El valor de la espiritualidad

En el fondo de toda actuación eclesial realizada por los cristianos ha de haber una espiritualidad bien sólida. Jesús, verdadera vid, ha dicho «así como los sarmientos no pueden dar fruto si no están en la vid, tampoco vosotros no podéis dar fruto si no estáis en mi». 
Conocer, amar e imitar a Jesucristo, aquí radica la esencia de la vida cristiana y de aquí surge el dinamismo que mueve a los cristianos a dar testimonio de las maravillas que Dios realiza en sus vidas al servicio de la Iglesia y del mundo.
Sin embargo, este programa de siempre tendrá que concretarse en cada sitio para ayudar a cada lugar y en cada momento a los miembros de la Iglesia a vivir más intensamente su vida cristiana en medio del mundo.
La conciencia cada día más viva de ser hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo y miembros de la Iglesia llena de gozo el corazón y da un sentido más pleno a la vida cotidiana. Es el gozo y la paz que se van alcanzando más y más cuando se realiza el programa antes mencionado de conocer, amar e imitar a Cristo. Es una opción que se hace en el bautismo, que se renueva en la confirmación y que constantemente se enriquece en la Eucaristía y en los otros sacramentos.
La fe comporta un cambio de vida que se manifiesta en todos los ámbitos de la existencia del cristiano: en su vida interior de oración y de acogida de la voluntad de Dios; en su participación activa en la vida y en la actividad de la Iglesia; en su vida matrimonial y familiar; en el ejercicio de su profesión; en el cumplimiento de las actividades económicas y sociales…
Culminar la iniciación cristiana como una adhesión personal, generosa y gozosa a Jesucristo comporta que los cristianos entreguen más y más su vida, su tiempo, sus bienes materiales y espirituales en la Iglesia y en la sociedad. 
De este modo se va tomando mayor conciencia de la propia vocación evangelizadora y misionera, no por imposición, sino por convencimiento y por deseo, ya que los cristianos se sienten muy unidos a la obra salvadora de Jesucristo. De este modo se entienden mejor las palabras que el Señor dirige a todos los cristianos: «No sois vosotros los que me habéis elegido a mi; soy yo quien os ha elegido a vosotros y os he confiado la misión de ir por todas partes y de dar fruto, y un fruto que dure para siempre».
El seguimiento de Jesús comporta una exigencia de radicalidad. La llamada del Señor a seguirle pide disponibilidad plena. Este seguir al Señor está impregnado del Espíritu de las bienaventuranzas, que contrasta permanentemente con los valores dominantes en nuestra sociedad. 
Esto comporta en la vida del cristiano unir mística y compromiso, contemplación y acción.
Para los cristianos la santidad es la primera y fundamental vocación. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo. Los santos siempre han sido fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia. 
De la santidad es de donde nace la auténtica renovación eclesial, el enriquecimiento de la inteligencia de la fe, la fecunda reactualización vital del cristianismo al encuentro de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana

Lluís MARTÍNEZ SISTACH
Arzobispo de Barcelona

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: