Ética y Democracia

 

¿Existe una moral democrática?  Sí. La libertad, natural al hombre, y el pluralismo, propio de la sociedad, no tienen como consecuencia un relativismo moral cuya conclusión sea que más o menos da lo mismo, que no hay distinción nítida entre verdad y mentira, y que todo vale, que el fin justifica los medios.

Las personas nos agrupamos en sociedad para buscar el bien común. Ese es el eje que da sentido a la actividad política. La moral democrática tiene unos pilares sobre los cuales se levanta su edificio. Los fines de la vida cívica son los del bien común, así que los medios empleados en ella tienen que ser coherentes con esos fines, pues la separación entre medios y fines termina pervirtiendo éstos y alejándonos de aquellos. La buena política, la que conduce al buen gobierno de convivencia social pacífica, justa y próspera retratada en la alegoría de Ambroggio Lorenzetti, se guía por principios de solidaridad, justicia y responsabilidad personal socialmente complementada por la subsidiaridad. Aquellos, sabemos, no eran tiempos democráticos, pero los valores del buen gobierno son permanentes y el método democrático es el más exigente.

La moral democrática tiene una expresión en la ética ciudadana y en el comportamiento de la política y de los políticos. La clave es la conciencia de los límites.

La ética es esencial a la política, pero no basta para que ésta sea provechosa para el pueblo. Recurro al símil de la comida, que obviamente me gusta y me importa. La ética es a la política lo que la higiene a la alimentación, un factor indispensable pero no suficiente.

La comida debe ser nutritiva, atractiva e higiénica. Debe alimentar, contener las proteínas y calorías necesarias. En política, eso son las políticas públicas acertadas, pertinentes. Debe ser atractiva en su presentación y sabrosa en su sazón. Nadie quiere comer algo que sepa mal o desabrido, y que se vea desagradable. Eso, en política, es la comunicación. El mensaje eficaz que haga blanco en la inteligencia y en las emociones populares. Y preparada bajo normas de higiene. En ambiente limpio con todos los cuidados y previsiones. Adecuados almacenamiento y manejo de alimentos. Aseo. Para que no se contamine y atente contra nuestra salud. Eso, en política, es la ética. Una política limpia, no contaminada, sana.  Libre de demagogia, de corrupción, de trampa, de cualquier forma de deshonestidad.

Cierto, la higiene no basta para que una comida nos apetezca y alimente. Pero sin ella, sus platos, por más nutritivos y atractivos que sean, pueden envenenarnos.

Lo digo para recordarlo y recordármelo. A todos. Sobre todo a los jóvenes que empiezan el largo camino de la política. A veces tortuoso, a veces extenuante. Esta carrera de resistencia y obstáculos que algunos confunden como de velocidad. En ellos, nuestra esperanza.

http://elestimulo.com/blog/etica-y-democracia/

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