¿Es moral la eutanasia?

Por: elconfesor/Publicado en: Confesiones

El sacerdote y teólogo Carlos Novoa, profesor titular de teología de la Universidad Javeriana, analiza el tema de la eutanasia***

En nuestro Congreso Nacional se está debatiendo un proyecto de ley sobre la aprobación de la eutanasia. Asunto de la más alta complejidad, por decir lo menos, ya que toca de manera muy directa la dignidad de la persona, absoluto moral por excelencia para toda religión, cultura o corriente de pensamiento. También afecta muy en lo hondo el hecho de la vida humana, el bien moral más valioso que tenemos y por lo cual debe ser especialmente protegido.

Ante tanta gravedad nos corresponde por derecho a los ciudadanos de esta República, dar nuestros aportes al respecto. A continuación propongo el mío como hombre de ciencia, experto en el saber de la Etica. Hablo como científico y como sacerdote sin buscar de ninguna manera imponer mi punto de vista, sino contribuir de la mejor manera a la construcción de un consenso social en torno al delicado tópico de la eutanasia.

Algunos se molestan porque una perspectiva religiosa se ponga a consideración en la arena pública. Con toda pena de los molestos, pero cuando no pretendo imponer ninguna postura a nadie, estoy en mi derecho de plantear tal perspectiva de forma abierta a toda la sociedad para su consideración.

Y es nada menos que Jürgen Habermas, el más connotado y reconocido filósofo vivo en occidente actual, quien siendo agnóstico y muy crítico de toda religión, sin embargo argumenta con lucidez, la importancia del aporte religioso en el devenir de la sociedad:

“La neutralidad ideológica del Poder Supremo del Estado Democrático, la cual garantiza a cada ciudadano libertades éticas iguales, es incompatible con la generalización política de una cosmovisión secular. Los ciudadanos secularizados, en cuanto se presentan en el papel de ciudadanos, no pueden negar ni a los conceptos religiosos del mundo un potencial verdadero, ni negarles a los conciudadanos creyentes el derecho de convertir aportes con idioma religioso en discusiones públicas.

Una cultura política liberal puede esperar hasta de los ciudadanos secularizados que participen en los esfuerzos por traducir aportes relevantes del idioma religioso a un idioma públicamente accesible” HABERMAS, JÜURGEN, Entre naturalismo y religión, Editorial Paidós, Barcelona, 2006, pg. 116.

Sobre la eutanasia existen muchas formulaciones, término que por ello se vuelve con frecuencia equívoco. El vocablo Eutanasia viene de dos raíces griegas: Eu y Thanatos; que etimológicamente significan Buena Muerte. Según una definición aceptada por algunas corrientes éticas y médicas, y que es la asumida para este artículo, cuando se habla de Eutanasia en sentido estricto hay que tener en cuenta dos factores:

* La intención: “Hay eutanasia cuando se tiene la intención de poner fin a la vida de una persona o de acelerar su muerte. No se considera eutanasia aliviar los sufrimientos de una persona que ha llegado a la última etapa de la enfermedad, suministrándole fármacos que pueden, como efecto secundario, acelerar el proceso de la muerte” EDITORIALE, Eutanasia e diritto di morire con dignita, Rivista Civilta Cattolica, Roma 1983, tomo IV, pg. 316. La traducción del italiano es mía.

* Los métodos: “Se considera eutanasia tanto el usar un fármaco o una sustancia que provoca la muerte, como privar al enfermo de aquello que es necesario para tenerlo vivo … o que es de beneficio para él. … Por el contrario, no es eutanasia omitir tratamientos que no son beneficiosos para la persona enferma o que, más aún, pueden ser perjudiciales. … No es eutanasia interrumpir el tratamiento de reanimación del paciente, mediante la cesación de los procedimientos … cuando se ha constatado … muerte cerebral irreversible” EDITORIALE, Eutanasia, pgs. 316 – 317. La traducción del italiano es mía.

