Sacerdocio y mundo en la economía de un mundo ajeno a Dios


La alusión a Melquisedec de S 110 parece más bien un fragmento de un discurso más amplio que no ha llegado hasta nosotros: se habla allí de una promesa de Yahvé que no se nos conservó en ninguna parte del A. T, relacionada con un «orden de Melquisedec» cuyos requisitos y características no se mencionan.

Lo que más llama la atención, sin embargo, es la pretensión de unir el sacerdocio a la persona del rey. Nosotros identificamos esta unión como una alusión mesiánica; pero ése es sólo un segundo sentido: el S 110 es un «salmo de entronización», por lo que el rey de que se habla es, ante todo, el que está siendo coronado en ese momento.

La tensión entre «realeza sacerdotal» y «sacerdocio regio» no ha podido ser resuelta en toda la historia por ningún estado. Daría la impresión de que entregar el manejo del poder político al sacerdocio (hierocracias islámicas, por ejemplo, o el papo-cesarismo -felizmente superado- de nuestro Occidente cristiano) termina lesionando tanto los derechos del mundo como los de Dios. Pero lo contrario también es cierto: entregar el manejo de lo sagrado al poder civil (la monarquía inglesa, por ejemplo, cabeza de la Iglesia Anglicana) lesiona y aniquila esos mismos derechos. Por su parte, la vía diseñada por el liberalismo occidental de separar cuanto más sea posible lo sacro y lo político parece funcionar sólo a costa de un mantener vigente el insano dualismo de interior vs. exterior, alma vs. cuerpo, etc., lo que en lugar de lesionar derechos aniquila la realidad concreta de los seres humanos. Visto así, sacerdocio y mundo parecen caer invariablemente en vías muertas… Tal vez tenga que ver con que el problema, aunque se refleja en el plano político del ejercicio cotidiano del poder, no es de naturaleza política.

Los reyes israelitas pretendieron en algunos momentos acaparar no sólo sus funciones político-profanas, sino también las sacerdotales (cfr. ISam 13,7ss, que inicia un conflicto de siglos). No obstante, incluso en el profetismo pre-clásico esto fue considerado una herejía, y en la consumación del centralismo jerosolimitano, la Casa de Leví no dejará dudas sobre su intención (¡y realización!) de no ceder su puesto.

La tensión de lo sacerdotal y lo regio quedó provisoriamente resuelta por vía del liderazgo carismático y cuestionador de los profetas, cercanos siempre a las problemáticas del palacio y del culto pero sin identificarse con ninguna de ellas. Recién cuando el Exilio impone nuevos parámetros al problema, nos encontraremos con algún profeta que sea simultáneamente sacerdote (Ezequiel) y con la consolidación de la tensión escatológica hacia un Mesías futuro que resolverá la ecuación asumiendo el doble carácter de Sacerdote y de Rey (S 110 leído -ahora sí- en clave mesiánica, por ejemplo) o al menos trascendiendo a ambos (Za 4, por ej.)

Me parece que puede aceptarse como hipótesis provisoria que el primer sentido de la mención de Melquisedec en el S 110 no sólo no es mesiánico, sino que fue en su momento el emergente de una línea teológica que pretendió enfrentar el problema del reclamo sacerdotal de los reyes de Jerusalén fundando en la ignota figura de aquel sacerdote pre-mosaico un linaje sacerdotal paralelo que resolviera la cuestión sin entrar en conflicto con la Casa de Leví. Puesto que no hay otros testimonios de la existencia en Israel de ese doble linaje sacerdotal, hemos de considerarla una solución fallida.

Si esto es así, cabe preguntarse qué clase de solución aportaría (en ese hipotético pensamiento teológico) un doble linaje sacerdotal, solución que evidentemente no es de naturaleza política desde el momento en que mantiene junto a la monarquía un sacerdocio relativamente independiente (el levítico) que tiene su propio vínculo con el templo.

Tal vez la elección del símbolo de Melquisedec para mentar este linaje nos oriente en la respuesta: en efecto, vemos que este sacerdote está unido, en Gn. 14, al único hecho militar de la vida de Abraham: su victoria sobre Kedorlaomer y los otros reyes (Gn 14,13-17).

Significativamente, la proclamación del sacerdocio «según el orden de Melquisedec» aparece en el S 110 en un contexto de victoria de Yahvé contra los poderes gentiles, mediada por el Rey de Jerusalén.

El «orden de Melquisedec» podría pensarse como una inversión de la imagen sacerdotal habitual: no tanto un sacerdocio como el levítico y como el de las religiones en general, que intenta aplacar a la divinidad consagrando parte del mundo, cuanto un sacerdocio original, que haga, con la iniciativa propia de Yahvé («Siéntate… y [yo] pondré…») un mundo enteramente sagrado, libre de poderes hostiles.

Esta imagen de un sacerdocio levítico de cara a Dios y uno melquisedeico que mira desde Dios al mundo es independiente, en realidad, de que la hipótesis que senté con anterioridad se haya verificado o no. Esa hipótesis nos sirvió al menos para llegar a formular la radical diferencia entre Leví y Melquisedec. Pero si además se verificó, nos puede quedar claro por qué resultó una vía muerta, por qué en el horizonte del A. T. un sacerdocio «de cara al mundo» es impensable: debía resolverse primero y ante todo la reconciliación pendiente entre Yahvé y el hombre, reconciliación que no se cumplió sino en Cristo.

Tomado de Sacerdotes según el orden de Melquisedec. Web El
El Testigo Fiel