratustra—, profeta y reformador religioso que acabó con los dioses buenos y malos de Persia. Éste creó a un dios supremo llamado Ahura Mazda, en contraposición a Ahriman, fuerza maléfica representada por una serpiente que encabezaba un ejército de demonios. Mazda y Ahriman eran irreconciliables, una distinción muy clara ente el bien y el mal, y dio al ser humano la libertad de elegir entre uno u otro. Los esenios, secta judía que floreció en el siglo II a.C., autores de los Manuscritos del Mar Muerto, introdujeron el concepto del mal dentro del judaísmo, que en un principio no tenía ninguna figura que se pareciera al diablo, sino que las desgracias que azotaban a los humanos eran castigos divinos porque Sathan atormentaba a los justos acusándolos y sometiéndolos a distintas pruebas, ya que era su misión confiada por Dios, como en El libro de Job. Más tarde en El libro de Zacarías cambió de actitud y se volvió independiente, dedicándose a martirizar a los justos por mero gusto personal. Finalmente, en El libro de la sabiduría escrito en el siglo I a.C., se volvió tan malo que precipitó la caída del hombre y la suya propia. Se fusionaron así Ahriman el persa y con Sathan el judío. Elángel del mal y sus seguidores los ángeles caídos se arrojaron sobre la tierra como estrellas brillantes. Así nació otro nombre del diablo: Lucifer, quien trae la luz.

Los exégetas de Satanás insisten en que éste nació del monoteísmo, puesto que las religiones politeístas no precisaban del demonio porque explicaban el mal de una manera muy sencilla: quienes tenían la culpa eran los dioses que se servían e los hombres para resolver sus conflictos. En cambio el monoteísmo incipiente tuvo que recurrir a un ser sobrenatural y maléfico para exonerar a Dios de la responsabilidad del mal.

El diablo casi no aparece en los textos del Antiguo Testamento, pero comienza a cobrar fuerza en el Nuevo Testamento, sobre todo en el Evangelio de San Juan y en el Apocalipsis. Georges Minois afirma: «Los cristianos, que consideraban a Jesús como el mesías esperado por los judíos, necesitaban tener a un adversario temible para justificar que Dios enviara a su propio hijo sobre la tierra. Solamente una explicación cósmica del origen del mal podía acreditar la naturaleza divina de Cristo.»

Se ha considerado a Satanás como una metáfora del mal, pero también está la postura opuesta que cree en su existencia real, lo cierto es que San Agustín, Santo Tomás de Aquino, el Papa Inocencio III, y la innumerable iconografía medieval, además de La divina comedia de Dante, colaboraron al desarrollo de la demonología en forma exponencial.

LOS DEMONIOS.

En el pensamiento griego los demonios son seres divinos o semejantes a los dioses por un cierto poder. El demonio de alguien se identifica también con la voluntad divina y, en consecuencia, con el destino del hombre. Luego, la palabra ha pasado a designar a los dioses inferiores y por fin a los espíritus malos. Según otra línea de interpretación, los demonios son las almas de los difuntos, genios desfavorables o temibles, intermediarios entre los dioses inmortales y los hombres vivientes, pero mortales. Un genio está ligado a cada hombre y desempeña el papel de consejero secreto, actuando por intuiciones repentinas más que por razonamientos. Es como su inspiración interior. El demonio simboliza una iluminación superior a las normas habituales, que permiten ver más lejos y con más seguridad, de un modo irreductible a los argumentos. Autoriza incluso a violar las reglas de la razón, en nombre de una luz trascendente que no es sólo el orden del conocimiento, sino también del orden del destino.

Para muchos pueblos primitivos, a diferencia del demonio interior que es como el símbolo de un lazo particular del hombre con una conciencia superior, y que desempeña a veces el papel de ángel de la guarda, los demonios son seres distintos e innumerables, que se arremolinan por todas partes para lo mejor y para lo peor. Para pueblos como por ejemplo el indonesio: “el universo está poblado de seres visibles e invisibles: plantas animadas, espíritus de animales que se convierten en humanos o humanos convertidos en animales, demonios que ocupan las siete profundidades del mundo subterráneo, dioses y ninfas que ocupan los siete cielos superpuestos, pudiéndose reunir todos ellos a través de los siete niveles del mundo de los hombres y hasta en el hombre, microcosmos en el macrocosmos, confundidos todos también en una unidad móvil y polimorfa”.

