El retorno de la antidemocracia

La ideología antiimperialista necesita, por cierto, de un imperio. Si el imperio no se comporta como un imperio, la ideología se desploma. Por eso para los gobiernos que propagan la «guerra asimétrica en contra del imperio» (sic) es absolutamente necesario que EEUU sea un imperio frente al cual ellos puedan levantarse. En el fondo, lo que con ese uso ideológico se intenta es construir un significante externo para realizar proyectos internos de poder, para lo cual se recurre a las viejas fórmulas ideológicas de la Guerra Fría.

Hay, entonces, muchas razones para pensar que el lenguaje antipolítico elegido por el actual eje formado por Cuba y Venezuela más su periferia ocasional (los países con menos estabilidad política e institucional del continente) para «enfrentar» a EEUU busca bloquear la discusión con la potencia del norte, que, paradójicamente, ha incrementado no solo la compra de petróleo, sino sus inversiones en Venezuela. De lo que se trata es de activar un recurso ideológico regresivo para fundamentar un proyecto antidemocrático de toma de poder social-militar. Y esa afirmación no es un invento del autor de estas líneas. Se confirma simplemente leyendo las afirmaciones del presidente venezolano.

La precariedad de las relaciones democráticas en América Latina, subrayada en los informes mencionados al comienzo de este artículo, ha posibilitado, en efecto, que en algunas regiones de nuestro continente se hayan incubado proyectos básicamente antidemocráticos. Aunque probablemente no será el único, el caso venezolano es hoy el más radical. Ese proyecto cuenta todavía con el apoyo ideológico de aquellas izquierdas (generalmente académicas) que nunca quisieron aceptar que la caída del Muro de Berlín no fue un episodio tectónico, sino un acontecimiento histórico-político de enorme relevancia. El proyecto apunta a la liquidación de los logros democráticos alcanzados en el continente después de la Guerra Fría y trae consigo un peligro que se pensaba que estaba erradicado: el acceso de los militares al poder del Estado.

El militarismo en la política latinoamericana no ha desaparecido como posibilidad histórica. En muchos países sigue existiendo, aunque de modo latente. El anticomunismo en un mundo en donde no hay comunismo no es, obviamente, la ideología más apropiada para los intentos de algunos militares de retornar al poder. Para ese retorno pueden servir otras ideologías, incluso las nacionalistas y las socialistas (o ambas a la vez) y, no por último, la de la lucha imaginaria contra un imperio imaginario, cuya existencia, más ficticia que real, sirve de coartada para suprimir las libertades públicas dentro de sus propias naciones.

Podría discutirse mucho acerca de la viabilidad histórica del proyecto antidemocrático que está tomando forma desde La Habana y Caracas. Pero es indudable que existe. Y que la influencia ideológica que emana ha aumentado, sobre todo entre algunos intelectuales de «izquierda» y en sectores sociales marginados por la depredación económica del pasado reciente. ¿Cuál es la recepción que ese mensaje de destrucción democrática puede tener en otros países latinoamericanos? Todavía es una incógnita. En ese punto, los políticos del continente no tienen aún una única opinión. Para el ex-ministro mexicano Jorge Castañeda la situación es dramática y ya ha llegado el momento de librar la batalla por la democracia en América Latina. Para el experimentado político venezolano Teodoro Petkoff, en cambio, el proyecto es demasiado burdo para ser exportado a democracias consistentes como la brasileña, la uruguaya o la chilena, por lo que difícilmente logre alcanzar una relevancia continental. Pero seguramente Petkoff tendría otra opinión si Alan García no hubiese frenado en 2006, en el último segundo, las ambiciones presidenciales del nacionalista antichileno y militarista Ollanta Humala, apoyado abiertamente por Caracas. Quizás haya otros Humalas repartidos a lo largo y a lo ancho del continente. Por el momento no podemos saberlo.

Lo que sí es posible saber es que este proyecto ya ha alcanzado ciertos contornos institucionales muy definidos en Venezuela, tal como ha explicitado el propio Hugo Chávez, de un modo extraordinariamente preciso. El propósito declarado es fundar en su país un régimen personalista, de reelección indefinida, basado en un partido-Estado que, junto con un «ejército rojo», controle la totalidad del poder público mediante un sistema de articulaciones corporativas verticales (consejos comunales) organizadas desde arriba hacia abajo. Las escuelas y dependencias fabriles serán estatizadas y sus miembros sometidos a un adoctrinamiento ideológico de acuerdo con la teoría del «socialismo del siglo XXI», aún no totalmente elaborada por los intelectuales al servicio del régimen. Cabe agregar que no estoy interpretando nada: me limito a transcribir una síntesis de diversas declaraciones emitidas en los mensajes presidenciales.

Que ese proyecto pueda tener éxito, siquiera en Venezuela, una Nación que todavía cuenta con muchas reservas democráticas, puede que sea improbable. El tiempo dará las respuestas. En cualquier caso, el tema central –si las democracias de nuestras naciones son más frágiles de lo que aparentan– debería ser un motivo fundamental de reflexión, tanto política como intelectual. La reflexión cobra más importancia si se toma en cuenta la diferencia sutil entre la lucha democrática y la lucha por la democracia. Mientras la primera tiene lugar dentro de la zona política, la segunda apunta a mantener la existencia de esa zona política. Mientras en la primera tienen lugar los enfrentamientos políticos entre izquierda y derecha, la segunda atraviesa ambas dimensiones y lleva a la configuración de un nuevo desplazamiento: el de demócratas contra antidemócratas, sean de izquierda, derecha o centro. Lo cierto es que, sin la existencia de esa zona política, nadie puede hablar realmente de democracia. Que esa zona política, en muchos países latinoamericanos, sea muy precaria, muy angosta o muy débil, es un dato que nos puede ayudar a entender las razones que llevaron a los observadores del BID y del IIEE a deducir deficiencias en el desarrollo de la conciencia democrática de los latinoamericanos.

Vivir la democracia significa correr muchos riesgos. Pero el riesgo más grande de todos es, sin dudas, perderla.

http://nuso.org/articulo/la-lucha-por-la-democracia-en-america-latina/

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