Cuando el médico -cuya vocación es cuidar la salud, velar por la vida corporal de las personas y luchar contra el dolor- se encuentra frente a un enfermo terminal o física y psicológicamente destrozado en un accidente, con una parálisis que implica un sufrimiento y una frustración, en una crisis médica o cerebral aguda o en una condición muy fuerte de dolor, es decir, frente a un gran drama humano, se pregunta cómo aliviar a la persona.

Es apenas comprensible que después de ayudarla de muchas maneras y cuando el médico o el paciente mismo ven que no hay más solución para el dolor y la tragedia que la muerte, el profesional de la medicina y el personal paramédico se enfrentan a la tentación de propinarla.

Las preguntas son: ¿Es eso ético, es eso legítimo? ¿Qué autoridad tiene un médico frente a la vida? ¿Qué autoridad tiene cualquier persona frente a su propia vida? ¿Nos pertenece la vida? Pero también: ¿Es eso vida? ¿Es vida estar arruinado física y psicológicamente? ¿Es vida estar descerebrado, tener serias limitaciones físicas, no tener miembros corporales o tener algunos seriamente comprometidos?

Estas preguntas conducen a una reflexión mayor: ¿Qué es la vida y qué es la calidad de vida? ¿Cuándo la vida tiene las condiciones para ser vivida dignamente? Estrictamente hablando la calidad de vida esta dada por el equilibrio emocional, por el sentido que la vida tenga, por la integridad física, corporal y orgánica. Esta calidad se puede ver disminuida por trastornos psíquicos o afecciones médicas de órganos o sistemas somáticos.

Son preguntas médicas que implican un planteamiento ético, teológico o filosófico, el cual un médico serio y responsable debe hacerse dentro de una disciplina conocida como la ética médica.

Desde una perspectiva filosófica, no teísta, en nuestra cotidianidad experimentamos la existencia como algo tan maravilloso, que se convierte en un misterio, es decir, en una realidad tan fascinante que no podemos abarcar con nuestros conceptos y formulaciones, algo que nos desborda y que no podemos encajonar en un laboratorio o en un discurso conceptual.

Aprehendemos que la vida es un regalo inmensamente grande, que por lo tanto merece verdadera veneración, que se nos ha dado y no nos pertenece de manera arbitraria. La tradición católica y la vivencia cristiana coincide con esta perspectiva filosófica de la vida, captando además que ésta es un don de Dios y el más valioso que poseemos.

Por todo ello también percibimos que estamos llamados a proteger la vida, que no podemos darle un manejo arbitrario, hacer con ella “lo que nos venga en gana”, ni decidir cuando terminarla.

Es importante advertir que la postura de un médico frente a la limitación física y la enfermedad es distinta a la de otras personas, por cuanto la información que posee le permite tener mayor claridad sobre la posibilidad de recuperación o la imposibilidad de vida o calidad de ésta. El puede ver mejor en qué medida solo se está perpetuando artificialmente una situación realmente irreversible.

Pero el médico tiene que asumir una comprensión amplia y total de la medicina, sin reducirla a simples técnicas quirúrgicas, terapias o exámenes de laboratorio, sino considerándola en una dimensión más amplia, que abarque a la persona humana en toda su integridad. La vida no se reduce a su dimensión espacio-temporal o corporal. En la perspectiva cristiana y en otras tradiciones humanas y religiosas, la vida espacio-temporal es un momento bello y privilegiado de la existencia, pero no es toda la existencia.

Un trabajo médico serio debe asumir la parte anímica y espiritual del paciente, para poder resolver sus trastornos somáticos. Hay una íntima relación entre estas dos dimensiones. El personal médico tiene también como misión ayudarle al paciente acceder a una muerte serena, es decir, a que le encuentre sentido a la muerte.