Para la demonología cristiana, según el pseudo Dionisio Areopagita, los demonios son “ángeles que han traicionado su naturaleza”, pero que no son malos ni por su origen, ni por su naturaleza. “Si ellos fueran naturalmente malos, no procederían del Bien, no contarían con el rango de seres y, en primer lugar, ¿cómo se harían separado de los ángeles buenos si su naturaleza hubiera sido mala desde toda la eternidad… La raza de los demonios no es por ende mala en cuanto se conforma a su naturaleza sino más bien en cuanto no se conforma de ella”.

SATANÁS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

La figura de Satanás fue tomando cuerpo de manera gradual, y algo difusa, en el Antiguo Testamento, pero después, durante el período de la literatura apocalíptica y apócrifa (del 200 a.C. al 150 d.C.), se definió con mayor precisión. El judaísmo siguió siendo monoteísta, de manera que Satanás no podía convertirse nunca en un principio plenamente independiente, como, por ejemplo, su “homólogo” del mazdaísmo, pero el poder que le asignó el judaísmo apocalíptico era considerable. El Señor y el diablo se percibían en una oposición a la vez ética y cósmica. Cada cual tenía su propio reino: el del Señor era luminoso, mientras que el de Satán era tenebroso. El diablo, cuyos designios eran embaucar a Israel y apartarlo de Yahvé, cosecharía algunos éxitos, pero, al final del mundo, Israel se arrepentiría y el Mesías forzaría la desaparición del imperio del diablo. Mientras tanto, el diablo comanda toda una hueste de ángeles caídos y espíritus malos que merodean por todo el mundo buscando la ruina y la destrucción de las almas.

La concepción animista del mundo veía detrás de cada fenómeno o actuación de “poderes” buenos o malignos. Sobre este trasfondo, las religiones paganas desarrollaron una demonología más o menos compleja asociada a su concepción politeísta de lo divino. La religión de Israel asumió estas representaciones míticas para evocar todo lo que, en la experiencia humana, escapa a la observación directa. Por esta razón, asimiló los dioses del paganismo cananeo, convertidos en demonios, a los malos espíritus que habitan en los desiertos y las ruinas, y a los poderes de la muerte relegados a los lugares infernales; Baal-Zebub, el antiguo dios sanador de Eqrón será presentado finalmente como su príncipe. Para evocar esta fauna maléfica que instiga al hombre al mal y le produce daño, recurrió sin escrúpulos a elementos de origen babilonio, iranio e incluso griego. Hay que aguardar al siglo III antes de nuestra era para que un apócrifo, el libro de Henok, trate de organizar el mundo infernal, responsable de los desórdenes y de las desgracias de la humanidad. El Génesis, sin embargo, considera que el poder del mal actuaba ya en los orígenes introduciendo el pecado y la muerte; le atribuye los rasgos de serpiente, símbolo asociado a las fuerzas dispersas que Dios tuvo que vencer para poner orden en la Creación. Satán, es decir elacusador, no pertenecía al principio a este ejército: calumniador (sentido de la palabra diableo en griego), desempeñaba la función de experimentador, que Dios tuvo que reprimir algunas veces. Finalmente el judaísmo tardío lo consideró como el tentador que se oculta detrás de toda sugestión del mal. El monoteísmo rechazó la posibilidad de que el mundo del mal tuviera una consistencia que lo convertiría en equivalente al mundo del biendependiente de Dios (el dualismo de la religión irania). Se comprueba su acción en la esfera de la existencia humana, pero se le sitúa en el interior de la creación sin explicar su origen de manera precisa. La cuestión de lacaída de los ángeles aparece con cierto retraso y en diversas formas en la apocalíptica judía, más como una tentativa de explicación que como una doctrina teológica: en un principio, e Demonio o Lucifer se rebela contra Dios y es expulsado al bajo mundo, a las tinieblas. La tradición cuenta que el demonio tenía el aspecto mismo de los ángeles o de los arcángeles, pues era un personaje muy importante, resplandeciente, pero —por su soberbia y maldad— se quiso comparar con su Creador, por lo que fue castigado y San Miguel luchó con él, lo venció y arrojó al Infierno, al abismo, donde ahora comanda a los diablos o demonios menores. Los padres de la Iglesia fueron los primeros en aplicar el nombre de Lucifer (Luz bella o Luzbel) a Satán, que representa los poderes diabólicos, es el “príncipe de este mundo” y se imagina como serpiente y dragón. También se le dan los nombres de Belcebú y Belial. En las representaciones de la Edad Media tardía puede aparecer como un monstruo que devora las almas y se come a los hombres; y finalmente se multiplican en relación con él los distintivos animalescos, como los cuernos, la cola, las orejas, las garras o las zarpas de ave rapaz, aunque en la literatura es más frecuente la pezuña de caballo. En el libro Bahir (siglo XII), de naturaleza gnóstico-cabalística, Satán es una fuerza que opera desde el norte (la región del mal, de la muerte), y se le llama precisamente “viento del norte”. Y en diferentes sectas de la Edad media influidas por el maniqueísmo y la gnosis, Satanael era el hijo primogénito de Dios que se reveló contra su padre y se le expulsó del cielo, y que luego, en su nuevo reino, terrenal, hizo el cuerpo el cuerpo del hombre de barro y agua. Belial y también Beliar (el infameindigno) A los hombres especialmente malvados el Antiguo Testamento los llama hombres de Belial; en el salmo 18,5 las trombas de Belial equivalen a las de la muerte. Su equivalente con Satanás, con el diablo, aparecen claramente en el Nuevo Testamento y en los textos de QumramBelial es el espíritu (príncipe) de las tinieblas.

