Nicaragua en la cúspide de la crisis y el peligro

Por Henry Petrie  (Nuevas Miradas)

HAVANA TIMES – Desde muy jovencito entendí el significado de luchar sin paños tibios. En la más bondadosa de las acepciones, por enseñanza de mi madre y luego, por referencias históricas que me hiciera un apreciado maestro, se trata de realizar esfuerzos constantes, empeñarse a fondo, para lograr un determinado objetivo.

La más exigente, me la enseñó el sandinismo a partir del año 1976, cuando hubo que enfrentarse con métodos violentos a la dictadura somocista, lo que significó sacrificios y muertes.

Luchar contra una dictadura exige no solo claridad de planteamientos políticos, sino también, conciencia del peligro y una férrea voluntad de cambio. Así como la de Somoza con su Guardia Nacional y la EBBI, la dictadura Ortega Murillo con su Policía, paramilitares y la complicidad del Ejército, actuará como tal, sin consideración a derechos humanos, convenciones ni principios democráticos, con una Constitución e instituciones gubernamentales destrozadas. 

Me parece absurdo que, a esta altura de la lucha, existan posturas alejadas de lo que realmente se enfrenta. ¿Qué esperan de los tiranos? ¿Diálogo y negociación por la patria? ¿Reconocimientos a los obispos y a sus verdaderos opositores? Una dictadura jamás se abrirá ni se ablandará, menos cuando la megalomanía de los tiranos se enfrenta al pueblo nicaragüense y al mundo.

Algunos no han entendido que Ortega y Murillo, en realidad, están librando una guerra contra la resistencia cívica del pueblo, contra sus organizaciones y redes; todo lo que se mueva, se manifieste u opine es su enemigo y se le vapuleará, encerrará y eliminará. ¿Exageración? 

La opinión pública nacional e internacional la tienen perdida, las reacciones ya no les importa. La lógica dictatorial es defender el poder a costa de lo que sea, sostenerse a punto de fuego y muerte; para esto han estado organizando sus «Unidades de Defensa de la Revolución y de la Soberanía Nacional», las que serán proyectadas como «pueblo organizado y movilizado frente a la injerencia imperialista y sus aliados nacionales», cuando en verdad es el paramilitarismo que actuará adyacente al ejército, si logran aplacar la reticencia de ciertos oficiales de alta graduación.

Por eso actuaron contra los nueve organismos no gubernamentales y contra los medios de comunicación que dirige Carlos Fernando Chamorro; por eso mismo expulsaron al Mecanismo Especial de Seguimiento para Nicaragua (Meseni) y al Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), asociados a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Esto, sumado a los crímenes y vejaciones que los tiranos han estado cometiendo desde el 18 de abril, solo indica que van por los pasos que siguen de su estrategia, entre los que se encuentran: acallar los medios de comunicación y capturar a periodistas líderes, mientras completan y afinan sus planes de supuesta defensa nacional.

Están librando su guerra. Esto pareciera exagerado o absurdo, cuando no existe una fuerza armada que adverse a la dictadura. Así actuaron contra los estudiantes, pobladores y campesinos; tiraron a matar y lo seguirán haciendo ante cualquier marcha que resurja. Tienen organizada una fuerza paramilitar con alto poder de fuego; están llamando a la militancia del partido orteguita para integrar las unidades de defensa antes mencionadas, ya aprobada la Nic-Act por el gobierno de Estados Unidos, se desencadenarán acciones que creen el ambiente de guerra que necesitan, para imponer un estado de sitio y suspender libertades y garantías.

Cuando determinados políticos hablan de diálogo y que «hay que buscar nuevos interlocutores de la oposición», intentan desplazar a la fuerza social que inició y ha sostenido esta lucha hasta el día de hoy, con sus aciertos y desaciertos. Y van más allá: «No todo puede lograrse, hay que negociar, porque de lo contrario continuaremos matándonos en Nicaragua».

La pregunta sería: ¿Qué dialogar? ¿Qué negociar? La Unión Nicaragüense Azul y Blanco debe ser clara y rotunda en su definición. Las muertes y la justicia no se negocian. Aquí no hubo una confrontación bélica; sí masacre, desaparecidos, asesinatos, encarcelamientos y violaciones. Las condiciones de la salida de los Ortega Murillo deben ser bien delineadas, así como los procesos de desarme de las hordas del régimen y de restauración de la institucionalidad democrática.

La lucha es por el cambio integral y sus auténticos protagonistas, los de la rebelión cívica y pacífica.

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