Esclavos de la ultraconexión: por qué apagar el móvil se ha convertido en el nuevo lujo

Mediodía de un sábado cualquiera. Vibra el móvil. El aviso de un mail del jefe interrumpe las cañas. ¿Qué haces? A) Lo lees en ese mismo momento y contestas. B) Lo ignoras y esperas al lunes para ver qué quiere. Ejem, ejem… Después de pensarlo un poco, eliges la primera opción. Como muchos otros.

El 51% de la población activa española confiesa que responde correos electrónicos y atiende llamadas de trabajo en fines de semana o durante sus vacaciones, según el informe InfoJobs-ESADE 2017. Esos trabajólicos no lo hacen voluntariamente. Qué va. La utopía digital nos prometió que operar fuera de la oficina -cuándo, dónde y cómo quisiéramos- nos haría realmente libres, pero lo paradójico es que la ultraconexión ha degenerado en esclavitud tecnológica.

Más datos. El 36% de los profesionales del informe coge el teléfono y chequea el buzón fuera del horario laboral porque se siente en la obligación de hacerlo. Otro 34% alega que el propio puesto de trabajo exige esa disponibilidad. Y un 14% subraya que siente la necesidad de estar al tanto de todo lo que ocurre en su empresa, aunque se encuentre en el bar de la esquina o en la playa.

Frente a este vasallaje, cada vez más personas influyentes pregonan los beneficios de vivir sin internet en el bolsillo. La cantante Selena Gomez, la persona con más seguidores en redes sociales del mundo, se desenchufó de la Red durante 90 días en 2016. El actor británico Eddie Redmayne, ganador del Oscar por La teoría del todo, se pasó casi todo ese mismo año con un ladrillo como los que usábamos en los 90. Steve Hilton, antiguo brazo derecho del primer ministro David Cameron y actual presentador del canal Fox, ha dirigido una start up en San Francisco hasta el pasado mes de marzo sin echar mano del smartphone… Steven Spielberg, Ed Sheeran, Kendall Jenner… La lista de celebrities que se han concedido un respiro off line en un momento dado es larga.

Semejante acumulación de casos pone al descubierto un extraño fenómeno: hasta hace nada, tener un teléfono inteligente equivalía a riqueza y libertad, pero ahora esa riqueza y libertad las proporcionan el hecho de no tenerlo. Lo llamaremos la metáfora del traje: lo que durante décadas fue una pieza distintiva del vestuario de una minoría (banqueros, abogados, políticos) en la actualidad es el uniforme impersonal de cualquier comercial…. Mientras tanto, los grandes gurús de Silicon Valley y los gestores de hedge funds, los verdaderamente poderosos de nuestra era, se permiten ir a la oficina en camiseta.

El filósofo Santiago Alba Rico encuentra dos explicaciones al hecho de que manejarse sin wifi se haya convertido en un privilegio al alcance de muy pocos. «La primera tiene que ver con el economista Thorstein Veblen y la exhibición de estatus: la necesidad de distinguirse de las mayorías. G. K. Chesterton lo expresaba así en uno de sus libros: cuando los pobres empiezan a comer carne, los ricos se hacen vegetarianos».

La otra explicación, asegura Alba Rico, «es menos frívola»: «Las élites conocen mejor la realidad y tienen más recursos, de manera que, además de poder medir con más precisión la vertiente adictiva y socialmente destructiva de las nuevas tecnologías, cuentan con alternativas mucho más satisfactorias. Los que dominan el mundo necesitan tiempo para pensar y tiempo para gozar, dos cosas bastante incompatibles con los móviles y las redes».

Con la tecnología siempre pensamos en lo que nos permite hacer, nunca en lo que nos obliga a hacer. Un martillo obliga a muy poco; la red, a usarla siempre Santiago Alba Rico, filósofo

Que la desconexión digital no sea algo prioritario para la mitad de los trabajadores de este país suena mal. Suena a una mezcla letal de expectativas (de mejor empleo y sueldo) y dopamina (la sustancia química que libera el cerebro relacionada con la adicción). «No es una servidumbre laboral, es una servidumbre tecnológica», matiza Alba Rico. «Cuando pensamos en la tecnología siempre pensamos en lo que nos permite hacer, nunca en lo que nos obliga a hacer. Y eso es lo importante. Un martillo nos obliga a muy poco, ni siquiera a clavar un clavo si tenemos que colgar un cuadro, pues podemos abandonarnos a la pereza. En cambio la Red obliga a usarla todo el rato, porque no es una herramienta, sino un órgano: estamos obligados a usar el riñón constantemente».

Pero lo cierto es que quienes quieren desenchufarse lo mismo que Selena Gomez o ese colega que presume de apagar su iPhone cuando se escapa una semanita a Formentera no pueden hacerlo. «El 76% [de los encuestados] está a favor de que la empresa en la que trabaja aplique alguna ley de desconexión digital», confirma la responsable de Estudios de InfoJobs, Neus Margalló, quien define esa aspiración mayoritaria con las palabras de los propios curritos: «Algo deseado aunque difícil de llevar a cabo».

La polémica sobre el uso de información personal por parte de los partidos políticos ha hecho que precisamente esta cuestión haya pasado desapercibida en la recién aprobada Ley Orgánica de Protección de Datos. El artículo 88 de la nueva normativa reconoce que «los trabajadores y los empleados públicos tendrán derecho a la desconexión digital a fin de garantizar, fuera del tiempo de trabajo legal o convencionalmente establecido, el respeto de su tiempo de descanso, permisos y vacaciones, así como de su intimidad personal y familiar». Traducido: se acabaron los correos electrónicos, las llamadas o los whatsapps a deshoras.