SATANÁS EN EL NUEVO TESTAMENTO.

Tras el período apocalíptico, el papel de Satanás en el judaísmo se vio considerablemente reducido, toda vez que los rabinos, que dominaron el judaísmo desde el siglo I en adelante, le prestaron escasa atención. Pero el Cristianismo se fundó y gestó en pleno período apocalíptico y, en consecuencia, el Nuevo Testamento y el subsiguiente pensamiento cristiano otorgaron a Satanás un papel importantísimo. La función del diablo es algo así como servir de contrapeso a Cristo. El mensaje nuclear delNuevo Testamento consiste en que Cristo ha venido a salvarnos. ¿De qué? Del poder del diablo. La oposición entre el Señor y el diablo es implacable e irreductible, y cualquiera que se interponga en el camino del Salvador o trate de frustrar su plan de salvación es, de manera ya explícita ya implícita, acólito de Satanás. El diablo tiene bajo su mando a todas las fuerzas opositoras al Señor, tanto naturales como sobrenaturales, incluidos demonios, infieles, herejes y hechiceros.

En el Nuevo Testamento, en el medio en que Jesús anuncia el evangelio del reino de Dios esta demonología de contornos imprecisos forma parte de las creencias corrientes: los “espíritus malos” actúan detrás de toda enfermedad, de toda catástrofe y de todo peligro de muerte. El evangelio no se propone escudriñar su misterio: Jesús adopta en este punto el lenguaje de sus contemporáneos. Lo que él anuncia es que Dios, al instaurar su reino, viene a triunfar sobre el mal, sobre el Maligno, sobre el Enemigo, con independencia de su naturaleza, de sus formas y de sus manifestaciones. Los milagros de Jesús son el signo de esta victoria. Interpretados como expulsiones de demonios —aún cuando Jesús no recurra a los procedimientos corrientes de los exorcismos practicados por los judíos—, muestran que ha llegado el reino de Dios. Este aspecto físico de la victoria de Jesús sobre Satán es la consecuencia de su victoria moral sobre las obras del Tentador que se manifiestan algunas veces durante su ministerio. Por ello Jesús, seguro de su triunfo, ve caer a Satán del cielo como un rayo. Aunque su duelo con él concluye con el complot que acarreará su muerte, el Príncipe de este mundo no puede nada contra él a causa de su obediencia al Padre; la hora de su muerte es la hora de la condena y humillación de Satán. San Pablo representa también a Cristo resucitado como vencedor de las potencias infernales: el pecado y la muerte. Para hablar de estas potencias, san Pablo añade a las representaciones demonológicas del judaísmo algunas adquisiciones procedentes del medio griego. Pero este elemento literario no modifica la perspectiva de la doctrina evangélica, que lo subordina completamente al anuncio de la victoria de Cristo sobre el mal. Finalmente, la imaginería del Apocalipsis recurrirá a las representaciones simbólicas para ilustrar el mismo tema: el dragón, la serpiente, el diablo, Satán, el Acusador, las bestias que simbolizan los imperios paganos y las religiones contrarias al verdadero Dios, la Muerte y los Infiernos personificados que serán entregados finalmente a la segunda muerte. Esta copiosa demonología personifica las fuerzas malignas con las que tropieza la realización del designio de Dios sobre el hombre. Su presencia en el transfondo de la acción de Cristo confiere a la redención las características de un combate triunfal. Aunque en este sentido se incorporará a la teología y al arte cristianos con múltiples variantes culturales, nunca constituirá el objeto de definiciones doctrinales, como no sea para eliminar especulaciones dualistas que, análogas a las del gnosticismo y el maniqueísmo, perdurarán hasta los cátaros, en la Edad Media.