¿Cuál es el sentido del dolor y de la enfermedad? Juan Pablo II, el grande, en su bella y profunda Encíclica El Evangelio de la Vida, acerca de las situaciones límite de la existencia humana, señala con acierto como paradójicamente la enfermedad nos esta hablando de la vida. Cuando uno se encuentra enfermo tiene una de dos actitudes: o se desespera o le encuentra sentido a la enfermedad.

En este último caso sentimos la pequeñez, la limitación, la necesidad de otros, compartimos el dolor humano sintiéndolo en carne propia, con lo cual nos sentimos lanzados a unirnos a la fuerza que lucha por la superación del dolor y de la enfermedad, es decir, nos unimos a la conciencia de la humanidad, cfr. JUAN PABLO II, Encíclica Evangelium Vitae – El Evangelio de la Vida – , Ciudad del Vaticano, 1995, http://www.vatican.va junio, 2007.

La sociedad contemporánea -sociedad que tiene la tendencia de hacer absoluto lo eficaz, lo rentable, lo cómodo- tiene el peligro de prescindir de la realidad del dolor y la enfermedad y no está empeñada realmente en superarlos, en hallar solución a las enfermedades incurables, como el sida o el cáncer.

Hay una gran insensibilidad: no se dedican los esfuerzos ni los recursos que la humanidad podría emplear en ello. El 60% de los científicos de la humanidad se dedican -y este es un dato de la ONU, que es una fuente seria- a la investigación militar, es decir, a investigar la muerte y cómo eliminar al ser humano. La absurda carrera armamentista y las pujas por el poder están impidiendo la solución de tantos dolores y enfermedades incurables.

El dolor de la otra persona no puede convertírsenos en una incomodidad. En ocasiones, a través de la eutanasia no se trata sólo de aliviar el dolor del enfermo sino de aliviar la incomodidad de sus seres cercanos. Nuestra sociedad tiene el peligro de prescindir de la solidaridad, del esfuerzo de acompañar al enfermo, de las renuncias que supone cambiar estilos de vida superfluos y opulentos para garantizar la superación de la enfermedad y del dolor de los que tienen otro estilo de vida, que no pueden superarlos sencilla y llanamente porque no tienen los recursos necesarios para hacerlo.

Debe generarse un acto de profundo respeto hacia la vida, acompañando a los seres queridos con solidaridad y amor, y no deseando su eliminación, como lo piden los defensores de la eutanasia. He ahí el sentido del dolor y de la enfermedad: es un acto de solidaridad y se trata de asumirlo no para quedarnos en él sino para que se convierta en un motor que nos impulse a ser realmente solidarios y a ubicar lo central de la vida que es la vida misma.

Sin embargo, la Iglesia Católica no está abogando por un mantenimiento a ultranza del dolor. La Iglesia habla, a propósito de la continuación de la vida de los enfermos terminales, del uso de dos tipos de medios: proporcionados y desproporcionados. No es justo que se tenga que luchar a ultranza para que la vida corporal continúe, a costa de intervenciones dolorosas de escasa posibilidad de éxito.

La ética católica y otras corrientes médicas contemporáneas disponen que la persona tiene la licitud de renunciar a los medios extraordinarios -los desproporcionados- más no a los medios ordinarios. “De todos modos, se trata de evitar siempre la obstinación terapéutica y al mismo tiempo hacer lo posible por aliviar el dolor” MARRA, BRUNO, Eutanasia, en, VARIOS AUTORES, Diccionario Teológico Enciclopédico, Editorial Verbo Divino, Estella, Navarra, España, 2005, pg. 352.

La muerte permite que la vida continúe eternamente en Dios. Dicho de otra manera, nos sumamos a la corriente de la vida que constituye la historia de la humanidad y de la vida misma. Por eso es que, aunque la vida humana corporal es un don preciado, no podemos aferrarnos a ella como un absoluto ni utilizar medios extraordinarios que conlleven costos físicos, psicológicos o económicos sin sentido. La realidad económica también se plantea como un límite legítimo para las decisiones del enfermo con uso de razón o de sus allegados.