El blindaje frente a los «dispositivos de videovigilancia y geolocalización» queda incluso recogido en el Estatuto de los Trabajadores. Unas medidas con las que ya se han comprometido grandes empresas privadas como Banco Santander, Telefónica, AXA, Volkswagen o IKEA y que tiene su origen en Francia con la conocida como Ley El Khomri, que entró en vigor el 1 de enero de 2017.

Si ves dónde trabajan la mayoría de los jóvenes, combinando empleos y siendo evaluados continuamente por sus servicios, la desconexión no es la solución. Evgeny Morozov, ensayista crítico con el abuso de la tecnología

El problema es que no todo el mundo trabaja para una multinacional. O que hay mercados, como por ejemplo el de la economía colaborativa, que tienen sus propias características. El ensayista Evgeny Morozov, uno de los mayores críticos con la deriva tecnológica de nuestro tiempo, lo advertía a Papel en Barcelona días atrás.

«Seguimos hablando del derecho a desconectar, pero eso es presuponer que tienes un empleo estable, protegido por sindicatos, en una fábrica alemana o francesa, y que trabajas de nueve a cinco. Con esas condiciones, el derecho a la desconexión tiene mucho sentido, pero si ves dónde trabajan la mayoría de los jóvenes ahora, combinando cinco o seis empleos y siendo evaluados continuamente por quienes reciben sus servicios, no es la solución para ellos». Y de nuevo con la mirada en la élite de Palo Alto, añadía: «Creo que las personas que han ganado algo de dinero en la economía digital, y que quieren prosperar aún más, saben cuándo desconectarse».

Ése fue el caso de Chamath Palihapitiya, ex vicepresidente de Crecimiento de Usuarios de Facebook. «Pienso que, en el fondo, en lo más profundo, sabíamos que algo malo podía ocurrir […]. Así que, en mi opinión, la situación ahora mismo es realmente nefasta. Está erosionando los cimientos de cómo se comportan las personas entre sí. Y no tengo una buena solución. Mi solución es que he dejado de usar esas herramientas. Hace ya años», se desmarcó en su momento

La confesión la reproduce tal cual en su último ensayo Jaron Lanier, otro de los más famosos renegados del mundo 2.0 que él mismo contribuyó a crear. Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (Ed. Debate) es el particular acto de contricción de este filósofo, músico y artífice del concepto de realidad virtual. Lanier lo acababa de enviar a la imprenta en marzo cuando un escándalo le explotó en la nariz: la filtración de datos de Cambridge Analytica.

«Impulsó un repentino y radical movimiento por el cual la gente empezó a borrar sus cuentas de Facebook. Por desgracia, no todas las figuras públicas y los líderes de opinión gestionaron el momento con la valentía necesaria. Hubo gurús que trataron de salirse de las redes, pero no pudieron», escribe en el libro. «Sí, ser capaz de irse es un privilegio; hay mucha gente que realmente no puede hacerlo. No obstante, si tú puedes y no lo haces, no estás apoyando a los desafortunados, sólo estás reforzando el sistema en el que está atrapada mucha gente».

Por teléfono desde su casa en Los Ángeles, Lanier confirma que dos circunstancias «han hecho estremecer la cultura de Silicon Valley» de una manera que considera «beneficiosa». La primera es que los desarrolladores de Google y otros gigantes ahora son padres y se han dado cuenta de que sus propios productos son «manipuladores y peligrosos». La segunda es «la política, por supuesto», resume. «Estamos viendo la oleada de personas malhumoradas e inmaduras que crean las redes sociales. Lo que es curioso es que esta gente ha aparecido en países de todo el mundo que no tienen nada en común excepto Facebook y Google: Suecia, Brasil, Estados Unidos, Hungría, Polonia, Filipinas…». Y España, claro.

Ser capaz de dejar las redes sociales es un privilegio. Hay mucha gente que realmente no puede hacerlo. Si tú puedes y no lo haces, estás reforzando el sistema Jaron Lanier, pensador y autor del concepto de realidad virtual

Ahora que se echan encima Navidad y Año Nuevo con sus propósitos de cambio, volverán los milagreros con la dieta detox aplicada a las pantallas: un inmenso trozo de roscón llamado Instagram, Twitter como un chupito de más, los villancicos de Musical.ly o el enésimo atracón en YouTube. «Hemos aprendido que incluso un teléfono en silencio inhibe la posibilidad de que se inicien conversaciones sobre temas que importan», escribió la socióloga, psicóloga y profesora del MIT Sherry Turkle en su ensayo superventas En defensa de la conversación (Ed. Ático de los libros). «La mera presencia de un teléfono a la vista nos hace sentir menos conectados con los demás, menos implicados en las vidas de los otros».

Esa imagen del smartphone como agujero negro del que muy pocos consiguen escapar le inspira a Alba Rico una última reflexión. «La televisión apagada ya producía mucha angustia, era como un abismo en medio del salón. O peor: como el cadáver de un hombre al que habíamos asesinado nosotros con un gesto del dedo en el mando a distancia. Desconectarse -o tener el móvil apagado encima de la mesa- es como renunciar voluntariamente a la vida, un suicidio o un asesinato. La única libertad verdadera que permiten las nuevas tecnologías -lo digo una y otra vez- es la de la desconexión. La Red -el móvil conectado a la Red- permite un margen de libertad muy pequeño: el de apagarlo, decisión fuerte, radical, casi violenta, que muy pocos están dispuestos a asumir como saludable».

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