LOS NOMBRES DEL DEMONIO.

El término demonio viene del griego dáimon, que era un espíritu o genio protector, no maléfico, hasta que este término pasó al Cristianismo con el significado actual de espíritu del mal. Los hebreos llamaban al espíritu maligno de gran poder a Satanel obstructor, el enemigoSatan se tradujo al griego como diabolos, de donde procede el diabolus latino, el diablo hispano y el devil inglés. Hay otros nombres con los que se conoce al Demonio y que se pueden leer en la BibliaSatánBelcebúBehemontMammon,MolochLeviatánBelial, Señor de las Moscas, la Gran Cabra, Señor de los Infiernos, y otros. Literalmente, el nombre Diablo tiene el sentido de calumniador.

Lucifer el portador de la luz, en el Cristianismo, es uno de los nombres del diablo que se remonta a Isaías donde la bajada a los infiernos del rey de Babilonia se compara con la caída del refulgente lucero del alba (en hebreoHelal). Los padres de la Iglesia trasladaron el nombre de Lucifer a Satán, siguiendo a Lucas, donde se presenta aSatán cayendo del cielo como un rayo. Algunos grupos gnósticos consideraron a Lucifer un poder divino autóctono o también como el “primogénito de dios”. La mayoría de las veces se olvida que, como nombre antiguo del lucero del alba [Fósforo, “el portador de luz”, llamado también Heósforo, es el dios griego del lucero del alba. Se le representaba también como un joven desnudo y alado que con una antorcha en su mano abre paso ante su madre Eos y su padre Helio. Su nombre latino es Lucifer.]

EL TAROT.

El Diablo aparece en el Tarot como Baphomet de los templarios, macho cabrío en la cabeza y patas, mujer en los senos y brazos. Como la esfinge griega, integra los cuatro elementos: sus piernas negras corresponden a la tierra y a los espíritus de las profundidades; las escamas verdes de sus flancos aluden al agua, a las ondinas, a la disolución; sus alas azules aluden a los silfos, pero también a los murciélagos por su forma membranosa; la cabeza roja se relaciona con el fuego y las salamandras. El diablo persigue como finalidad la regresión o el estancamiento en lo fragmentado inferior, diverso y discontinuo. Se relaciona este arcano con la indistintividad, el deseo en todas sus formas pasionales, las artes mágicas, el desorden y la perversión.

Entre la Templanza y la Torre herida por el rayo, el decimoquinto arcano mayor del Tarot invita a reflexionar sobre el diablo. “Expresa la combinación de las fuerzas y de los cuatro elementos de la naturaleza (agua, tierra, aire, fuego) en cuyo seno se desarrolla la existencia del hombre; el deseo de saciar sus pasiones a cualquier precio, la turbación, la sobreexcitación, el empleo de medios ilícitos, la debilidad que hace sitio a las influencias molestas. Corresponde en astrología a la III casa horoscópica; este arcano representa en cierto modo el reverso de la Emperatriz. En lugar del dominio de las fuerzas bien ordenadas, el diablo representa una regresión hacia el desorden, la división y la disolución, no solamente en el plano psíquico, sino también en los niveles moral y metafísico”.

Erguido medio desnudo sobre una bola color carne, se hunde hasta la mitad en un zócalo o en un yunque rojo de seis capas superpuestas, el diablo, cuyo hemafroditismo se ha señalado abundantemente, tiene alas azules, semejantes a las de un murciélago; sus calzas azules están sujetas a la cintura por un cinturón rojo en forma de creciente bajo el ombligo; sus pies y sus manos tienen garras como patas de mono. La mano derecha está levantada; la izquierda, dirigida hacia el suelo, sostiene una espada blanca y desnuda y debemos advertir que su gesto es el inverso del que efectúa el Prestidigitador en busca de la Verdad. Sobre la cabeza lleva un extraño tocado amarillo hecho de medias lunas puestas frente a frente y de una cornamenta de ciervo con cinco pitones. A su pedestal están atados, por un cordón que pasa a través de un anillo fijo en el zócalo y va a anudarse en torno a su cuello, dos diablillos simétricos, enteramente desnudos, uno macho y otro hembra (a menos que ellos sean también andróginos), provistos cada uno de una larga cola que toca el suelo, con los pies en forma de garra, las manos escondidas detrás de la espalda, la cabeza cubierta por un birrete rojo del que parten dos cornamentas de ciervos negros y dos soflamas o dos cuernos. El suelo es amarillo veteado de negro en su parte superior, pero bajo los pies de sendos diablillos el suelo es negro como aquel por donde la Muerte (arcano XIII) pasa su guadaña.

Todo aquí evoca el dominio del infierno, donde el hombre y el animal ya no están diferenciados. El diablo reina sobre las fuerzas ocultas y su parodia de Dios, “el mono de Dios”, está allí para advertir de los peligros que corre quien quiere utilizar estas fuerzas por cuenta propia desviándolas de su fin. “El que aspire al saber escondido, al poder oculto, debe permanecer en equilibrio como el Prestidigitador, o mantener en jaque las tendencias opuestas del Abismo, como el héroe sobre su carro, adquirir la paz interior como el ermita, o difundir a la manera altruista del Ahorcado, vencedor de sus propios deseos, los beneficios de la ciencia, de lo contrario cae víctima de las corrientes fluidas desordenadas que ha evocado o proyectado, pero que no ha sabido dominar. Ante lo oculto, es preciso renunciar a dominar, o resignarse a servir. Vencedor o vencido, uno no trata de igual a igual con las fuerzas de nada”. Pero ellas resultan indispensables para el equilibrio mismo de la naturaleza: sólo Lucifer, portador de luz, puede convertirse en Príncipe de las Tinieblas, y cuando las láminas del Tarot están dispuestas en dos hileras, el octavo arcano domina el quinceavo, “número impar y triangular, agente dinámico y creador”, para recordar que el propio diablo está sometido a la ley universal de la Justicia.

En el plano psicológico el diablo muestra la esclavitud que aguarda al que permanece ciegamente sometido al instinto, pero señala al mismo tiempo su importancia fundamental: sin instinto no hay florecimiento humano completo y, par poder superar la caída de la Torre herida por el rayo, es preciso haber sido capaz de asumir sus fuerzas temibles de una manera dinámica.

LAS IMÁGENES DEL DIABLO.

La figura del Diablo o Demonio como la hemos descrito, es decir, con cuerpo humano y con todos los atributos maléficos que contiene, probablemente provenga de la del sátiro de la cultura griega y romana, ya que por sus actos licenciosos y depravados pudo servir como modelo para configurar la imagen terrible del Príncipe de las Tinieblas, como también se le conoce. En los Evangelios sólo se dice que Jesús fue tentado por Satanás en el desierto, pero no se informa de la figura del espíritu maligno.

En la tradición, el aspecto de Lucifer varía muy poco, pues se le representa en forma antropomorfa, desnudo, de color negro o rojo muy oscuro, y en ocasiones hasta verde, con una cara descompuesta y caricaturesca, haciendo fea mueca, con larga nariz y dientes afilados, ojos oblicuos y amarillos como de gato, cejas pronunciadas y largas, cuernos de carnero en la frente, alas de murciélago, enormes (en contraposición a las alas del águila de los ángeles), patas de chivo y cola larga y afilada terminada en flecha. Se le puede también ver en forma de dragón, basilisco o serpiente, pero la figura antes descrita es la más común, por ser la contrapartida de los ángeles.

SIMBOLISMO.

El mito del diablo se avecina a los mitos del dragón, de la serpiente, del guardián del umbral y al simbolismo del cerrojo, de la gacheta, del pestillo. Pasar la gacheta del pestillo es ser o maldito o sagrado, víctima del diablo o elegido de Dios. Es la caída o la ascensión. A la idea de Dios está asociada una idea de abertura del centro cerrado, de gracia, de luz, de revelación.

El diablo simboliza todas las fuerzas que turban, obscurecen y debilitan la conciencia y determinan su regreso hacia lo indeterminado y lo ambivalente: entro de luz: El uno arde en un mundo subterráneo, el otro brilla en el cielo. El maligno es el símbolo de lo malvado. Vístase de gran señor o gesticule sobre los capiteles de las catedrales, tenga cabeza de boque o de camello, los pies ahorquillados, cuernos, pelo por todo el cuerpo, poco importan las figuras, él no anda nunca escaso de apariencias, pero es siempre el Tentador y el Verdugo. Su reducción a la forma de una bestia manifiesta simbólicamente la caída del espíritu. El cometido del diablo se limita a desposeer al hombre de la gracia de Dios para someterlo a su propio dominio. Es el ángel caído con las alas cortadas, que quiere romper las alas de todo creador. Es la síntesis de las fuerzas desintegrantes de la personalidad. El papel de Cristo, al contrario, es el de arrancar al género humano del poder del diablo por el misterio de la cruz. La cruz de Cristo libera a los hombres, es decir vuelve a poner entre sus manos, con a gracia de Dios, la libre disposición de sí mismo, arrebatada por la tiranía diabólica.