Así mismo, el enfermo tiene derecho a ser informado en su totalidad sobre su situación, y el médico y los familiares tienen que saber comunicar la realidad, en especial cuando el paciente tiene dificultades para afrontar el dolor y la muerte. No es ético ocultarle información ni proporcionársela de manera irresponsable.

Por ejemplo, a pacientes portadores asintomáticos de VIH, muchos de los cuales sobreviven muchos años sin que aparezca el síndrome, se les informa erróneamente que son enfermos terminales de Sida, con el consiguiente impacto emocional causante de una baja de defensas y un aceleramiento de la real aparición de la enfermedad.

En lo referente al dolor, afortunadamente la medicina moderna emplea terapias y calmantes muy eficientes: hay, por ejemplo, intervenciones quirúrgicas que eliminan de raíz el dolor mediante la desconexión de ciertas terminales nerviosas. Hay que entender también que la aplicación excesiva o prolongada de analgésicos fuertes puede acelerar la muerte.

Eso podría entenderse como una forma ambigua de eutanasia. Sin embargo, la ética católica admite el uso de analgésicos en forma prolongada aunque ello signifique una disminución del tiempo de vida, siempre y cuando lo que se busque no sea eliminar la persona sino mitigar el dolor.

El efecto colateral indeseable está legitimado por la búsqueda de un fin bueno. En la ética católica este principio se aplica, entre otros casos, a la legítima defensa personal y la guerra justa.

Es muy importante cómo Juan Pablo II en El Evangelio de la Vida advierte que un peligro mayor al de la admisión de la eutanasia para enfermos terminales, es el de de la extensión del concepto de la eutanasia para la eliminación de ancianos, limitados físicos con plenas capacidades mentales y limitados mentales con un mínimo de actividades humanas.

Esta posición es una tendencia utilitarista más de estos tiempos neoliberales que vivimos, en los cuales se sostiene que estos seres son un peso económico y emocional gravoso para la humanidad. La Encíclica nos enseña que toda persona humana tiene una especial dignidad y que todos, por ser humanos, somos radicalmente iguales, seamos ricos o pobres, sanos o enfermos, negros o blancos.

“Urge prevenir la formación de una mentalidad colectiva hostil al moribundo, que lo margina progresivamente de la sociedad. No está de más invocar de nuevo el argumento del dique que cede: una vez que se cuestiona el sentido humanitario de asistencia comúnmente reconocido, se abre el camino hacia un cambio tácito de mentalidad, lento pero constante.

Como consecuencia se desmoronará el sentido de seguridad en la convivencia y se creará un clima de desconfianza general y de ansiedad permanente entre los moribundos” DEMMER, KLAUS, Eutanasia, en, VARIOS AUTORES, Nuevo Diccionario de Teología Moral, Ediciones Paulinas, Madrid, 2002.

La Congregación para la Doctrina de la Fe en su declaración sobre la eutanasia de 1985 (cfr. http://www.vatican.va junio, 2007), propone una serie de criterios valiosos a este propósito. Por este motivo transcribimos a continuación algunos de ellos:

* “A falta de otros medios, es lícito recurrir, con el consentimiento del enfermo, a los medios puestos a disposición por la medicina más avanzada, aunque estén todavía en fase experimental y no estén libres de todo riesgo”.

* “Es también lícito interrumpir la aplicación de tales medios cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas en ellos”.

* “Es siempre lícito contentarse con los medios normales que la Medicina puede ofrecer. No se puede, por tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya esté en uso, todavía no está libre de peligro o es demasiado costosa”.

* “Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares”.

La Encíclica El Evangelio de la Vida # 18 afirma que las opciones contra la vida como la eutanasia o el aborto “proceden, a veces, de situaciones difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones moralmente malas”. Pero insiste que esas opciones no son éticas y que no pueden generalizarse ni legalizarse.

http://blogs.eltiempo.com/confesiones/2007/07/25/es-moral-la-eutanasia/

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