El Diablo, el Adversario y Perturbador es la contraimagen de Dios en el cielo como regente del infierno. Sus atributos provienen probablemente en primer lugar del demonio etrusco del mundo subterráneo, Charu: nariz de pico de buitre, orejas puntiagudas de animal, alas, y dientes como colmillos (como los del demonio Tuchulcha), que como símbolo de la muerte lleva un martillo. A ello se le añaden propiedades corporales del macho cabrío, como cuernos, patas y rabo, con lo cual esta imagen simbólica recuerda al dios de la naturaleza Pan. Más raramente se le atribuyen cascos de caballo o, como señal de división, un pie humano y un pie de caballo. Para diferenciar sus alas a las de los ángeles se le suele dotar con las alas del murciélago que revolotea por las noches. En cuadros de aquelarre de las brujas en montes de mala fama, suele llevar en el trasero un segundo rostro que sus súbditos deben besar (osculum infame). Amplificaciones legendarias del pasaje bíblico de Isaías hacen remontar la existencia del diablo a su rebelión contra Dios y su precipitación en el mundo subterráneo. Sin embargo, no siempre se representa como figura amedrentadora. En ciertas leyendas populares aparece como cazador con vestiduras verdes o rojas, y en obras plásticas medievales también como hermoso y seductor “príncipe de este mundo”, cuya espada, sin embargo, está roída y carcomida por sapos, serpientes y gusanos. Por lo demás, serpientes y dragones son sus símbolos, y contra ellos luchan los santos. A causa de su poder y de su reino que lucha contra Dios, el león, que de ordinario es simbólicamente positivo, figura también entre sus animales simbólicos, en el sentido de Pedro: “El diablo anda en derredor como león rugiente y busca a quien devorar”. El zorro, con su astucia y maldad, es también un símbolo del Diablo. Como contraimagen de la Trinidad celestial, el príncipe del infierno aparece a veces representado con tres caras, por ejemplo, en la Divina Comedia de Dante. Criaturas simbólicas del Diablo son a menudo también un pájaro rojo, la rojiza ardilla, el basilisco y el cuco. El diablo simboliza el castigo, la culpa, la esclavitud de los instintos y la muerte. Al igual que Dios está en favor de la creación y de la vida, así el diablo lo está por la destrucción y la muerte. En la carta a los Hebreos se dice expresamente del adversario de Dios, del diablo, que tenía dominio de la muerte. Es el diablo la furia infernal personificada, el devorador definitivo y escatológico. Muerte y diablo están estrechamente unidos en la concepción medieval, por cuanto que la muerte es la soldada del pecado.

“… así continúa Satán ardorosamente su camino

a través de pantanos, precipicios y estrechos,

de vapores densos, o enrarecidos;

y con la cabeza, manos, alas y pies,

nada, se sumerge, fluctúa, se arrastra

y vuela.”

JOHN MILTONEl paraíso perdido.

FUENTES CONSULTADAS:

Biedermann, Hans. Diccionario de símbolos. Ed. Paidós, 1993, Barcelona.

Cabral Pérez, Ignacio. Los símbolos cristianos. Ed. Trillas, 1995, México.

Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. Ed. Herder, 6ª ed., 1999, Barcelona.

Cirlot, Juan Euardo. Diccionario de Símbolos. Ed. Siruela, 5ª ed., 2001, España.

Lurker, Manfred. Diccionario de dioses y diosas, diablos y demonios. Ed. Paidós, 199, Barcelona.

Mergier, Anne Marie. “Instrumento del miedo” en Proceso. Edición especial no.18, noviembre, 2005, México.

Page. Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Ed. Anaya.

Poupard, Paul. Diccionario de las religiones. Ed. Herder, 1997, Barcelona.

Russell, Jeffrey B. Historia de la brujería. Ed. Paidós, 1998, Barcelona.

https://noemagico.blogia.com/2007/101401-el-diablo-y-sus-s-mbolos.php

Anuncios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.